sábado, julio 31, 2021

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El medio ambiente y la pandemia del COVID 19 (Priscila D. Martínez Galeazzi, OBELA)

Por la influencia de los seres humanos en la naturaleza, los ciclos biogeoquímicos se han alterado drásticamente y la biodiversidad se ha reducido.

La velocidad y los efectos del cambio climático generan una crisis aún más grave que la pandemia. La actual trayectoria del desarrollo ha puesto en peligro el equilibrio del sistema ecológico que lo sustenta. ¿Cuál es la relación entre la pandemia y el medio ambiente?

Debido a la creciente influencia de los seres humanos en la naturaleza, los ciclos biogeoquímicos se han alterado drásticamente y la biodiversidad se ha reducido a un ritmo amenazador. Las causas incluyen el aumento de las temperaturas globales. El objetivo del Acuerdo de París (2016) para el año 2100 es mantener el aumento de la temperatura media mundial por debajo de 2°C con respecto a los niveles preindustriales (1880) y preferiblemente por debajo de 1,5°C, de lo contrario los riesgos ambientales aumentarán drásticamente.

El aumento de la temperatura favorece el desarrollo de infecciones (Zhou et.al, 2008) y amplía el alcance de la transmisión de varias zoonosis, que como vemos hoy en día, no se limitan a una sola región, sino que alcanzan el nivel mundial. Además, existe preocupación por las bacterias y los virus que hasta ahora han permanecido congelados en el permafrost, ya que los seres humanos tendrían poca resistencia inmunológica a ellos.

Las barreras naturales entre los seres humanos y los patógenos se vuelven más frágiles a medida que se altera el equilibrio natural y aumenta la resistencia de los ecosistemas, la diversidad genética y la resistencia microbiana y la propagación de los patógenos. (F. Keesing et al., 2010).

La región de América Latina y el Caribe emite menos concentración de gases de efecto invernadero (GEI) en todo el mundo; sin embargo, se ve principalmente afectada por el cambio climático. El Caribe es particularmente vulnerable porque la población vive en islas y sus ciudades están aún más expuestas debido a su proximidad al mar, ya que dependen de él ambiental y económicamente. Dado que no todos los países y grupos sociales contribuyen a las emisiones y sufren sus efectos en la misma proporción, la política ambiental debe basarse en el principio de las responsabilidades comunes pero diferenciadas. A nivel continental, los Estados Unidos son el mayor emisor de CO2 (399.000 millones de toneladas).

En América Latina, las principales medidas que se elaboran para reducir las emisiones de GEI son la aplicación de energías renovables, el aumento de la eficiencia energética, la protección de los bosques, el mejoramiento de las prácticas agrícolas, la gestión adecuada de los desechos y la mejora de los procesos industriales.

Las fronteras planetarias definen un espacio seguro para el desarrollo sostenible basado en la ciencia, en el que el riesgo de cambios ambientales drásticos sigue siendo bajo. En la actualidad, se han podido identificar nueve de ellas: el cambio climático, la integridad de la biosfera, los flujos biogeoquímicos, el cambio de uso de la tierra, las entidades novedosas, el agotamiento del ozono estratosférico, la carga de aerosoles atmosféricos, la acidificación de los océanos y el uso de agua dulce. De estos límites, los cuatro primeros han sido superados. La política ambiental, el sector privado, la sociedad civil y la comunidad científica tienen que actuar conjuntamente en este concepto para que puedan informar sobre las transformaciones de la sostenibilidad y las vías para lograr los objetivos del Programa 2030 y del Acuerdo de París para reducir la presión sobre estos límites.

En América Latina, el proyecto sobre la pospandemia: Plan de Recuperación Económica con Justicia Social y Ambiental 2020-2030, promovido por el movimiento internacional «Nuestra América Verde», liderado por líderes sociales y políticos de la región. Consiste en la aplicación de medidas para la transición a la energía sostenible en la vivienda y el transporte; así como la defensa del agua, la protección social de los trabajadores y las medidas de financiación justa, como la recaudación del impuesto sobre el patrimonio.

El dióxido de nitrógeno es un gas nocivo emitido por los motores, las centrales eléctricas y la industria. Desde febrero, los satélites de la NASA han detectado caídas de entre el 20% y el 30% en las emisiones de este gas en algunos países fuertemente afectados por el cierre económico, como Italia y los Estados Unidos.

Como consecuencia de la pandemia, se redujeron las actividades industriales, el número de vuelos y se suspendieron los eventos masivos, lo que resultó en impactos positivos pero temporales para el medio ambiente como la reducción del nivel de emisiones de GEI, la disminución del consumo de combustibles fósiles y la mejora de la calidad del aire. En algunos países, la sociedad está empezando a desarrollar una conciencia ambiental y un plan a largo plazo y empezaron a proponerse iniciativas en favor del medio ambiente, lo que podría llevar a exigir al Estado y a las industrias que replanteen la estructura de la economía y la producción y, por lo tanto, se adapten y se limiten a los ciclos naturales del medio ambiente para permitir su regeneración.

En el informe publicado en noviembre de 2020 por la Agencia Europea del Medio Ambiente (AEMA) se afirma que, además de los efectos positivos, también ha habido otros negativos como el aumento del uso de plásticos de un solo uso y la expansión de los desechos domésticos y hospitalarios.

La pandemia pone sobre la mesa la compleja interacción entre los sistemas del planeta Tierra y la actual estructura de políticas sociales, económicas y ambientales.

Num.33, Año 2020, 25 de noviembre

– Priscila D. Martínez Galeazzi, Facultad de Ciencias de la UNAM, miembro del obela.org.

– OBELA: Oscar Ugarteche (Coord), Armando Negrete, Carlos de León, Arturo Martínez, Bertín Acosta, Priscila Martínez, Hiromi Ijima.

https://www.alainet.org/es/articulo/209944

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