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Historias y cuentos campesinos chilenos 1993-1995

Pedro Fuenzalida, el capataz del fundo «Moraguino» y su caballo alazán, apodado «El Flojo», avanzaban con lentitud por el pedregoso camino, que sube serpenteando por la loma de un empinado cerro.

PRIMER LUGAR NACIONAL

HISTORIAS Y CUENTOS CAMPESINOS CHILENOS, 1993 (extracto)

Aldo Fernando González Vilches

18 años, temporero

Lolol, Región de O’Higgins

La quebrada del diablo

Pedro Fuenzalida, el capataz del fundo «Moraguino» y su caballo alazán, apodado «El Flojo», avanzaban con lentitud por el pedregoso camino, que sube serpenteando por la loma de un empinado cerro. Llegaron a un peligroso desfiladero y, de pronto, del fondo abismal, emergió un llanto agudo, fino, lastimero… El capataz detuvo al alazán de un fuerte tirón de riendas, puso oído al extraño llanto e inmediatamente pensó  que era el diablo.

Nuevamente, se oyó el llanto, que era como el lloriqueo de una guagua sufriente, pero era imposible que una guagua pudiera estar allá abajo.

Fuenzalida se apeó del caballo, se paro en medio del angosto paso, hundió la mirada en la obscuridad y, antes de que pudiera avanzar o retroceder, volvió a escuchar el lastimero llanto infantil. El Flojo se paro en dos patas, relinchaba ciegamente, sosteniéndose en su desesperada posición y cuando quiso tener las cuatros patas en tierra, se desplomo al abismo. Asustado y entristecido por la perdida de su amigo de siempre, el capataz volvió a las casas del fundo.

Al llegar, se encontró con el patrón, don Carlos Moraga, a quien le dijo que el diablo habla matado a su caballo. El hacendado, extrañado, no comprendía lo que escuchaba.

–   ¡Sí, patrón! – dijo el capataz y agrego- andaba echándole el diario vistazo al fundo, cuando llegue a esa quebra’ honda que hay en el cerro y oí un llanto que salía del fondo. ¡ Por Dios que me dio miedo, patrón…! Sentí el llanto tres veces y a la tercera, el Flojo, asustado, cayo a la quebra’… ¡ No lo vi mas.., pero estoy seguro que fue el mesmito diablo quien lo mato, patrón!

–   Ya, cálmate hombre. No se puede hablar por hablar; primero hay que saber que sea cierto eso. Andate a tu casa y para mañana te tendré otro caballo.

A las 6:30 de la mañana del otro día, apareció otra vez Fuenzalida en las casas del fundo, donde lo esperaba un nuevo alazán.

Don Carlos, saludo a Fuenzalida con fresca sonrisa y le dijo:

–   Hoy te tengo una tarea diferente, Pedro. Quiero que sigas a la Domitila, porque hace tiempo que la veo salir a escondidas.

El capataz monto ligeramente, manoseo la cabeza del animal, le dio unos rápidos chicotazos y se fue al galope por un polvoriento camino. Diviso a lo lejos, el cuerpo rechoncho y grueso de la sirvienta del patrón y cuando la vio detenerse en medio del desfiladero, se escondió tras el ramaje de un ancho boldo. De allí, por entre las ramas, observo a la vieja, quien comenzó a bajar. El capataz noto que llevaba un canasto en su mano derecha, se apresuraba en bajar y de repente resbalo cerro abajo. La vieja gritaba y sus gritos fueron disminuyendo, como impotentes socorros en el silencio… Y llego un momento en que no grito mas; el abismo se la había tragado… ¿El abismo o el diablo…?

Fuenzalida, más convencido aun de la maldición diabólica, volvió nuevamente asustado a las casas y al ver al patrón, le dijo:

–   También el diablo mato a la Domitila, patrón. ¡ Se cayó a la quebrá y desapareció! ¿Cree ahora, patrón?

–   No se, Pedro -dudaba don Carlos-. Mi hija Alicia también desapareció hace unos meses; entonces, no se si creer o no…

–    ¡ Déjeme a mi nomas, patrón! Yo voy a darle un sustito a ese «patas de hilo», olor a azufre.

Entonces, el capataz se fue a la capilla del pueblo; consiguió un frasco de agua bendita y se dirigió a la maldita quebrada. Ya en el lugar, Fuenzalida amarro las riendas a un tronco de un roble viejo y comenzó a bajar. De pronto, se resbalo y el frasco fue a parar al fondo negro. Al pisar el fondo, se persigno ligeramente y comenzó a deslizarse a través de la espesura del bosque, abriéndose camino por entre tevos, huaniles, maquis y coligues. A cada paso, miraba hacia atrás, como advirtiendo la aparición del diablo… De pronto, llego a un refugio entre los arboles, donde sobre unas frazadas, descansaba una guagua que no dejaba de llorar.

No quiso tocarla, pues temió que desapareciera en una explosión de azufre. Sintió pasos detrás y una mano fría se poso en su hombro derecho.

–   ¡Mátame, desgraciado!- le decía Fuenzalida-. ¡No tengo el agua bendita! ¡Mátame nomas!…

Tenia los ojos cerrados y cuando los abrió, se quedo boquiabierto; enfrente suyo, estaba la hija perdida del patrón, Alicia.

–   ¡Señorita Alicia! ¡Por Dios!- exclamo el capataz.

–   Cuando quede embarazada, mi padre me odio, me encerró en mi pieza con llave y cuando cumplí los seis meses de embarazo, la Domitila me ayudo a escapar. Me trajo a esta quebrada, porque dijo que nunca me encontrarían aquí…

–   ¡Vámonos, señorita! ¡Nunca más la van a hacer sufrir!

Por la alameda gris y muda, venía Fuenzalida, montado en el alazán y al anca traía una leyenda viviente… Quizás, aunque se desentraño el misterio y se pregone la «purita verdá», todavía la gente respire olor a azufre, sienta vagar al «pata de hilo» o tema pasar por la «Quebrada del Diablo»…, porque creo que aun se le escucha llorar…

 

MENCION HONROSA HISTORIAS Y CUENTOS CAMPESINOS CHILENOS, 1994 (extracto)

Ociel Infante Martínez 74 anos, práctico agrícola jubilado Arica, Región de Arica y Parinacota

Carlulla, misterioso niño andino

Conocí a Carlulla, aquel niño de quien aún tanto se habla en la zona cordillerana de Arica, porque viví allí, en un pequeño pueblito llamado Ticnamar.

Cuentan los pobladores que un día una pastora lo encontró, protegido del frio, al otro lado del rio. Era una guagua que lloraba con un llanto suave y musical, como si entonara una melodiosa canción. Era morenito, feíto, pero irradiaba tanta simpatía que prácticamente esta se vaciaba desde sus brillantes y expresivos ojitos.

Los habitantes lo adoptaron, a pesar de ser todos muy pobres y fue así como este niño, al que llamaron Carlulla, tuvo 30 hogares en vez de uno, porque eran 30 las familias de Ticnamar.

Para el día de San Juan, patrono del pueblo, durante la única visita que hacia en el año, el cura bautizo a este niño como Carlos, lo que en realidad no tuvo ninguna importancia porque los ticnameños siguieron llamándolo Carlulla, que, entiendo, es un diminutivo cariñoso para todo ser que se haga querer por ellos.

Su permanente sonrisa trajo al pueblo esperanza y alegría y desde que llego todo, absolutamente todo, giro alrededor de él. Por ejemplo, contaban una y otra vez la gracia que hizo al entrar al potrero donde su dueño tenia aislado y muy amarrado, al toro más bravo de la región, al que se acercó y acaricio sin que este nada hiciera para dañarlo.

Desde que comenzó a hablar, a todos lleno de asombro que su lenguaje aymara fuera más suave y musical que el gutural hablado en toda la zona. El pueblo entero quedo muy sorprendido e impresionado cuando lo vieron un día conversando con la Cuyaca, una india primitiva y andrajosa que jamás hablaba con nadie, al punto que todos creían que era muda y lo que mas asombro a todos fue escucharle un armonioso y musical lenguaje aymara, casi idéntico al que hablaba Carlulla.

Cuyaca habia llegado años atrás desde los cerros con un crío a la espalda en una «Tijlia» y simplemente se quedó en el pueblo, donde prestaba servicios a la comunidad. Para las fiestas era quién mascaba el maíz, con el que preparaban la chicha que consumían en grandes cantidades durante las fiestas religiosas que en verdad son muchas durante el año; en realidad, estas festividades eran un disfraz para celebrar -engañando así a los curas y a los extraños- a sus propios dioses ancestrales, especialmente a la «Pachamama».

Después de ocho años, en que muchos de los acontecimientos misteriosos que rodeaban a Carlulla habían pasado inadvertidos, se empezó a correr el rumor de su existencia y muchas personas comenzaron a llegar al pueblo solo para conocerlo. Como era lógico, el rumor llego a la Tenencia de Putre y el teniente hizo coincidir la ronda de ese mes con la fiesta para acompañar a la pareja de carabineros que la hacia regularmente y así conocer a Carlulla.

El teniente quedo maravillado con el pequeño niño; especialmente cuando lo vio charlar con las flores y se dio cuenta de que estas correspondían a sus acariciantes palabras, sonriéndole a su manera, intensificando sus colores y aromatizando mucho más.

Durante la fiesta todo fue normal, hasta el momento de la «cacharpalla» o despedida del patrono y su fiesta, cuando correspondía que chaltaran la tierra, lo que también hizo Carlulla, vaciando un poco de licor de su jarro a la tierra con la consabida frase de «enhorabuena», pidiendo a la Pachamama que diera buena cosecha y protegiera a su gente.

Una vez terminada la fiesta, el teniente, que quedo maravillado con el niño, dijo que se lo llevaría a Arica para terminar su crianza y darle educación. Una vez ahí, los oficiales quedaron sorprendidos con el niño cuando, entre otras cosas, les explico que el inca no hablaba aymara, sino quechua; que Diosito, como el llamaba al Todopoderoso, era uno solo y multifacético para todos los pueblos del mundo; que la guerra era solamente una enfermedad que el hombre podía erradicar y curar con el solo hecho de meditar diariamente unos pocos minutos.

Sin embargo Carlulla, al poco tiempo, ya no era feliz. Añoraba la fortaleza del viento, la paz de los días y las noches serranas. No entendía la felicidad sin la presencia de alguna llamita o alpaquita a quienes hablar y acariciar. Se dio cuenta que no podía seguir así y simplemente un día partió a pie, recorriendo los 120 kilómetros que había desde el puerto hasta su felicidad.

No me atrevo ni a pensar en lo que debe haber sufrido por cansancio, hambre, sed y frío, pero me fortalece saber que logro llegar a su tierra amada para vivir con ese pueblo ancestral que era el suyo.

Después de mucho tiempo de haber perdido mi propia felicidad, ya que, por razones poderosas, me traslade definitivamente a Arica, recién ayer supe, que Carlulla desapareció del pueblo luego de las fiestas y la cacharpalla de San Juan, en la que chaltó por ultima vez y pidió a la Pachamama que no abandonara nunca a tan buena gente como son los lugareños de Ticnamar.

 

MENCION HONROSA

HISTORIAS Y CUENTOS CAMPESINOS CHILENOS, 1995 (extracto)

Berlín Danubio Correa Hernández

48 anos, agricultor

Curepto, Región del Maule

Baile de los Negros

Cada tercer domingo de octubre en el caserío de Lora (lugar de gredas), zona rica en tradiciones, leyenda y folclor y ubicada en las riberas del rio Mataquito en su curso bajo, se vive un día especial. Durante mas de tres siglos, se repite una tradición con altos y bajos y a pesar de que estuvo a punto de perderse en los años 60, este ultimo tiempo ha recuperado parte importante de su antigua forma, que ya es leyenda: es el Baile de los Negros de Lora.

Este rito es muy conocido en toda la costa de la Región del Maule y a él va mucha gente de las provincias de Curicó y Talca. Los asistentes participan en una misa y luego se desarrollan los bailes típicos, donde bailan los negros y negras, que son feligreses que han hecho la promesa de vestirse y pintarse de negro. Otros devotos de la Virgen del Rosario de Lora han hecho la promesa de ponerse cuernos de oveja; son los «empellejados», quienes llevan mascara, de manera que no se sabe quienes son. El baile se hace al compas del toque de «pifanas», que son especies de plantas de madera, cuadradas, con un parecido a las «tarcas»; los pifaneros tocan bajo las órdenes de un capataz.

Luego se forma la procesión que recorre el camino rural de mas de un kilometro de largo, para después volver por el mismo sendero. Nuevamente se llega al patio frente a la iglesia, se baila un rato y poco a poco la gente regresa a sus casas.

Se cuenta que la imagen de la Virgen de Lora fue encontrada por un misionero cuando estaba en manos de los indios, quienes la veneraban. La Virgen fue llevada a la capilla, pero la imagen desaparecía del altar una y otra vez; entonces, los indios la condujeron en solemne procesión y la imagen permaneció para siempre en la capilla. Desde ese día, todos los años sacan a la Virgen con solemnidad y esta concede favores.

La presencia de los negros y empellejados viene desde la época en que había algunos negros esclavos que, junto con nativos mapuche, hacían una gran fiesta el día de la Virgen del Rosario. En recuerdo de estos feligreses, esclavos negros e indios, que se ponían cueros, en la actualidad hay una cofradía que agrupa a los que han prometido bailar en honor a la Virgen.

El Baile de los Negros y Empellejados de Lora, quizás la mas interesante fiesta religioso-popular de la zona central de Chile, es una rica expresión folclórica que cada año esta presente en la vida de la gente campesina del caserío de Lora, antiguo pueblo indio que encontraron los conquistadores, mientras los nativos se convertían al cristianismo enseñado por curas doctrineros.

 

TERCER LUGAR NACIONALHISTORIAS Y CUENTOS CAMPESINOS CHILENOS, 1996 (extracto)

Oscar Olavarría Sanhueza

64 años, técnico agrícola

Lampa, Región Metropolitana

Huaso viejo

Su hijo Ricardo se veía nervioso. Sabía que era su forma habitual de actuar cuando debía afrontar un problema que escapaba a lo cotidiano. El anciano le pregunto que le ocurría. El hijo respondió:

– En realidad, padre, no se como decírtelo. Creemos con mi mujer que debes ser el mejor atendido, que debes contar con enfermeras que te cuiden todo el tiempo, con un ambiente de tranquilidad y reposo que en esta casa no tienes. Estimamos con María Angélica que sería más conveniente para tu salud que fueras atendido en una casa de reposo…

El anciano guardo silencio. Se dejaba sentir lo incomodo de la situación. Ricardo comprendía que a su padre le había caído muy mal su proposición y se preguntaba si no había cometido un error al hacer caso a la petición de su mujer.

– Hijo, me has sorprendido con tu propuesta. Esta noche lo pensaré y mañana te respondo. Comprendo las molestias que les causo. Te prometo que encontraré una solución.

Esa noche, en la oscuridad de su cuarto, mientras el anciano agricultor pensaba que era triste llegar a viejo, pues sin querer se estorba a todo el mundo, escucho a su hijo y a su nuera discutir en una pieza contigua. Ella se quejaba que no podía estar con sus amigas en el salón, porque siempre estaba su suegro, al lado de la estufa; que a los niños los enviaba a jugar al patio, porque molestaban; que a cada momento estaba pidiendo que se le atendiera.

El anciano pensaba que todo lo que decía su nuera era cierto, pues a él le agradaba sentir el calor del antiguo estufón de hierro al calentar sus ateridos huesos, leyendo sus queridos libros, en su cómoda mecedora y también era cierto que había corrido a los niños que querían jugar fútbol en el salón, indicándoles que lo hicieran en el patio, ya que campo habla demás.

Durmió poco. Se veía a si mismo en la sala de un hospital donde una mujer extraña, impersonal, lo vigilaba. Añoraba su casa de campo, su silla mecedora, el agradable calor de su estufón de hierro, el aire del campo y, mas que todo, su vieja y querida casa, Esa casa en la que cada viga y cada adobe guardaban el cariño y empeño con que su esposa y el, hombro a hombro, la habían levantado

Despertó muy temprano. Había meditado casi toda la noche y tenia una solución. No se diría que Don Rosalindo, agobiado por los años, se había dejado manejar. Llamo al hombre encargado de los mandados y le dio precisas instrucciones. Cuando llego su hijo a verlo y le pregunto que había decidido, el anciano le contesto:

– En realidad no hay ni debe haber ningún problema. El propietario de este campo soy yo. Cada viga, cada adobe, cada rincón de esta casa esta sostenido en el amor que tu madre y yo le dimos al construirla. Ella murió aquí, en la misma cama en que tu naciste. Ella ya no está, pero mientras yo viva, esta casa, nuestra casa, continuara igual. Por lo tanto te informo que no iré a ningún asilo de ancianos y como no deseo molestarlos, desde hoy, tu y tu familia se mudáran a la casa del administrador, que esta vacía. Es más pequeña que ésta pero es cómoda y abrigada y no tendrán la molestia de mi presencia. A mi me atenderá la hija de Matilde, la que fue tu nana, que quiere trabajar y que mejor que lo haga en mi casa.

Cité al abogado a una reunión para efectuar una corrección a mi testamento; en caso de no poder oponerme a ser enviado a un hogar de ancianos, el 50% de mis bienes pasara a poder de la beneficencia. Las razones de estas medidas son simples; después de toda una vida de trabajo y sacrificio, al final del camino, no es justo que a los ancianos se les envíe a morir lejos de su familia, de su casa y de sus lugares queridos.

Era un «huaso viejo» y hablan querido pasar a llevarlo, pero el, a pesar de sus años, habla reaccionado poniendo las cosas en su lugar.

En la noche escucho que su hijo y su nuera discutían. Poco después entro al salón la hija de la Matilde, llamada Rosa, llevándole un tazón de caldo. Le acomodo la manta con que se cubría las piernas, luego arreglo su almohada y le ordeno sus libros. Era un anciano feliz.

 

MENCION HONROSA NACIONAL

HISTORIAS Y CUENTOS CAMPESINOS CHILENOS, 1997 (EXTRACTO)

Mireya Carrasco Jara

36 años, secretaria

Empedrado, Región del Maule

El misterio del cerro Name

Hace unos años, visite un pequeño pueblo situado a 40 kilómetros de Constitución, llamado Empedrado. Mi viaje era solo de aventura, pero quizás en mi interior algo me decía que lo que viviría seria inolvidable.

Al llegar al pueblo pregunte por algún lugar digno de ver y me enteré de uno, pero debía trasladarme a la localidad de Name. Los habitantes del pueblo me miraron extrañados y movieron la cabeza como diciendo «loco». Solo uno de ellos aceptó acompañarme; se llamaba Manuel, «Manungo» le decían sus amigos.

Emprendimos el camino a Name, llegamos al cerro y comenzamos a escalarlo. En un momento, decidimos descansar y cuando comenzaba a quedarme dormido escuche que alguien se quejaba. Nos incorporamos muy sorprendidos, miramos para todos lados, pero no habla nadie. Volvimos a escuchar el lamento y cuando ya nos disponíamos a correr, una voz nos grito: «¡Por favor, no huyan!  ¡soy yo quien les habla!» Aunque parezca increíble, la voz venta del interior del cerro. No se de donde saque fuerzas para decir: «¿quien eres, que tienes? ¿porqué nos llamas?»

«Si tienes el valor para escucharme, te contare mi triste historia», dijo el cerro.

«Mi nombre es Andrés, yo tenia mi campo por aquí cerca, con mi casa, mis animales, mis siembras, se podría decir que era feliz. Nada le pedía a la vida y ella me lo daba todo, pero añoraba una compañera, una mujer a quien amar y que me amara.

En mis viajes al pueblo de Empedrado, conocí a una hermosa criatura y de inmediato me enamore perdidamente. Comencé a visitarla y éramos muy felices. Un día, Silvia, que así se llamaba, me pidió que hablara con su padre para que nuestra relación fuera formal. Así lo hice, pero don Hernán, su padre, casi me saca a patadas de su casa, me insulto, me amenazo y me dijo que si no dejaba de ver inmediatamente a Silvia, me arrepentiría todos los días de mi vida.

Ante eso, Silvia y yo decidimos que aunque su padre no diera la aprobación, lo haríamos a nuestro modo; nos citamos para el día siguiente en un prado florido que nos gustaba frecuentar, y ahí con solo Dios por testigo nos casamos.

Cuando don Hernán se entero de nuestro matrimonio, se enfureció y juro que no estaríamos unidos.

En la tarde, me dirigí a mi rancho a buscar algunas cosas y, de repente, cuatro hombres me raptaron y, atado de pies y manos, me llevaron a un lugar donde un hombre extraño realizaba raros conjuros. Me asuste mucho y grite desesperado, pero el brujo me roció con un agua nauseabunda y sentí una extraña sensación, como si un gran manto pesado cubriera mi cuerpo… No recuerdo mas, cuando desperté quise moverme y no pude, porque estaba convertido en este cerro; sufrí  mucho porque don Hernán no transformo mi corazón y sentía como un hombre.

Por unos gorriones, supe que Silvia casi se volvió loca de dolor cuando su padre le dijo que yo me había ido a otro pueblo lejano, pero le respondió a su padre que me amaría por siempre, sobre todo porque iba a tener un hijo mio. Luego, supe que mi hijo había nacido y se llamaba Felipe.

Cuando Felipe cumplió 15 años, salió a recorrer la comarca y descubrió un extraño cerro y decidió escalarlo, invito a su madre y juntos realizaron el viaje a mi cima. Al verlos, me sentí muy feliz y, poco a poco trate de hablarles hasta que lo conseguí. Primero, se asustaron mucho, pero luego se tranquilizaron y les conté mi desgracia. Silvia lloro mucho, tanto que sus lágrimas formaron una laguna de aguas celestes y cristalinas y su cuerpo se desvaneció.

Felipe quería quedarse para siempre con nosotros; entonces, le pedí que fuera a buscar al viejo brujo. A los días, regreso con el brujo y le pedí que nos volviera a la normalidad, pero me respondió que nada podía hacer, pues no tenia el secreto del conjuro. Lo único que se le ocurrió fue que Felipe tomara la forma de un ser que siempre estuviera en el cerro. Felipe lo pensó y pidió que lo convirtiera en toro para pasear por el cerro y beber del agua de laguna y así fue: mi hijo es ese hermoso toro que habita conmigo y con Silvia. Avancen un poco más arriba y podrán verlos.»

Emprendimos nuevamente la marcha y al llegar a la cima, vimos una inmensa laguna y en la ribera un hermoso toro blanco. Esta es mi familia -dijo el cerro- y juntos tratamos de ser felices.

Medite un momento sobre todo eso y concluí que, a pesar de todos los medios que empleo el padre de Silvia para separarlos, y de lo distintos que eran en apariencia física, el amor los mantenla siempre unidos.

Pregunte como podía ayudarlos y el cerro me dijo que el brujo, antes de morir, les dijo que, tal vez, el conjuro se rompería si alguien daba a conocer la verdad a los demás, solo así transcurridos 10 años el encanto podría romperse. Entonces, le dije a Andrés que yo haría todo lo que estuviera de mi parte para ayudarlo. Nos despedimos e iniciamos el viaje de regreso.

Y aquí estoy pasando al papel todo lo que viví en Empedrado, y quizás al pasar los años esa admirable familia pueda recobrar su verdadera apariencia y vivir juntos  para siempre.

Fuente: Concurso Literario “Historias de Nuestra Tierra” 1993 Ministerio de Agricultura

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