jueves, junio 20, 2024

"La emancipación de los trabajadores será obra de los propios trabajadores"

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Los dos viajes de mi madre (por Oleg Yasinsky)

El pueblo de Ucrania no se resume en los nazis que colaboraron con Hitler durante la II Guerra Mundial. Ni en sus sucesores actuales, al servicio de los intereses del Imperio. Miguel Lawner contó una verdad histórica que las «democracias» occidentales ocultan. Hoy es nuestro amigo Oleg Yasinsky quien echa mano a la memoria para poner en evidencia el fascismo contemporáneo. Una vez más el mundo se divide entre civilización y barbarie.

Veo la tierra de color negro claro, las hojas y el pasto mezclados con las agujas de los pinos, a lo largo de los charcos, de los infinitos caminos bielorrusos, por donde por un lado truena la guerra y por el otro, se levanta el gris y polvoriento sol de la incertidumbre. En uno de estos caminos está mi mamá de tres meses, en brazos de la abuela, dentro de un camión, es la familia de un oficial judío del ejército rojo. A pocos kilómetros detrás de ellos, los alemanes avanzando en las motos y adelante, el inmenso país y las ganas de sobrevivir.

Mi abuela, al final de su vida escribió a mano, lo que le pareció más importante dejar en nuestra memoria. Unas páginas donde aprieta el nudo vivo de nuestra historia. Detrás de las vueltas del tiempo están todos nuestros ancestros y descendientes esperando de nosotros la capacidad de hilar en un solo paño todos estos retazos de recuerdos, tan desgastados y rotos por el ajetreo de la vida moderna.

Ella, ex-secretaria de los campamentos siberianos, acostumbrada a no contar nada ni sobre ella ni sobre el pasado, escribe sobre los acontecimientos y las personas muertas hace tiempo, con quienes seguramente seguía las conversaciones eternas en su memoria. El organismo de la abuela desde hace tiempo está listo para detenerse. En él se acumularon demasiadas vivencias, historias no contadas que se ahogaban en su recuerdo. Sabe que es mejor no hablar de muchas cosas y de otras, simplemente no vale la pena, aunque le importaba mucho alcanzar a escribir estas cortas palabras. Además, ella está esperando a su hija, quien pronto llegará para verse por última vez y así, después poder descansar.

Las páginas en el papel se convierten en una máquina del tiempo, que nos lleva a las raíces y orígenes. La fuga de la madre con la hija a través de los pantanos bielorrusos, mi mamá mordiendo una cebolla como si fuera una manzana, y para tomar algo, un trapito con el agua de los charcos del camino. Gente buena con pan y leche para una niña, y en pocos minutos después, las trizas de su casa en el aire, por la llegada directa de un bombazo alemán. El chofer del camión que se niega a seguir con ellos. Y más camino hacia el oriente, arrancándose de la muerte, minuto a minuto y kilómetro a kilómetro.

Recuerdos parecidos a la mezcla de las viejas películas soviéticas y de libros sobre la guerra, un tiempo que hoy es tan difícil imaginar a color, con los trenes fríos y hambrientos hacia el oriente, los piojos, los encuentros terribles y deseados, las caras de los pilotos fascistas disparando a los pasajeros civiles, la evacuación, la salvación, en unas hojas de cuaderno, cubiertas con la letra clara de mi abuela, donde la protagonista principal es mi madre: una niña, nacida en la frontera con Polonia, en vísperas de una masacre, en una aldea condenada, de un pueblo condenado. La niña que tenía que sobrevivir y ser feliz, a pesar de cualquier teoría de las probabilidades y a pesar de los terribles colores de la tierra y del cielo, cuando la muerte sin linaje, anónima y siempre extemporánea viene de alguna parte a recoger su cosecha. Mi abuela escribió una oda a la vida, donde cada letra asciende al templo de una tal altura espiritual que es poco probable que sea visible para las generaciones que crecieron entre las pantallas y redes sociales.

Esta historia de mi país y de mi familia es una vela al pasado y un ancla al futuro.

También es el primer viaje de la vida de mi madre, un viaje al oriente, a donde pronto mi abuelo será enviado para la guerra contra Japón.

Mi mamá, una niña bielorrusa de tres meses, de nuevo está en el camino, está en los brazos de mi abuela que siempre la acompaña. La abuela le pide que llore para que así se sienta mejor, pero ella ya no puede. Es Kiev, marzo de 2022. Mi madre saliendo de Ucrania camino a occidente, y luego hasta más allá, al país donde por años mi abuela, la esperó y la reencontró. Un país extraño y lejano, que debe o puede ser un puerto o un refugio. Idealmente, un refugio temporal, ya que el hogar, los recuerdos y toda la vida desde hace tiempo y para siempre, se quedaron en Kiev.

Otros caminos de guerra. De nuevo las trampas antitanques y retenes militares, personas que se preparan para morir y el olor a despedidas y locura. De nuevo, un largo camino de fuga, la niña de anteayer es mi mamá que está con mi padre inválido de Chernóbil, que en aquellos lejanos años empezando su infancia en Kiev ocupado por los fascistas, se acuerda de los alemanes alojados en su casa, en el barrio Kureniovka, a pocas calles de la quebrada de Babi Yar, lugar de la peor matanza nazi en la Unión Soviética, donde los soldados hitlerianos junto con sus colaboradores nacionalistas ucranianos, asesinaron a más de ciento cincuenta mil judíos, prisioneros de guerra, soldados soviéticos, partisanos y gitanos.

Un monstruo emergiendo del pasado, una pesadilla que entra a nuestra vida y nuestra razón se resiste a creer que se ha hecho realidad. De nuevo un camino con cosas recogidas rápidamente, sin garantías ni planes a largo plazo, fugándose del miedo, de la muerte y del peor de los desastres naturales, la mezcla de la codicia humana de unos con la locura de otros, aquello que siempre y en todas partes, provoca las guerras. Un camino en un mundo donde los niños y los viejos nunca se toman en cuenta, independientemente de cualquier análisis político o de cualquier convicción personal respecto a la causa o el sentido de la tragedia, el paisaje del camino, de nuevo vuelve a estar en blanco y negro, tal vez, para que sea más difícil reconocer la sangre, cuyo color desde aquel entonces, no ha cambiado.

En la primera fuga, ellos tuvieron una retaguardia y nuestro enorme país de entonces, como un gran espacio de esperanza. Ahora le ha tocado este pequeño mundo, globalizado por el capital financiero, convertido en fábrica de guerras y de cataclismos económicos en cualquier lugar, en cualquier tiempo y para cualquier periodo, según los intereses de sus dueños. Un mundo en el que se seguirá incrementando el número de personas que nadie necesita, que corren de las bombas y del hambre, una realidad construida conscientemente, para utilizar la desesperación humana con fines políticos de una tal democracia.

Detrás de la actual tragedia ucraniana al igual que de la guerra mundial de hace ochenta años, están las mismas fuerzas y los mismos intereses, ellos a su tiempo criaron y crearon el fascismo hitleriano y hoy fortalecen la tiranía mundial de las corporaciones transnacionales a través de su gerente general, los gobiernos de los EEUU, que se dedican a re-formatear el mundo en nombre del dominio de la raza superior, esta vez, delirio transhumanista de los «Führer» de las élites económicas que promueven el derecho humano de la eutanasia y el amor por las mascotas por encima del amor al hombre.

La locura de la guerra es una cortina de humo ideal para esconder la fiesta de sus autores, los profesionales enemigos de Rusia, Ucrania y la humanidad entera, quienes tienen ahora como objetivo principal aniquilar nuestra memoria histórica y destruir el tejido social en el territorio de la Ex-Unión Soviética. Su triunfo será imposible sin acabar las culturas nacionales, las tradiciones y las relaciones humanas sociales, es decir, normales. Por eso nuestra principal arma de hoy es la memoria. Por favor, vayan a conversar con sus viejos.

Fuente: [email protected]

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