domingo, octubre 24, 2021

"La emancipación de los trabajadores será obra de los propios trabajadores"

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Reinalda Pereira Plaza (Detenida Desaparecida)

Nos asiste el derecho a conocer la historia de terror y violencia que implantó la dictadura militar y saber de las luchas de resistencia y libertad que la combatieron.

Paz Rojas

María Inés Muñoz

María Luisa Ortiz

Viviana Uribe

Todas íbamos a Ser Reinas

Estudio sobre diez mujeres embarazadas que fueron detenidas y desaparecidas en Chile

Nos asiste el derecho a conocer la historia de terror y violencia que implantó la dictadura militar y saber de las luchas de resistencia y libertad que la combatieron.

Esta investigación sobre el crimen que se cometió en contra de un grupo de 10 mujeres que fueron detenidas y desaparecidas mientras esperaban un hijo, ha sido una manera de superar el olvido provocado por las graves violaciones a los derechos humanos, a partir del conocimiento de la verdad. La primera edición de este libro, primer volumen de la Serie Verdad y Justicia, fue producto del esfuerzo común por conocer y comprender cabalmente lo ocurrido y constituyó un aporte a la construcción de un proyecto de sociedad basado en el respeto a los derechos humanos. Esta segunda edición es memoria. Es un nuevo homenaje a la vida de estas mujeres, una forma de resistirnos al olvido. Sus madres, padres, hermanas y hermanos, sus esposos y sus compañeros recuperan sus vidas para nosotros; sus relatos de alegrías, dolores, esperanzas y desencantos, de valentía y horror, nos hacen conmovernos profundamente y nos llaman a no claudicar, a seguir en el camino de reconstrucción histórica.

Un tributo a estas jóvenes mujeres embarazadas es vencer la cobarde violencia que cercenó sus vidas y una exigencia para no aceptar jamás la impunidad.

Extracto:

Era de mediana estatura, delgada, de hermosos ojos verdes, de cabello muy fino, color castaño oscuro, liso, con una sonrisa permanente en los labios. De movimientos rá­pidos y cortantes. Muy altiva, introvertida, reservada y exigente con las amistades, pero con las pocas que tenía, establecía lazos muy profundos. Muy ordenada y meticu­losa. A veces ligera de genio. En general no era buena para bailar ni era muy amiga de las fiestas, pero según su ma­dre «bailaba en forma muy especial la cueca.»

Reinalda había nacido el 5 de mayo de 1947, tenía 29 años cuando fue secuestrada y se encontraba en su sexto mes de embarazo. La recuerdan como una niña muy serena.

Su padre Luis Pereira Lobos provenía de una fa­milia humilde del pueblito de Viluco al interior de Maipo y su madre Luzmira Plaza Medina era de origen campesino.

Cuando Reinalda tenía 4 ó 5 años, sus padres se trasladan con ella a Santiago a fin de darle una buena educación. Ella era la única hija. Muy pobres, la madre debía trabajar en diferentes oficios para ganarse la vida: «Trabajé de todo, de empleada; de ama de lla­ves, en fin de cualquier cosa para educar a Reinal­da». Arrendaban una casita en Quinta Normal.

El padre de Reinal­da falleció cuando ella era aún una niñita; la madre continuó trabajando duro para educarla.

Reinalda responde a estos esfuerzos con inte­ligencia, dedicación, alegría, aprende de oído a tocar la guitarra, se esfuer­za en ser la mejor alumna, brillante para las matemáticas. Egresa a los 16 años como la mejor alumna de humanidades del Liceo N° 11. Su deseo era estudiar medicina, pero su situación econó­mica se lo impide. Finalmente estudia Tecnología Médica especializándose en Hematología y Transfusión Sanguí­nea. Al egresar de la Universidad, en 1969, trabaja en la Escuela Dental y luego en el Hospital Sótero del Río.

La madre no sabe exactamente cómo Reinalda fue adquiriendo su compromiso ideológico. «El padre que era de izquierda, le hablaba algo… de las injusticias, de la explotación, pero a mí eso no me gustaba, además siempre que le preguntaba algo ella me respondía ha­ciendo el gesto, lo que sabe esta mano no lo puede saber la otra», nos cuenta doña Luzmira.

En julio de 1973 Reinalda del Carmen se casa con Max Santelices. «Previamente había tenido tres pololos, pero ella era exigente y ninguno la había convencido».

Max era kinesiólogo y, al igual que ella, trabajaba en el Hospital Sótero del Río, «Se adoraban… siempre juntos».

Para el día del golpe «salieron nuevamente a su trabajo, no pudieron volver hasta el cuarto día, ella ve­nía triste pero serena». Advirtió a su madre «si nos pasa algo trata de no desesperarte».

Siguieron trabajando normalmente pero el 29 de septiembre ambos fueron detenidos en el Hospital, jun­to a otros funcionarios, por soldados del Regimiento Ferrocarrilero de Puente Alto. Durante todo ese día es­tuvieron en el cuartel, Reinalda fue liberada en la noche, con el compromiso de firmar semanalmente. Max fue conducido al Estadio Nacional.

Reinalda concurrió todas las semanas a firmar al Regimiento; al cabo de un año decidió no ir más. Max fue liberado luego de unos meses. En noviembre de 1973 ambos fueron exonerados de sus cargos en el Hospital. Reinalda no descansó hasta conseguir nuevamente tra­bajo; lo hizo como secretaria en varias consultas médicas, en breves reemplazos como tecnóloga médica y además entró a Inacap a estudiar dibujo técnico. Cuando fue detenida trabajaba como auxiliar en un laboratorio par­ticular. Ese día había salido de su casa a las 15.30 hrs. a realizar diligencias por su embarazo que ya cursaba su sexto mes.

Su esposo, Max Santelices declaró, ante el Minis­tro en Visita, designado por la Corte de Apelaciones de Santiago, para investigar el desaparecimiento de Rei­nalda: «Logramos determinar que su amiga y colega, doña Cristina Arancibia Caballero, la había dejado, el día de su desaparecimiento, siendo aproximadamente las 19 hrs., en el paradero de buses situado en San Joa­quín con Sierra Bella, donde tomó un bus Lo Plaza. Ese y otros antecedentes nos llevaron a sostener que ella había sido detenida en los alrededores de Lo Plaza con Irarrázaval; pues bien, a partir del mes de marzo año en curso nos empezaron a llegar diversos recados, los pri­meros que teníamos de testigos presenciales de su privación de libertad. Los testimonios aludidos indican de manera constante que ella fue violentamente toma­da a viva fuerza por dos sujetos e introducida dentro de un automóvil Peugeot azulino, el día 15 de Diciembre de 1976 a las 20:30 hrs. en la intersección de calle Rodri­go de Araya con Exequiel Fernández».

Las afirmaciones de Max Santelices fueron más tarde corroboradas por algunos de estos testigos, cuan­do concurrieron a prestar declaración ante el Ministro en Visita.

Max Alejandro Zuñiga Fernández, C.1.335.430 de Concepción, declaró: «trabajo en la carnicería ubicada en Rodrigo de Araya 2171, esquina con Exequiel Fer­nández. A mediados del año pasado (1976), no recuerdo el día exacto, alrededor de las 20:30 horas, me encontra­ba al interior de mi negocio, cuando vi que un automóvil, al parecer de marca Peugeot, de color oscuro, que transitaba por Exequiel Fernández, de norte a sur, viró hacia el oriente por Rodrigo de Araya, deteniéndose en la esquina sur-oriente de estas calles, siempre por la cal­zada de la última arteria nombrada. Del vehículo se bajaron dos hombres altos, macizos, bien vestidos, quié­nes tomaron a una mujer por los brazos y la arrastraron hacia el auto. Esta trató de gritar pero uno de los indivi­duos le tapó la boca y la metió en el asiento delantero y enseguida subió al vehículo, continuando por Rodrigo de Araya hacia el oriente…, detrás del automóvil indi­cado iba otro de similares características, con cuatro o cinco individuos más en su interior, el cual también se detuvo en dicha esquina y luego siguió al otro en que llevaban a la mujer por calle Rodrigo de Araya hacia el oriente».

La testigo, Doña Alda Richi, C.I. 1.294.851-4 de Santiago, expresó: «En la tarde, cuando aún no se entra­ba el sol me encontraba en mi negocio de verdulería de Rodrigo de Araya 2877, cuando vi que dos personas to­maban a una niña que estaba en Rodrigo de Araya con Exequiel Fernández y la subieron en un autito chico y se la llevaron. En dicho automóvil que al parecer era de color verde oscuro o azul oscuro iban unas cinco perso­nas».

Más adelante manifestó: «Debo agregar a lo ya ex­puesto que en el auto venían varias personas; se detuvo cerca de la camioneta de mi marido en la cual yo estaba sentada, vi que de él se bajaron dos hombres, uno de ellos es descrito como gordo y de bigotes espesos, y me pareció haberles oído decir ahí viene; se acercaron a una niña que al parecer estaba en el paradero de las liebres esperando movilización, la tomaron entre los dos por los brazos, la llevaron hasta el vehículo, la introdujeron en él y partieron… Me parece que en el momento de ocu­rrir los hechos la dama tenía un poco más largo el pelo del que aparece en la fotografía».

Al igual que los testigos ya citados, doña Manue­la Mónica Banda, C.I. 5.631.895 de Santiago, relató al tribunal lo que había presenciado: «En los momentos en que estaba empezando a oscurecer, me encontraba en mi casa de Exequiel Fernández 1940, al lado de adentro de la puerta de calle cuando me di cuenta que algo su­cedía en la calle por el movimiento de la gente que estaba afuera. Yo salí y vi que el auto se alejaba». Tiempo des­pués cuando el tribunal se constituyó en el lugar de la detención, la señora Banda manifestó que sintió gritos de mujer provenientes de un automóvil que se alejaba hacia el oriente, por Rodrigo de Araya.

Doña Eliana Azunta Irene Bucchiazzo Caviglia, C.1.99.602 de Ñuñoa, declaró también ante el Tribunal, corroborando lo dicho por los otros testigos: «Era vera­no, yo iba hacia la casa de mis padres ubicada en Rodrigo de Araya con Exequiel Fernández. Me desplazaba por esta última arteria al norte, y como a una cuadra relati­vamente corta de dicha esquina me percaté que en sentido contrario al mío se desplazaba un automóvil marca Peugeot, color oscuro, el que pasó frente a mí y más atrás dio la vuelta y se devolvió y al llegar a la es­quina de Ezequiel Fernández con Rodrigo de Araya este automóvil se detuvo, y como el mismo vehículo me obs­taculizaba la visibilidad, no pude percatarme bien de lo que ocurría pero sí vi que al parecer se bajaba una per­sona y posteriormente vi un bulto que se subía al automóvil y el automóvil partió rápidamente, por Ro­drigo de Araya hacia la cordillera».

No tenemos ningún testigo de lo que sucedió luego del secuestro de Reinalda. Nadie la vio nunca en ningún centro de detención.

 

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