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Narcocultura, arte y educación ( escribe Iván Vera-Pinto Soto)

En un juego de astucia y maestría, el crimen organizado se ha convertido en un experto en adaptarse a cada situación, incluso infiltrando el mundo del arte para llevar a cabo sus oscuros planes. A continuación, daremos a conocer algunas tácticas que utilizan su influencia para manipular a la comunidad través de las expresiones artísticas.

1.- Blanquear dinero: Sumergidos en el mundo del crimen, las grandes organizaciones encuentran en el arte una forma sofisticada de blanquear dinero sucio, ya sea comprando obras a precios desorbitados o realizando transacciones falsas para darle una apariencia legal a sus movimientos ilícitos de efectivo.

2.- Financiamiento del delito: El arte se convierte en un oscuro vehículo de financiamiento para actividades delictivas, donde los criminales adquieren y venden obras maestras con el objetivo de obtener recursos para sus operaciones ilegales.

3.- intimidación y chantaje: Los grupos criminales usan mecanismos de amenaza y extorsión contra individuos o entidades, intimidando con dañar o robar preciosas obras de arte. ¡Un mundo subterráneo donde la creatividad se mezcla con la crueldad!

4.- Mejora de reputación: Los delincuentes pueden emplear su participación en eventos artísticos o respaldo a instituciones culturales para mejorar su imagen pública o desviar la atención de sus acciones delictivas.

5.- Tráfico de obras: Los grupos criminales se aventuran en el oscuro mundo del robo y comercio de valiosas obras de arte. Estas piezas pueden ser utilizadas como moneda de cambio para obtener préstamos, intercambiarse por sustancias ilegales o ser vendidas en el mercado negro.

5.- Poder y corrupción: Algunas organizaciones delictivas hacen uso de su influencia en el ámbito artístico para ganar acceso a personas influyentes o para presionar a funcionarios gubernamentales y otras figuras de autoridad.

Es innegable y preocupante ver cómo la influencia de la “narcocultura” extiende sus tentáculos por diferentes ámbitos, incluyendo la industria del entretenimiento, a través de producciones cinematográficas, musicales, series televisivas y eventos culturales, así esta cultura encuentra una plataforma que le otorga una apariencia de legitimidad, al mismo tiempo que facilita el lavado de dinero.

 

Estas manifestaciones no solo están presentes en la superficie del entretenimiento, sino que también se infiltran en las mentes y percepciones del público. Utilizan símbolos y narrativas específicas que glorifican la violencia y la delincuencia en su propaganda y arte promocional. Se observa la exaltación de líderes criminales, la representación gráfica de armas y drogas, y la idealización de un estilo de vida delictivo.

Frente a este panorama desalentador, es crucial que tanto los artistas como el público se mantengan vigilantes ante cualquier intento de manipulación por parte de estas organizaciones criminales. La cooperación con las autoridades y el rechazo activo de la influencia del crimen en la cultura son esenciales para preservar la integridad del arte y la sociedad en su conjunto.

No obstante, es primordial reconocer que la conexión entre la industria cultural y la actividad delictiva no sigue una única dirección. Aunque ciertos elementos de la cultura popular puedan fomentar la expansión de la cultura criminal, existen numerosas maneras en las que la industria cultural puede abordar estos asuntos con sensibilidad y responsabilidad, desafiando los estereotipos y fomentando una comprensión más profunda de las causas y repercusiones de la delincuencia. Asimismo, el arte y la cultura también pueden desempeñar un papel crucial en la prevención del delito y la promoción de la justicia social.

En el fondo, la llamada “narcocultura” es reflejo de una cultura de consumo promovida tanto en medios de comunicación industriales como en internet, donde el estilo de vida de los narcotraficantes se difunde a través de canciones y vídeos que exponen sus elementos simbólicos: armas, autos de lujo, joyas, alcohol, fiesta, mujeres trofeo y dinero.

Un caso ilustrativo de esto es el “narcocorrido”, que se refiere a las canciones que relatan las experiencias de traficantes y sus organizaciones criminales, llegando a ser una forma popularizada de informar en los medios de comunicación de masas. Algo parecido sucede con la apropiación de algunos géneros musicales urbanos, como el hip hop, el rap y el reguetón, cuyas temáticas glorifican o narran las experiencias relacionadas con el mundo del narcotráfico y la vida en las calles.

Estas apologías del delito a menudo reflejan realidades sociales complejas y pueden tener un impacto significativo en la percepción pública y la cultura popular. Sin embargo, ante todo proyectan contenidos orientados a la normalización de la violencia, el culto a las armas, al dinero y el «todo vale». De esta manera, la gente llega a sentir una identidad cultural hacia el mafioso, viéndolo incluso como un héroe, un hombre de clase baja que consigue fácilmente ascender socialmente delinquiendo.

En este punto, surge la interrogante sobre la conveniencia de limitar los artefactos artísticos vinculados a la «narcocultura», que se percibe como un modo de vida y una modalidad común de interacción social que integra signos de identidad y unión mediante el uso de indumentaria lujosa y llamativa, así como a través de la música popular.

En nuestra opinión, la censura en el arte es un tema complejo que implica consideraciones éticas y legales. Aunque es comprensible que la sociedad se preocupe por las manifestaciones artísticas que exaltan la violencia y la delincuencia, la censura absoluta puede plantear serios problemas relacionados con la libertad de expresión y la creatividad artística.

Considero que, aunque los artistas disfrutan de la libertad de expresión, también tienen una responsabilidad ética hacia su audiencia y la sociedad en su conjunto. Deben ser conscientes del impacto que su obra puede tener y cómo puede ser percibida por el público, especialmente cuando abordan temas delicados como la violencia y la delincuencia.

Por otro lado, basándonos en la experiencia de otras latitudes, en lugar de optar por la censura, algunas comunidades eligen establecer regulaciones y pautas para proteger al público, especialmente a los jóvenes, de contenidos inapropiados o perjudiciales. Esto puede incluir sistemas de clasificación por edades, advertencias sobre contenido sensible y programas educativos sobre medios de comunicación.

En definitiva, encontrar un equilibrio entre proteger al público de contenidos potencialmente dañinos y preservar la libertad de expresión es un desafío continuo. Es esencial que las pláticas sobre la censura en el arte se aborden con prudencia, considerando diversas visiones y buscando soluciones que respeten tanto la libertad creativa como la seguridad y el bienestar de los ciudadanos.

Ahora bien, desde el plano educativo, se hace necesario desarrollar una estrategia que pueda contrarrestar la influencia de esta subcultura. En ese sentido, entre otras acciones, resulta imprescindible instruir a los estudiantes acerca de las ramificaciones adversas del narcotráfico y la violencia vinculada a este flagelo social. Esto implica abordar temas como el impacto en la sociedad, las familias y las comunidades afectadas mediante reflexiones educativas.

Una alternativa viable consiste en promover entre los educandos la capacidad de analizar de manera crítica la cultura popular, la que abarca canciones, películas y programas de televisión que glorifican o aceptan la “narcocultura”. Es importante que los estudiantes aprendan a examinar y deliberar sobre los mensajes que reciben de los medios de comunicación. De igual modo, es conveniente proporcionar a los jóvenes la posibilidad de participar en actividades creativas y productivas, como el arte, la música, el deporte y el voluntariado, que les ofrezcan una vía positiva y saludable para expresarse y crecer.

Sin duda, para lograr resultados efectivos y significativos, es indispensable colaborar con padres, familias, grupos comunitarios y entidades gubernamentales para hacer frente a esta problemática de forma integral y coordinada. Esto implica desarrollar programas que aborden la prevención, intervención y apoyo a jóvenes en situación de riesgo.

Finalmente, en un mundo donde las influencias negativas, como la «narcocultura», pueden ejercer un impacto pernicioso en la juventud, los educadores deben estar especialmente activos en contrarrestarlas. Esto implica no solo enseñar sobre los riesgos y consecuencias del involucramiento en actividades ilícitas, sino también ofrecer alternativas positivas y saludables. Fomentar un ambiente escolar basado en la integridad y el respeto mutuo puede ayudar a los estudiantes a desarrollar una sólida brújula moral que los guíe lejos de influencias nocivas.

El autor:

Iván Vera-Pinto Soto

Cientista social, pedagogo y escritor

Agradecemos al autor su autorización para publicar

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