miércoles, agosto 10, 2022

"La emancipación de los trabajadores será obra de los propios trabajadores"

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Vivan los compañeros (Carlos Arturo Truque)

Habíamos hecho una jornada dura. En “Morichalgrande” sorprendimos
una partida del gobierno, y la copamos. Perdimos cinco hombres y cargamos
con un herido.

Era una costumbre, cuando podíamos hacerlo, arrastrar nuestras bajas;
pero no lo hacemos en esta ocasión por miedo a que, amparado por la
oscuridad, algún fugitivo haya llevado la alarma al pueblo. Huimos; no
queremos combate franco. Va el herido con la tropa.
Galopamos a marchas forzadas, para reunirmos al amanecer con el
comando del negro Ayala.
Nuestra partida, alguna vez de cien hombres, se ha visto reducida a
veinte y, de común acuerdo, decidimos sumarnos a las guerrillas del negro
ladino.
Durante esta marcha nadie habla; pero creo que todos tenemos los pensamientos
puestos en el morichal, en los compañeros caídos. Sentimos el dolor
de los honores militares acostumbrados.
Me cruzan, en rápida sucesión, los recuerdos de la vida azarosa que nos
tocó compartir.
Laverde, Osorio, Díaz, Gamboa, Rivas y tantos otros, caídos en noches
sin estrellas, con las pupilas quietas en la oscuridad: sabed que estáis siendo
citados en el orden del día y que vuestras bocas mudas se desatarán en la
insurgencia de nuestros fusiles.
— ¿Me oye, capitán Laverde?
— ¿Escucha, teniente Gamboa?
— Ahora vamos, general Osorio —general de cien estrellas—, a reunimos
con el jetón Ayala. Es noche, y sólo se escuchan los cascos de las bestias
cuando pisan el llano.
Silencio. No se oye el tiple del paisa Ríos, ni Díaz tiene más tiempo para
el último bambuco. Tenemos a Florito herido: va tras de mí, y arrastro su
caballo de la brida. Buen valiente es el hombre, general… No le he oído una
queja en el camino.
Recuerdo, general, cuando, diezmados en el asalto a “El Encanto”, al
otro día, después de contadas las bajas me llamó:
— ¡Estudiante!…
— Firme, mi general.
Se mantuvo indeciso delante de mí; luego dijo, entrelazando su brazo a
mi espalda:
— Quiero hablarte de algo, estudiante… ¿Sabes que estamos acabados?
— Sí, mi general; lo sé…
— ¡Mejor! —continuó—. Quisiera… Te ordeno que…
— Supuse, por la vacilación, que no era usted hombre de andarse por
las ramas, que me iba a pedir algo difícil. El tono de mando se le quebró,
general, y oí su voz de hombre, de campesino bueno, la voz que la violencia
le había arrebatado, vuelta de nuevo al alma verdadera, diciéndome:
— ¿No ve?… Caramba, es que no puedo ni hablar. Eso pasa cuando uno
es tan bruto… ¿Ves?… ¿Por qué no te largás ahora? Esto no es pa vos, hombre.
¿Que hacés aquí? Nada. Ya que nos llevó el diablo, sálvate vos, pa que algún
día contés todo lo que hemos sufrido nosotros.
Había surgido otro en usted, general; otro distinto al hombre seco, enérgico
y sin sonrisa, tan igual a una fiera, a quien yo conocía. Pensé en la lucha
tremenda entre esos dos seres, vivientes en un mismo cuerpo, disputándose
las risas y las maldiciones; en combate sin término entre lo que se es y lo
que se debiera ser.
Y, junto a ésa, pienso en la otra voz, la fuerte y tremenda, quebrada por
la ira; esa con que nos contaba él cómo le mataron a su muchacho en
Antioquia. Siempre terminaba: —Y así jue, pues; lo mataron la mam murió
de pena, y aquí me tienen, pues, verraco con este fusil.
Hacía una pausa para señalarme, y agregaba:
— Así era delgadito y brincón; como éste, como el estudiante…
Entonces se hacía el silencio y cada cual se adentraba en su alma, a no
dejar cicatrizar las heridas. A palpárselas, a hacerlas arder, para tener una
razón clara y dolorosa del existir,
No me marché en aquella ocasión, general, y sigo con la chusma, más al
oriente, a meterme adentro el corazón anchuroso y bravo del llano.
¿En qué sitio estaría bien sin los otros? Aquella vez le desobedecí; ahora
le pido perdón. No pude hacerlo, ni quería tampoco. Pensaba en todos los
compañeros, en Florito, a quien haría feliz enseñándole a leer, y en todos
aquellos que luchan, lucharon y cayeron a mi lado sin dolor y sin pena.
Delante de mí tenía la cara ancha de Florito, rogándome:
— Enséñame, estudiante, enséñame —repetía tercamente.
Le prometí: leerás. Quién sabe si podrá hacerlo, porque la muerte se ha
empeñado en no dejarme cumplir la palabra.
Aquí lo arrastro, detrás mío, atravesado en la silla de su caballo, partido
el cuerpo por una bala, quebrado como la pizarra que se robó en el asalto
a “Las Piedras”. Como nos reímos del pobre cuando apareció con ella,
explicando que la había hallado en el pueblecito que arrasamos, después de
vencer la terca resistencia de los defensores.
— Es pa que el estudiante me enseñe —se disculpó al mostrarla.
Desde ese día, en los instantes en que el ajetreo de la lucha lo hacía posible,
le enseñaba a leer y a escribir. Fueron tan breves estos momentos, que
sus progresos alcanzaron apenas el abecedario, pero nunca leyó una frase
completa y de corrido.
Aquí lo llevo, general, y quién sabe si pueda.
Ha empezado a lloviznar. Es una lenta garúa, metida en los rostros,
acompañada de un viento frío que se cuela hasta el sitio en donde nos
duelen los ausentes.
Terrible la marcha.
Empezamos a perder el llano, la cosa verde e inmensa, y ganamos una
vegetación de arbustos y matorrales; éstos se enredan, a trechos, en la culata
del máuser, cuando no se enroscan y espinan las piernas.
Distante, llega el sonido del agua que corre; a la nariz asoma el olor de
Cuentos Latinoamericanos
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tierra llovida, de comarca fresca, de río abierto para los belfos de las bestias
que triscan impacientes los yerbajos húmedos.
Hacemos alto en el vadeadero de “Vueltarredonda” y damos de beber
a los caballos. Se prende, aquí y allá, un fósforo y quedan alumbrando a
relampagazos las luciérnagas rojas de los tabacos encendidos. A como da
lugar, bajamos a Florito y lo tendemos en el suelo.
Una voz de hombre del llano me dice, con acento de joropo, después de
inspeccionar al herido:
— Ejte Florito se va voltíá; quiera Dioj que no; pero a mí se me jace que
al hombre ejte no vabé quien lo pare.
Lo aparto con rabia y doy luz a un fósforo.
Inclinado sobre Florito, veo el pecho lleno de sangre, la boca entreabierta
y los brazos inmóviles. Los ojos permanecen cerrados.
— Aún no, estudiante —explica con grande esfuerzo cuando abre los
párpados y me reconoce.
Comprendo lo que quiere hacerme saber. Son efectos de las palabras
torpes del Mañero.
— Sí, Florito; todavía no. No morirás de ésta. ¿Me entiendes?
No responde. Se apaga la cerilla y me estoy de rodillas palpándole el
pulso. Va llegando la gente a preguntar cómo está, encendiendo cerillas para
verle la cara.
— Que vas a morirte —le repiten.
Pero estoy cierto que ninguno deja de exclamar para sí: —Lo que es éste,
se va a morir.
Alguno viene a anunciarme que Barrera, el hombre que reemplazó al
general Osorio, quiere verme. Suelto el pulso de Florito y me dejo guiar
hasta el lugar en donde éste se encuentra.
— Sentate, estudiante —me pide al llegar.
Ocupo lugar a su lado.
Barrera se acuesta y pone, imagino, los ojos hacia arriba, como acostumbra
al tomar una decisión.
— Siento mucho —comienza—lo que le han hecho a Florito y a los
otros, que fue pior… No debés andar ya más con nosotros… Cualquier dia,
como decía el dijunto de mi general Osorio, que en paz descanse, te dejamos
puai tirao en un morichal o te trairemos a la grupa de un potro como al
Florito. A uno, ¡pues qué!, no le importa nada. Hasta es mejor que lo maten,
porque siquiera descansa. Pa qué más vida, si no tiene uno nada: esos
hijueperras lo acabaron todo. Ahí no más está Osorio, que ya descansó. El
pa qué quería la vida, sin su muchacho y sin su vieja. Y así estamos todos,
como hoja que el viento arranca del palo, pa ya nunca más volver. Pero a
vos no te han hecho naitica. Sos un muchacho que juega a la guerra y se
divierte. Hace de cuenta que ya jugastes bastante y te cansastes. ¿Querés?…
Hemos reunido toda la plata que tenemos pa que alcances a llegar a tu casa.
¿Te parece bien?
Luego baja la voz y prosigue con tristeza:
— Cuando llegues le das un beso a tu viejita. Le decís que te mandamos
nosotros. ¿Oístes?
No me atrevo a hablar. Oigo, siento. Miro cómo va y viene la punta
del tabaco que fuma Barrera. Del costado a la boca, de la boca al costado.
Cuando lo pone en la boca, la punta se aviva y puedo ver la cara de líneas
precisas y la curvatura de pico de ave rapaz en que termina su nariz.
Es una cara hermosa la del general Barrera. Apenas vislumbro vagos
contornos, pero completo el rostro mentalmente; sé que en la frente debe
tener el cabello arremolinado y en la mitad de ella, horizontales, tres arrugas
vigorosas, hondas como canales, repetidas, perpendicularmente, en las
comisuras de los labios. Pienso en sus manos, que no tiemblan al apretar
el gatillo ni vacilan al sostener el fusil. Pienso en las manos gemelas, en los
rostros hermosos y fieramente iguales que han luchado conmigo, hombro
a hombro, y exclamo resuelto:
— No importa… Iré con ustedes, estemos como estemos.
Barrera se incorpora y hace sentir su aliento cálido muy cercano al mío:
— No siás loco. Es mejor que nos hagás caso. El llano no es pa vos,
mocito. Es bravo y prende como mujer; te coge y cuando lo querés soltar,
zas, ya te tiene cogido.
—No, no —repito—. Voy con la chusma a buscar a Ayala.
—Eso es cosa tuya, estudiante… En todo caso…
Debió dibujar un gesto y alejarse, sin completar la frase. No mucho rato
después escucho la orden seca de continuar la marcha.
Cargamos de nuevo al herido. Crujen los aperos al trepar los jinetes y
presto se deja oír el ruido de aguas chapoteadas,
Al cruzar el río, quedamos en tierras de Ayala y esperamos ser interceptados
por cualquiera de sus patrullas. Ya uno de los nuestros había sido
encargado con anticipación de buscar el contacto. Deben estar atendiendo
el paso de nuestras bestias. Se dice que Ayala es capaz de sentir un galope
a diez millas de distancia. El llano, esa tierra plana, ardua y compleja, es cuestión
suya. Lo sabe el negro engreído, y la defiende pulgada a pulgada. Nadie
pone los pies en ella sin su permiso. El gobierno lo apellida bandolero y le
manda soldaditos y aprendices de la escuela de Muzú, para que se divierta.
El general Ayala ríe. Ríe y le devuelve, con bárbaro entendimiento del humor,
los uniformes tintos en sangre. Guarda algotros para mimetizar sus
gentes cuando lo precisa. Por algo le dicen “La Pantera del Llano”.
Paramos. En la oscuridad pregunto al primero que siento al lado:
—¿Qué pasa?
—No sé —contesta—. He visto una luz que se enciende y se apaga,
pero no sé de qué se trata. Parecen señales.
—¿Dónde las viste?
—Por allá; se apagó hace un rato… Ahí está otra vez… Mírala —continuó
después de una pausa.
La busco y la hallo. Es al oriente; se enciende y se apaga con intencionada
alternabilidad. Son las señales de Ayala. Dice que diez millas adelante
tiene el campamento y que ha mandado un guía a nuestro encuentro.
Debemos esperar.
—So animal —mascullo a quien tengo al lado—. Son las señales de Ayala.
¿Cómo es que no las entiendes?
—¡Quietos! —grita Barrera—. Preparen las armas, por si es una trampa.
Desmontamos y se riega con nitidez el sonido de armas desaseguradas.
Aguardamos media hora con los nervios tensos, pensando que de cualquier
sitio puede surgir un disparo. Pasa otra media hora, y lo mismo.
Alguien desliza a mi oído:
—Oigo un galope. ¿Lo estás oyendo vos?
—No; no oigo nada. Presto oídos, pero nada.
—No lo oigo —le contesto muy bajo.
—Pues yo lo estoy oyendo clarito, clarito —asevera él.
Muchas veces en mi vida he sentido miedo. Por eso sé que ahora lo
tengo. Un miedo tremendo de morir en este preamanecer oscuro, para ya
nunca más el cuotidiano milagro de la primera luz. Aprieto el acero frío
del cañón y me hago, en serio, el razonamiento que se hace Osorio, riendo:
—La que no es pa uno, no es pa uno; y la que es pa uno, ni se siente.
Y en ese momento escucho los cascos que mi compañero quería hacerme
escuchar minutos antes.
—¿Quién va? —pregunta una voz recia.
—La revolución —contestan en el mismo tono.
Al punto se evaporan mis temores. Aseguro el fusil y monto a la silla. Se
repite el chocar de aceros y el crujir de correas. Sigue nuestra marcha.
El mismo Ayala nos recibe en una choza, sin piso, alumbrada por una
sorda lámpara de gasolina. Tal vez sea su cuartel general.
No es Ayala el hombre que había forjado mi imaginación. Es alto, pero
no da la sensación de hombre fuerte. Tiene los brazos muy largos, pero
delgados y con venas protuberantes; la cara es igualmente delgada y huesosa,
de color negro ceniza, característica de negro enfermo. Ríe mucho, para
estarlo, y hace bromas a medida que Barrera nos hace pasar, uno a uno, para
ser presentados:
—Éste es el estudiante —le dice al tocarme el turno.
Me planto delante del hombre a la usanza militar.
Ríe el hombre con risa de niño grande.
—Deja eso niño, deja eso —exclama sin dejar de reír—. Ta bueno para
los señoritos esos que tiene Laureano, pero pa nosotros… ¡Qué va, chico!
¡Qué va …
Sosiega su risa e inquiere:
—¿Por qué te dicen estudiante?
Es Barrera quien responde por mí:
—Estaba estudiando pa dotor; se voló cuando empezó la fiesta, y aquí
lo ve.
Ayala vuelve a reír. Luego exclama muy serio:
—Aquí servirá de mucho. Puede curar los heridos y enfermos. Perdemos
gente por esa razón más que por las balas; muchos han podido salvarse,
pero el cuero rara vez sana solo. Y ya que hablamos de eso, si traen algunos,
pueden poner aquí sus heridos. Es la única choza que tiene luz.
Y se marchó. Barrera manda traer a Florito. Le colocamos en un improvisado
lecho de pajas, sobre el suelo. El herido abre unos ojos hermosos y
susurra:
—Ahora, estudiante, ahora…
—Ahora, ¿qué? —le pregunto.
—Ahora —contesta—, la pizarra, estudiante… Ya no doy más, general
—dice mirando a Barrera.
A éste vuelvo los ojos, único que conoce la historia, y lo veo inclinar la
cabeza, hurtándome las miradas. La choza se había ido llenando con la
curiosa tropa de Ayala, Uno pregunta al oír algo que no entiende:
—¿Qué es lo que quiere?
No tengo tiempo para contestarle. Lo dejo sin respuesta y salgo del bohío.
Al regresar, traigo la pizarra. La pongo a la luz, y escribo en letras grandes:
“Vivan los compañeros” …
Incorporo, luego, al herido, y, con gran dificultad le hago deletrear la
frase escrita, una vez y otra vez, hasta oírlo decir con claridad:
— “Vivan los compañeros”.
Guarda silencio mientras, cansado, inclina la cabeza sobre el lecho. Desde
allí exclama, con los párpados cerrados, con tono de ensoñación y gozo,
como si ya no sufriera, como si se hubiera insensibilizado ante el dolor:
— “Vivan los compañeros…” Qué bonito, estudiante:
“Vivan los compañeros…” Si me curara lo repetiría todos los días de esta
puerca vida… ¿Me oyes, estudiante?
Se queda inmóvil. De los ojos cerrados salen dos lágrimas. Parece
dormido, pero no lo está. Todavía un leve movimiento del brazo. Luego,
nada. Ahora sí duerme. Ya no despertará.
Un agua tibia corre por mis mejillas. He llorado, también, sin darme
cuenta, pero al hacerlo, después de tanto tiempo, me he sentido más hombre.
He sentido el retomo de algo que creí muerto para siempre. Lo mismo
que debió sentir Osorio la noche en que me pidió el abandono de las
guerrillas: el regreso a mí mismo, como compensación tardía de esa dualidad
del hombre y su camino.
Al abandonar la choza me enfrento, al oriente, con la primera raya blanca,
como leche espesa, de la alborada. Entonces corro y abro los ojos a Florito,
para que sus pupilas sepan, como lo están sabiendo las mías, que ya empieza
a amanecer.
**** ****
MiniLibros Quimantú. 1970-1973.
El autor:
Nació en Condoto (Chocó) el 28 de octubre de 1927 y murió en Bogotá en 1970. En Buenaventura hizo sus estudios de primaria. En Calí inició los de bachillerato en el Colegio de Santa Librada, terminándolos en Popayán en el Liceo de la Universidad del Cauca; posteriormente haría un año de ingeniería en dicha universidad.
En 1954 obtuvo el tercer premio en el concurso de la Asociación de escritores y artistas de Colombia con su obra “Vivan los compañeros” y, en enero de 1958, fue distinguido con el tercer premio en el concurso folklórico de Manizales y primer premio EL TIEMPO con su cuento “Sonatina para dos tambores”.

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