jueves, octubre 6, 2022

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De la sobre-interpretación a la mentira (por Jorge Montealegre Iturra)

Además de los espacios de las fake news –anónimos e incontrolables-, principalmente en las redes sociales; y la columnas de opinión, autónomas y firmadas; generalmente el escenario donde se hacen afirmaciones controversiales, que se pueden debatir y rebatir in situ, son espacios donde hay presencia de periodistas que entrevistan, conducen o fungen de anfitriones del espacio de conversación. Esa persona, profesional, está expuesta a las críticas de parte de la audiencia –que puede percibir confusión de roles, silencios cómplices (quien calla otorga) o sobreactuación- cuando de la función del periodismo depende la percepción de (des)equilibrio o discriminación en un espacio que no debe ser utilizado como caja de resonancia de la desinformación.

Los beneficios de la ignorancia –me dijo alguna vez Armando Uribe- tienen fecha de vencimiento. Con el conocimiento perdemos la inocencia, pero no necesariamente la ingenuidad. Insistir en que algo es verdadero cuando, con evidencias públicas, se ha probado que es falso o equivocado, es falta de entendimiento o contumacia.

Esta última –la contumacia- me interesa más, por su incidencia en la formación de opinión y por la deshonestidad intelectual que connota. La contumacia, orgullosa o maliciosamente, desprecia el aprendizaje, la reflexión, las posibilidades de reconsideración.

Estamos colectivamente ante la obligación cívica de pronunciarnos ante un texto de propuesta constitucional. Es, como nunca, un desafío de lectura. En un nivel de lectura literal, el texto dice lo que dice; semánticamente las palabras significan algo (a veces son polisémicas) y, sabiendo esos significados, se puede entender y comprender lo que se quiere decir.

Sin embargo, todo texto es susceptible de interpretación, considerando lo que –valga en este caso- llaman “el espíritu de la ley” y el alcance pertinente de inferencias que permite lo dicho. Es cierto, como se ha repetido, que tenemos bajos niveles de comprensión de lectura; pero no por ello hay que desincentivar la lectura; más aún, correspondería instar a leer más atentamente; a tratar de comprender lo que nos proponen las palabras y construir nuestras dudas, acuerdos o desacuerdos con lo que propone la escritura. Ojalá comunitariamente.

Luego de la lectura en el nivel literal, necesariamente surgen inferencias –el hallazgo de los supuestos- ojalá pertinentes para poder hacer una lectura crítica fundada. Es un proceso imperceptible. Y toda interpretación es legítima. También la interpretación interesada lo es, en la medida que no es mañosa, que no tuerce ni degenera inescrupulosamente el sentido del discurso.

Siempre existe el riesgo de caer en la sobre-interpretación a la que puede llevar una lectura sofisticada; también existe la posibilidad de llevar la sobre-interpretación a niveles absurdos que finalmente –cruzando una delgada línea- construyen una falsedad basada que surge de la desconfianza y lleva a la contumacia, a la deshonestidad intelectual.

Cuando se impone la vanidad -el ego, la imposibilidad de admitir una equivocación, un error, una mala decisión- se pierde la oportunidad de construir una verdad compartida razonable. Construir algo que no está en el texto ni que se desprende lógicamente de él, es una invención. Así se crea una mentira. Una información falsa. Ante la evaluación del emisor, por supuesto (y la palabra “supuesto” adquiere su verdadero valor) están los antecedentes que avalan la mayor o menor credibilidad de los interlocutores.

Además de los espacios de las fake news –anónimos e incontrolables-, principalmente en las redes sociales; y la columnas de opinión, autónomas y firmadas; generalmente el escenario donde se hacen afirmaciones controversiales, que se pueden debatir y rebatir in situ, son espacios donde hay presencia de periodistas que entrevistan, conducen o fungen de anfitriones del espacio de conversación.

Esa persona, profesional, está expuesta a las críticas de parte de la audiencia –que puede percibir confusión de roles, silencios cómplices (quien calla otorga) o sobreactuación- cuando de la función del periodismo depende la percepción de (des)equilibrio o discriminación en un espacio que no debe ser utilizado como caja de resonancia de la desinformación.

En consideración del contexto, el Tribunal de Ética del Colegio de Periodistas –instancia que integro junto a Ethel Pliscoff, Abraham Santibáñez, Luis Schwaner y Paulino Ramírez- ha querido opinar “ante la proliferación de desinformación que circula en torno a los contenidos de la propuesta de Nueva Constitución” y manifestar su “inquietud por la manipulación informativa y las transgresiones al Código de Ética de la Orden, que es el marco de valores y conductas deseables en el ejercicio de la profesión periodística. Considerando que el debate sobre la propuesta constitucional es una gran oportunidad para enriquecer y aportar al diálogo ciudadano, profundizando a la vez en la educación y la amistad cívicas, instamos a nuestras y nuestros colegas a que, al informar, contribuyan al conocimiento del texto en debate, evitando su distorsión y haciendo las preguntas pertinentes a entrevistados y entrevistadas que incurran en errores que desinformen, falseen o insistan de manera contumaz en la repetición de noticias falsas”.

Es pertinente el llamado en estos días cuando es necesario contribuir a recrear los espacios de conversación en un marco de amistad cívica, alejado del espectáculo y la farándula, sin encerronas para cazar la sintonía de una ciudadanía muchas veces ninguneada, despreciada, a la que se supone incauta.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

Fuente: https://www.elmostrador.cl/

El autor: Jorge Montealegre Iturra

 

Periodista y poeta, Jorge Montealegre nació en 1954, y comenzó a escribir tras caer detenido en 1973, primero en el Estadio Nacional y, más tarde, en el campo de prisioneros de Chacabuco. Su poesía, con un fuerte contenido urbano y un marcado uso del humor negro, le ha valido numerosos premios y reconocimientos, entre ellos el Premio Municipal de Santiago y el del Consejo Nacional del Libro y la Lectura, ambos en 1997.

Algunos de su principales libros de poesía son Huiros (1979), Título de dominio (1986) y Bien común (1995), y ha desarrollado también una prolífica labor como investigador, centrándose en la historia del humor gráfico, la historieta y la música popular chilena, áreas en las que ha publicado Prehistorieta de Chile (del arte rupestre al primer periódico de caricaturas) (2003) y Rostros y rastros de un canto (1997), entre otros estudios.

Fuente: memoriachilena.gob.cl

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