martes, julio 16, 2024

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Miguel Hernández, el hombre y su poesía: marca imborrable de sinceridad (escrito por Dante Cajales Meneses)

a Ginés Conesa Sánchez

Miguel Hernández, más allá de Serrat.

Si hay una poesía que me conmueva, querido amigo, es la del poeta oriolano Miguel Hernández. Hace unos días visité su tumba en el cementerio de Nuestra Señora de los Remedios, de Alicante, comunidad Valenciana, y por la tarde, su casa en Orihuela. Creí que la luz era mía, precipitado en la sombra, regresé a Madrid en profundo silencio, pensando en nuestra soberbia y fragilidad como seres humanos. Sintiendo aquellos registros que me dejó su casa, el cementerio, las amigas que me acompañaron, su poesía, esa maravillosa marca imborrable de sinceridad en sus versos, no tengo duda que somos, muchas veces, ese poema que otros escribieron. Acepto mi extravío en ese bello y estremecedor poema que escribió sobre “un niño yuntero”: una infancia más humillada que bella, con el cuello perseguido. En esa misma precariedad, ochenta y ocho años después, muchos niños y niñas en el mundo permanecen como carne de yugo.

La primera vez que oí hablar del poeta Miguel Hernández fue en 1976, tenía 10 años. Escuché sus poemas convertidos en canciones en la voz del catalán Joan Manuel Serrat. El vinilo contenía diez títulos que ayudaron a fundar la trayectoria discográfica de Serrat, y a mantener viva la memoria del poeta. El formato discográfico de los poemas, quedan como un legado que perdura más allá de la muerte. El vinilo titulado “Miguel Hernández”, tiene una carga y una fuerza creativa que cada vez que lo escucho, me sucede que siento que se renuevan las luchas íntimas y públicas que convocan sus versos, como un disparo o una palabra, esa otra posibilidad del amor.

Con el olvido se besan las flores.

Los cementerios, en cualquier pueblo o ciudad del mundo, son como un libro que, nos harán descubrir partes del pasado de sus habitantes. El cementerio de Nuestra Señora de los Remedios no es la excepción. Mientras camino por el actual camposanto de Alicante me encuentro con capítulos dolorosos de España. Encerrados en hermosos panteones para unos, fosas comunes para otros. La posguerra de España nos la cuentan los versos de Miguel Hernández, enterrado aquí. De esa época, recorriendo el lugar, me topo con un sepulcro sobrecogedor. En cuya lápida veo dos relieves; el primero, fechado el 4 de mayo de 1939, muestra un bello árbol, frondoso y firme. En el segundo relieve, fechado al día siguiente, fecha de fusilamiento, hay un árbol que ha sido talado. Lo cierto es que muchas sepulturas, de uno u otro bando, se encuentran en completo abandono, como si el olvido fuera el enamorado despechado que besa las flores. 

Plaza de Ramón Sijé en la foto del centro, Miguel Hernández el día que se renombró la plaza a nombre de su amigo.

Los cementerios son un concepto, un lugar para orientarnos en la sobrevivencia y tocarnos en nuestra fragilidad y caducidad. Reconozco el valor de la memoria que representan, aun así, no me considero un amante del “necro turismo” cuando lo eterno y efímero sugestionan el presente. Porque creo que vivir es continuar, extenderse más allá de sí. No se trata de seguir de pie ante la muerte, sino de seguir de pie ante la vida.

En Orihuela, su pueblo y el mío.

Por mucho tiempo fue muy común dar por sentado que Miguel Hernández se legitimaba como escritor a partir de su poemario “El rayo que no cesa” (1936). Como resultado, se tendió a ubicar en el centro de toda su obra, la guerra civil española. Nunca se le concedió la misma atención a las fases anteriores por las cuales se movió y maduró su escritura poética. Con la publicación en 1992 de sus “Obras completas” se abrieron unas perspectivas adicionales y complementarias, dónde las etapas intermedias de su escritura cobraron un valor inmenso. Aun cuando se trataba de tanteos o incursiones fallidas que todos los poetas hemos experimentado alguna vez, permiten comprender con más elementos los logros posteriores de la poética de Miguel Hernández.

Buero Vallejo realizó este famoso retrato a lápiz de Miguel Hernández mientras estuvieron presos. Ícono durante la Dictadura.Vallejo fue juzgado y condenado a muerte en marzo de 1940.

Hasta su primer viaje a Madrid, en noviembre de 1931. El ánimo que conduce su incipiente obra viene de su oficio como pastor en su natal Orihuela, a partir de los 14 años, cuando su padre lo obliga a abandonar la escuela y lo pone a cuidar el rebaño de cabras, de propiedad de la familia. Así, dispone de mucho tiempo para leer y componer versos; pero, sobre todo, va brotando la necesidad de entrar en la literatura como una forma de vida y compromiso social.

Sus dos menciones en medios impresos de la época, como “La República de las letras” y en “Estampa”, transmitieron una imagen paternalista y exótica de la persona de Miguel Hernández, más que literaria. Ambas subrayaron lo simpático y pintoresco de un pastor componiendo versos mientras cuida cabras, que sus cualidades como poeta. Este enfoque se ajusta con su sobresaltada trayectoria, tan llena de obstáculos. Buena parte de ellos derivaron de sus orígenes humildes. Sus circunstancias fueron el umbral del poco apoyo que recibió en el principio. Aunque tradicionalmente se le ha asociado a la generación del 36, Miguel Hernández mantuvo una mayor cercanía con la generación anterior, hasta el punto de ser considerado por el poeta Dámaso Alonso (1898 – 1990) como «genial discípulo» de la generación del 27. 

Quiero minar la tierra hasta encontrarte y besarte la noble calavera y regresarte.

Miguel Hernández fue sometido a dos consejos de guerra, primero en Madrid, en el Juzgado Militar de Prensa, y otro en Orihuela. Miguel Hernández tuvo una acción comprometida en defensa de la República. Es condenado por colaborar y escribir en los periódicos republicanos y se le acusa de llamar e incitar la «adhesión a la rebelión«.

Siempre me ha impresionado la rapidez con la que se desarrolló Miguel Hernández. Quizá los tiempos convulsos que le toco vivir, primero la defensa de la República y la posterior guerra civil lo empujaron hacer una carrera contra el tiempo. Su trayectoria fue corta. De haber sido un católico tradicionalista, pasa a militar en el partido comunista. ¿Dónde habría terminado si no hubiese muerto? eso nunca lo sabremos. Lo que, sí es cierto es que la calidad de su obra es ascendente, al punto de que sus mejores poemas los escribe en las prisiones por las que pasó, poco antes de su muerte, a los treinta y un años. Falleció en la enfermería de la prisión de Alicante el 28 de marzo de 1942, con tan solo treinta y un años de edad. Su compañera Josefina Manresa, en una entrevista en 1976, relata que los dibujos que le mostraron del cuerpo de Miguel exponen a un cadáver rígido y unos ojos espantados que no fue posible cerrar. Su amigo, el poeta Vicente Aleixandre (1898 – 1984), escribió:

“(…) Creía en los hombres, y esperaba en ellos. La mirada no se le apagó nunca, no, ni en el último momento, esa luz por encima de todo, trágicamente, le hizo morir con los ojos abiertos. Vi también el rostro último, tan sobrecogedoramente español.  Yacente, comido del sufrimiento, madero casi de serenada por la muerte. Y en los grandes ojos abiertos la ausencia de la música, ahogada. La que tan pujantemente había resonado en las totales pupilas abarcadoras. Rostro como sagrado, poderoso testimonio postrero que nadie, ni nunca, podrá borrar”.

Mito urbano: se cuenta que el año 1984, cuando exhumaron sus osamentas para colocarlas junto a los restos del cuerpo de su hijo Manuel Miguel, un grupo de seguidores de Miguel Hernández se agolparon el día del entierro del hijo, llegando a besar la calavera o intentar robar un hueso del poeta.

En el medio del camino de la vida, 703 años después, 
vi que me hallaba en una selva oscura.

Me estremece profundamente la poética y la historia personal de Miguel Hernández. Tal vez la poesía ha sido para mí, esa soledad, ese silencio, que una vez escribí en un poema dedicado a los cuarenta y tres estudiantes normalistas asesinados y hechos desaparecer en Ayotzinapa, México, el año 2014: Cada uno, con su propio silencio / cada uno, con el propio miedo / cada uno, con su propia muerteAnte el horror, la palabra se vuelve indecible. Podría escribir largas historias de odio y exterminio; de refugiados, de niños muertos en playas del Mediterráneo o en cualquiera de los océanos y mares interiores de nuestro planeta, cruzando el Río Grande, o montados en los techos del tren, más conocido como “La bestia”. Miles de seres humanos que atraviesan continentes de un extremo a otro en inciertos recorridos por tierra o mar; y llegan a países que no estaban preparados ni acostumbrados a recibir extranjeros migrantes ni refugiados en grandes cantidades, huyendo de la guerra, el narco terrorismo, de un mal gobierno, o buscando mejores condiciones de vida, que no necesariamente la encontrarán en los países que llegan.

Podría describir una tierra desgarrada recurriendo a la mirada fría de la geopolítica. Aquí está el resultado de la intolerancia y la tiranía que desprecia la infancia, repudia la diferencia, niega los latidos que hubo antes de los escombros. Quién sabe si la ausencia de amor esta noche de verano, lejos de casa, en un café de Madrid, es el canto de los llantos olvidados, que salieron a buscar justicia. Quién sabe si este poema que escribí en el tren de Orihuela-Madrid nos abra los ojos primero, y nos devuelva la certeza después:

Canto de los llantos olvidados

al poeta Miguel Hernández

Fue el turno de niñas palestinas

Miguel

tocaron entonces a los niños

inyectándonos el horror en la sangre

olivos y viñas ya no quedan en las tierras altas

las bombas se hunden en la tierra

reventándose

florecen de cadáveres 

las calles

calles de escombros

entonces cada canto comienza sollozando con su niño muerto

como un muñeco de trapo en los brazos

un padre corre con su hijo decapitado

sin rumbo

llorando

bramando

entre el canto de los llantos

todo el cielo cae sobre nosotros

Miguel

toda la paz largándose y

todos los llantos se unen en un solo llanto

¡escuchen esos llantos!

es la historia del odio

cómo podremos entonces abrazarnos

Miguel

algo tienen los eucaliptos del cementerio de Alicante

que cuando los mueve el viento

parece que estuvieran escribiendo del llanto

también después de muerto

Miguel

en el hormigón gris 

el mármol

en la tierra

también se escribe.

Madrid, junio 12 de 2024

Fuente; www.lanuevamirada.cl

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