jueves, junio 20, 2024

"La emancipación de los trabajadores será obra de los propios trabajadores"

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Esa noche en Chuqui… (un texto de Guacolda Salas)

Hay migrantes y migrantes. Desde que los seres humanos salieron del continente africano para diseminarse a lo largo y ancho del mundo. Y siempre hubo razones de discriminar al prójimo: religiosas, políticas, color de piel, idioma, costumbres, tradiciones… El texto de Guacolda Salas, la luminosa autora de «Sudakas», nos recuerda que los malos no siempre son los que se cree…

Se sabía que allá lejos, al otro lado del mundo, había guerra y que la guerra era una desgracia. Pero como las cosas malas siempre le ocurren a los demás y la falta de imaginación es un defecto universal, nos resultaba ajena y remota. Nadie seguía sus incidencias ya fuera porque la preocupación social se centraba en el pliego de peticiones y en los precios de la pulpería o porque los periódicos en aquel tiempo llegaban a Chuquicamata tarde, mal y nunca y la radio era privilegio de pocos. Esta desinformación generalizada hizo que un suceso que pudo preverse resultara más que inesperado, intempestivo, y rompiera como lo hizo, con esa indiferencia inocente que la gente de Chuqui, como la de tantos otros puntos del planeta, sentían hacia una guerra que se libraba lejos, en escenarios ajenos, allende mares y montañas.

La quietud de una noche tan igual a la de otras noches fue interrumpida por una turba que en estampida se desplazaba veloz por las calles del campamento levantando cortinas de arena. Gritos ininteligibles, estampidos de disparos y ruidos de piedras rompiendo los vidrios de las ventanas que al paso del tropel se habían iluminado. Quien se atrevió a gritar ¿Qué pasa? Recibió como respuesta un categórico ¡CÁLLATE MIERDA! Cuya entonación y acento aconsejaban justamente, callar ¿ quién es capaz de heroísmos cuando lo que está en cuestión es la vida, el oficio y el beneficio?.

La negrura de la noche permitió que los vecinos, sumergidos en el anonimato, pudieran seguir a los gringos a prudente distancia en prueba irrefutable de que la curiosidad suele vencer al espanto.

Los norteamericanos que nunca se aventuraban fuera de los límites del exclusivo y reservado “campamento del americano” habían perdido su talante frio y racional; enfebrecidos corrían por el de los obreros buscando su objetivo que resultó ser un grupo de casas igual a tantas otras, jurando castigo a los enemigos de su país las emprendieron con puertas, postigos y calaminas. Los vidrios de las ventanas se desintegraron en una lluvia estentórea de cristales atomizados dejando a la vista los rostros paralogizados de sus moradores cuyo espanto era indescriptible. Los atacantes entraron con dificultad por los marcos en los que segundos antes había puertas. Destruyeron cuanto mueble se les constituyó en obstáculo y a golpes y empellones, hombres, mujeres y niños fueron obligados a salir desde sus camas a las calles a medio vestir y en volandas dieron como fardos en las cajas de unos camiones de propiedad de la Compañía que en ese momento llegaron al lugar. La inusitada faena quedó rematada con el incendio de las casas, con la quema de los pequeños negocios aledaños a las viviendas.

Con su carga humana los vehículos partieron en dirección a los límites de Chuquicamata. En el borde del camino a Calama un puñado de hombres, mujeres y niños, fue obligado a descender y abandonado a su suerte. Recién en ese momento se miraron entre sí y reconocieron lo que todos tenían en común: era ser japoneses o familiares de japoneses.

Bajo el cielo negro de la pampa perforado por el fulgor estañado de las estrellas, en un susurro don Toshiro escuchó por vez primera el nombre PEARL HARBOUR que nada le sugirió y cuyo significado no intentó desentrañar impresionado como estaba por la visión de lo último que vio al volver la vista atrás cuando el camión arrancaba: el cartel de su peluquería destrozado, restos de la frase “Peluquería don Toshiro“ en el suelo y al lado derecho de lo que había sido la puerta atornillada a unas calaminas semicalcinadas resistía la barra metálica en la que giraba aún el espiral rojo y blanco que en aquella época anunciaba la existencia de una “Peluquería de caballeros”.
Por estéril, don Toshiro rechazó la imagen y supo que a partir de ese momento todo era la nada y que a pesar de esa nada y de ese frío seco y perfecto del desierto, seguiría viviendo.
Pearl Harbour. El ataque sorpresivo y a mansalva de la aviación japonesa y la escuadra norteamericana destruida… ¿cómo podían tolerar los americanos convivir con enemigos de su país? Pero si Chuquicamata está en territorio chileno y nosotros somos gentes de paz contestó don Toshiro al representante del Gobierno en Calama que pretendía conformar a los damnificados.

Arropados por esa generosidad epidérmica sin vocación de solidaridad a la que nosotros los chilenos somos tan proclives y ayudados por sus compatriotas, las catorce familias japonesas EXPULSADAS de Chuqui reconstruyeron precariamente sus existencias en Antofagasta y continuaron viviendo.
El eje perdió la guerra. Japón recibió las dos primeras bombas atómicas que registra la historia de la humanidad y capituló. El mundo entró en la llamada “Guerra Fría… Pasaron los años y los derrotados, por la alquimia de las paradojas o por voluntad política de los vencedores, emprendieron el camino de la prosperidad y llegaron a encabezar el grupo de los países más ricos del mundo.

Don Toshiro en cambio nunca salió de pobre, ni cambió de oficio. En lugar de establecer un Salón de Peluquería con cartel luminoso, espejos biselados y sillones elevables como en Chuqui, transportaba en una maleta de madera las maquinillas, hisopos, navajas, tijeras y peinetas. En movilidad permanente y libre a la manera del que nada tiene que perder, recorría calles y cabelleras por los barrios populares de Antofagasta. Corte de pelo a domicilio con el cliente envuelto en una sábana en el patio o en la calle, visitaba la población donde vivían mis primos, después de haber rapado y afeitado a los locos hacinados en la tristísima Sala San Roque del Hospital Regional. Su paciencia oriental y la muy prosaica y hereje necesidad le permitían seguir la batalla con los niños, después de haber librado un combate cuerpo a cuerpo con los alienados que no le mezquinaban mordiscos, insultos ni escupitajos.

Con el gesto de la resignación desinfectaba con alcohol sus manos arañadas, sonreía; ajustaba a su chata nariz las gruesas gafas redondas y cogía la cabeza del pequeño mientras las madres ayudaban a inmovilizarlos.

Casi treinta años después, el once de julio de mil novecientos setenta y uno, las calles de Chile se llenaron de gente, de alegría, de banderas de papel y cuecas sonaban por doquier. El parlamento había aprobado por unanimidad el proyecto de ley de nacionalización del cobre que Salvador Allende y el gran abogado Eduardo Novoa Monreal le presentaran el día veintiuno de diciembre de mil novecientos setenta:

“…El pueblo de Chile y el Gobierno popular que presido han medido la responsabilidad de la medida que es indispensable para fortalecer la economía de Chile para romper su dependencia económica, para completar la esperanza y el anhelo de los que nos dieron la libertad política…”

Cuando nos abrazamos con mi hermano, añadimos a nuestro padre que con sus compañeros de trabajo esperaron a los japoneses expulsados de Chuquicamata para darles una solidaria bienvenida. Fue él quien nos narró la diáspora japonesa que integró don Toshiro, cuyo apellido nunca aprendimos a pronunciar, pero que recibió todo nuestro afecto.

Fuente: [email protected]

 

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