El mundo es ancho y ajeno (Ciro Alegría)

(EXTRACTOS)

Ciro Alegría, quien nació el 4 de noviembre de 1909, en una hacienda de la provincia de Huamachuco, Perú, es considerado uno de los más grandes novelistas latinoamericanos de este tiempo, le dieron temprana fama sus novelas “ La Serpiente de Oro” y “Los perros hambrientos”, pero con ésta, “ El Mundo es ancho y ajeno”, ha alcanzado una amplia consagración internacional. Las tres fueron escritas en Chile, donde el autor conquistó sus primeros triunfos, ganando dos concursos y siendo seleccionado para participar en el Concurso Latinoamericano de Novelas, que también ganó, precisamente con este libro.

“ El Mundo es ancho y ajeno” se ha traducido a diez idiomas: inglés, francés, portugués, hebreo, holandés, ruso, sueco, alemán, noruego y danés.

PROLOGO A LA DECIMA EDICION

Como este libro ha alcanzado ya una amplia difusión en español y otras lenguas, se lo estudia en las universidades de nuestro continente y algunas de Europa y se me han hecho innumerables preguntas acerca de su historia y contenido, creo que tengo el deber de decir algunas palabras pertinentes.
Es difícil ser juez de la propia obra. Me limitaré a presentar datos objetivos y a precisar mi posición frente a aspectos que han suscitado discusiones y al parecer necesitan de mayor esclarecimiento.

Allá por el año 1938, residiendo en Chile, escribía mi novela "Los Perros Hambrientos" y estaba por titular uno de los capítulos “El Mundo es Ancho y Ajeno”, cuando se me ocurrió que había una nueva novela allí. En ese momento me azotó una intensa ráfaga de ideas y recuerdos. Si no con todos los detalles y su completa estructura, panorámicamente vi el libro casi tal como está hoy. Cada escritor tiene sus propias exigencias espirituales y una de las mías es encontrar el título adecuado. Es una suerte de punto de referencia o de lugar de encuentro. Los años que siguieron me habían de servir para volver con el pensamiento sobre aquel hito y acumular material en torno. Cuando los amigos me hacían la consabida pregunta de si tenia un nuevo libro listo, yo les respondía: “ Tengo; lo único que me falta es escribirlo”. Les parecía un chiste y no lo era.

La ocasión de escribirlo pareció llegar cuando la editorial Farrar & Rinehart de Nueva York convocó, a través de la Unión Panamericana, a un concurso de novelas de autores latinoamericanos. Pero el tiempo pasaba y yo no tenía cuándo empezar. Se sabe corno bregamos los escritores en todas partes y más en nuestros países. Yo lograba ganarme la vida escribiendo artículos para los periódicos, vendiendo tal cuento, componiendo solapas y buscando libros de "dominio público” para los editoriales, corrigiendo pruebas y originales de otros, etcétera. En el etcétera va envuelto un permanente trajín de huidizos logros. Entonces se produjo un hecho desacostumbrado. Un grupo de amigos resolvió darme una subvención mensual a fin de que tuviera todo el tiempo disponible. Ellos fueron los doctores Otto Hoffman, Franz Hoffman, Carlos Van Eyweik, Mario Prado L, Emilio Prado L.. Gustavo Molina, Oscar Avendaño, Federico Chávez y el señor Federico Mekis. Yo no conocía a algunos de ellos, pero me habían leído y basta que Federico Chávez, autor de la iniciativa, se la propusiera, para que la aceptaran con noble entusiasmo. Me complace dejar constancia de sus nombres y darles testimonio de mi gratitud. Esa beca del aprecio y la generosidad me permitió escribir “El Mundo es Ancho y Ajeno”.

Me puse a trabajar con la tenacidad necesaria. Cuando tenía alrededor de doscientos páginas, se las entregué a mi amigo Enrique Espinoza para que me diera su opinión. Me prometió leerlas en una semana. Al siguiente dia, estaban él y su mujer llegando por mi casa, con el júbilo reflejado en la cara. Las habían leído en una noche. Espinosa sugirió eliminar tal o cual palabra, corregir este párrafo y el de más allá y, como tengo confianza en su juicio, lo hice. En todo el tiempo que llevo de vivir y andar por el mundo, he encontrado pocos espíritus de escritor tan cabales y sinceramente interesados en las letras y sus cultores, como el de Espinosa. Desde aquella vez, iba con frecuencia por mi casa, y llevó desde una cinta de máquina de escribir hasta un mecanógrafo, manteniendo siempre una atención cordial. Su estimulo y el que también me prestó Rosalía Amézquita, quien copió además gran parte de los originales, me ayudaron a vencer la fatiga de un trabajo sin tregua. En cuatro meses termine la novela y no lo digo con el tono de quien cuenta una hazaña. Escribí con tal prisa obligado por las circunstancias. Bien hubiera querido tener años para componer un libro que es parte fundamental de mi vida misma.

El jurado nacional de Chile —los había en nuestras veinte repúblicas—, compuesto por Rubén Azócar, Alberto Romero y José Santos González Vera, seleccionó mi novela y la de un autor del país, y el jurado continental de Nueva York integrado por Blair Niles, John Dos Passos y Ernesto Montenegro, le dió el premio en el concurso mencionado.

Creo completar esta historia diciendo que, recibido el dinero del premio, devolví a mis favorecedores cuanto me habían dado, añadiendo cierta cantidad de mi parte al saber que pensaban ayudar a otro escritor, esta vez chileno, que anduviera en circunstancias parecidas a las mías.

Por aquellos tiempos fui objeto de nutridas atenciones, de las que hablaron oportunamente los periódicos, y “El Mundo es Ancho y Ajeno” comenzó su viaje por el mundo. La cuenta de tal jornada la hacen mejor que yo los editores, los críticos y el público.

Bien mirado, todo esto es la anécdota. La historia básica del libro comienza en mis años formativos. Nací en una hacienda, crecí en otra,— ambas pertenecientes a la provincia de Huamachuco, en los Andes del Norte del Perú—, y desde niño hube de andar largos caminos para ir a la escuela y el colegio, situados en la ciudad andina de Cajabamba y en la costeña de Trujillo. Así me llené los ojos de panoramas y conocí al pueblo de mi patria.

Mujeres de la raza milenaria me acunaron en sus brazos y ayudaron a andar; con niños indios jugué de pequeño; siendo mayor alterné con peones indios y cholos en las faenas agrarias y los rodeos. En brazos de una muchacha trigueña me alboreó el amor como una amanecida quechua. Y en la áspera tierra de surcos abiertos bajo mis pies y retadoras montañas alzadas frente a mi frente, aprendí la afirmativa ley del hombre andino.

Supe también de su dolor. Mi padre administraba la hacienda Marcabal Grande con ánimo justiciero. El tenia características hispánicas y esa aptitud para rebelarse en ideas y hechos que contrabalancea la aptitud para la opresión que también distingue a la raza. En mi madre se combinaban el lirismo irlandés con la ternura nativa. El resultado fué que en Marcabal comenzó a resquebrajarse el feudalismo de la región. Un día llegó a refugiarse un indio comunero llamado Gaspar y otro día un indio colono llamado Pancho. Ambos contaron dramáticas historias. Gaspar andaba perseguido por sublevarse y gran parte de las tierras de su comunidad le habían sido arrebatadas. Pancho llegó con el poncho en hilas, arreando un mohíno jumento que cargaba todos sus bienes y seguido de su escuálida mujer y su hijo, un pequeño de grandes ojos asustados. La Policía no arribó nunca por Gaspar, pero comprendí toda su nostalgia de la tierra perdida una vez que lo oí tocar su antara, desgarradamente, tarde la noche y en soledad. Los patrones de Pancho lo reclamaron, mandándole decir a mi padre que “lo devolviera”. Entre los hacendados regía la ley no escrita pero respetada, de que los indios pertenecían a la tierra. Mi padre no lo devolvió. Muchos casos como éste podría contar.
La hacienda está en las riberas del río Marañón. Una vez llegó un hombre de río abajo, con una enorme llaga tropical que le estaba comiendo un brazo. Mi padre lo curó y él se quedó a vivir en Marcabal. Se llamaba Manuel Baca y era un gran narrador de cuentos y sucedidos, fuera de ser diestro en cualquier faena. Caída la tarde frente al sol de venados, que es una laya de sol naranja que dora las lomas a la oración, Manuel parlaba con voz de conseja.,

Los peones de Marcabal tenían cuanta tierra de cultivo desearan, ganados, potreros libres. La posesión del caballo parecía despertarles una dormida confianza, que no en balde durante la colonia se prohibió a los indios montar a caballo. Cuando estuve en edad de sujetarme, el domador Saúl me entregó un caballo todavía marrajo al que puse por nombre Canelo. Terminé de amansarlo y nos hicimos grandes amigos. Hay fraternidad entre el hombre del campo y el animal. Con todos los seres y las cosas de la tierra intimé allí.

Y además a mis padres les gustaban las letras y las artes y tenían una biblioteca por la que yo también fuí tomando afición. En las noches. cuando no leía, escuchaba conversar entretenida-mente a mi padre o a mi madre y mi abuela materna, cantar canciones viejas y nuevas como la tierra.De tal vida no me habría de olvidar jamás y tampoco de las experiencias que adquirí caminando por los jadeantes caminos de la cordillera, de los hechos de dolor que vi, de las historias que escuché.
Mis padres fueron mis primeros maestros, pero todo el pueblo peruano terminó por moldearme a su manera y me hizo entender su dolor, su alegría, sus dones mayores y poco reconocidos de inteligencia y fortaleza. Su capacidad creadora, su constancia.

En la ciudad de Trujillo, donde comencé a trabajar en el periodismo, asistí a las convulsiones obreras y al resurgimiento de la conciencia civil a raíz de la caída de la tiranía de Leguía. Como para que la lección peruana fuera completa, ingresé al aprismo y naturalmente caí en prisión, donde estuve dos años compartidos entre la cárcel de Trujillo y la penitenciaría de Lima. Salí en libertad después de la muerte del general Sánchez Cerro, ya que el tribunal que me sentenció durante su régimen me echó encima una dudosa condena en ausencia, y entré a trabajar al diario “La Tribuna” de Lima. Fui deportado a Chile en diciembre del año 1934, por la tiranía de Benavides.

Hasta ese entonces había escrito innumerables crónicas periodísticas sobre toda cosa y una cincuentena de poemas y cuatro cuentos. Mas el mensaje fundamental aue yo traía era uno recibido de la vida del hombre del pueblo de mi patria y su tierra épica y lírica, que debía escribir al fin. Después de una serie de incidentes circunstanciales aue me pusieron en camino, compuse “La Serpiente de Oro”- el año 1935, luego “'Los Perros Hambrientos” y más tarde este “EI Mundo es Ancho y Ajeno”- cuya peripecia he venido contando,

Para trazar las presentes páginas prologales he interrumpido mi trabajo en otra novela que se llama “Los Viajeros Iluminados”. No es la primera vez que, en media faena, vienen Rosendo Maqui y su gente a recordarme que existen, pese a su muerte. El otro día recibí emocionada carta de una muchacha de Ginebra. Un lector sueco se extrañaba de la fuerza que igual que en su patria, había alcanzado en el Perú el espíritu cooperativo. Una norteamericana me pedía explicar la muerte del Fiero Vásauez, cosa que no he querido hacer convencionalmente y sí respetar en su misterio, porque como lo cuento ocurrió. Un londinense descubría en Rosendo Maqui las mejores cualidades del dirigente popular. Los más radicales de los lectores votan en favor de Benito Castro. Los españoles encuentran rasgos españoles en los indios. En diez lenguas extranjeras se habla de un pueblo antes ignorado o desestimado. La hazaña no es mía sino del espíritu peruano. Si acaso, reclamo para mí el mérito de ser hijo suyo y haberlo levantado y hecho brillar con la voluntad del que enciende una llama de señal en la noche.

Se ha dicho en América Latina, donde la necedad de algunos teorizantes literarios se alimenta de reflejos, que esta novela incide en las costumbres y el folklore y se quiere ver en ello un defecto. No sé qué retrato de pueblo convencional habría tenido que mostrar para complacer a quienes sustentan tales teorías. Fundamentalmente, la tacha viene del preconcepto de que la civilización occidental no es pintoresca y de una suerte de complejo de inferioridad latinoamericano que lleva a muchas gentes, en arte y vida, a tratar de ser occidentales por prurito de imitación. En última instancia, la cuestión es de punto de vista. En todos los pueblos hay costumbres pintorescas y en todos las novelas hay costumbres. El autor tiene que presentar a los personajes dentro de sus propios hábitos y estilo de vida. En la más civilizada de las novelas europeas, pongamos por caso, puede encontrar detalles pintorescos un lector chino que sea culto a su manera.

Desde una trinchera fronteriza, se dice que he puesto en este libro demasiado contenido social y resulta de propaganda. Tal gente, al contraria que la anterior, querría que la novela no hiciera otra cosa que presentar las costumbres y el folklore locales. Mi posición frente al indio no es la del patrón ni del turista. Claro que me convendría formar parte de esa vistosa colección de artistas y escritores regalados que todo lo resuelven con ponchos y faldas de colores y alguna historieta más o menos curiosa o truculenta. Tienen éxito y forman una nueva clase de explotadores del indio. Pero tanto por experiencia e ideas cuanto porque entiendo que en una novela del pueblo deben entrar los conflictos del pueblo mismo, mi posición personal frente al indio es de adhesión y como escritor afronto sus problemas básicos.

En cuanto a la famosa pelea entre indigenistas e hispanistas, afirmo que no elijo bando porque está planteada en términos anacrónicos. El renovado intento de imponer cualquier raza o cultura por metodos de subyugación puede llevar, como en la última guerra estuvimos en peligro de que ocurriera de nuevo y hay abundantes muestras en la historia, a empobrecer y degradar la vida.

Los hispanistas americanos se hallan evidentemente rezagados y manejan, para justificar la esclavitud actual del indio, un equipo de prejuicios que corresponde al siglo XV. Los dados a ideólogos creen, o por lo menos aparentan creer, que el mantenimiento de la situación vigente es una forma de defender la cultura española. Frágil cultura sería la española si necesitara de un recinto feudal para sobrevivir. Por su parte, los indigenistas olvidan a menudo que el caudillo indio Tupak Amaru, sublevado en 1780, no ya contra un intruso ,sino contra un sistema, admitió la nueva realidad americana y dio lugar dentro de su insurgencia, aunque por el momento sólo fuera en principio, al criollo. El sabía entonces que el problema era económico y social. Y sabía también que America no era más que un continente autónomo flanqueado por dos mares sino que Europa y el universo en general habían intervenido, y seguirían haciéndolo, en su destino.

No es tiempo de inhibirse este en que vivimos y es obvio que. sin situarme” por encima de la contienda” y tratando de librar el buen combate contra todo lo que me parece injusto, mi punto de vista dialéctico está relacionado con la liberación integral del hombre antes que con ningún ismo circunstancial.

A más de cuatro siglos de la conquista y a más de uno de la independencia de América, el problema indio, cuando existe, sigue siendo económico y social y su entera resolución será cosa del tiempo, aliado de los indios mismos.

El lector se preguntará como creo tal cuando en mi novela presento a los indios en la estacada. La atingencia me ha sido formulada muchas veces. Pierden allí el clásico derecho del primer ocupante y les falla la justicia en forma de jueces, la religión en forma de cura, la brujería, la emigración, la rebelión y cuanto recurso está en sus manos. Entre la actitud resignadamente estoica y de alianza mística con la tierra de Rosendo Maqui y la decididamente moderna y revolucionaria de Benito Castro, parece quebrarse toda esperanza. Es como si la servidumbre fuera su único destino. Así ocurre en la realidad. Pero a ningún lector se le escapa que a pesar de la aparente derrota, queda en estas páginas, inconmoviblemente en pie. el hombre indio. Lo mismo sucede en la realidad también.

No hay que dejarse engañar por la interesada propaganda que, en úlimo caso, condena al justo Rosendo Maqui o separa mañosamente la obra del autor, trátese de un anónimo cincelador de la plata o del genio poético César Vallcjo. Con el indio se comete injusticia material tanto como injusticia intelectual, que es la peor de todas. Es frecuente escuchar a los miembros de nuestras llamadas altas clases dirigentes e intelectuales, hablando de los indios considerandolos una raza incapaz o decadente. Habría, en en cambio, que buscar la decadencia y la incapacidad en esas oligarquías criollas que no han sido capaces de asimilar siquiera los principios de la Revolución Francesa, de los cuales, para mayor ironía, se proclaman partidarios. Al menos, ateniéndose a lo que dicen sus más caracterizados voceros, son demócratas.

A la luz de mi experiencia, quise contribuir con este libro a la reivindicación del individuo indio mismo y luego, tratando de confrontar mi personal opinión, he visto llegar irrecusables testimonios científicos. Me refiero, entre otros, al libro “El Indoamericanismo y el Problema Racial de las Américas”del notable biólogo Alejandro Litpschutz y a juicios verbales escuchados a antropólogos norteamericanos.

La historia nos suministra los datos más válidos. Al terminar la colonia, había en el Perú un millón de indios. Ahora hay cuatro y dos de mestizos, siendo el resto blancos en una población de siete millones y medio. El indio ha resistido con éxito más de cuatro siglos de toda clase de agresiones, alimentado con un promedio de mil calorías diarias —los expertos calcularon dos mil para nutrir transitoriamente a los pueblos europeos devastados por la guerra—. y trabajando a destajo en alturas frígidas en las que ningún otro hombre puede trabajar o en valles cálidos donde grasan mortales epidemias. Cualquier raza de las llamadas “superiores”, sometida a tal prueba, perecería. Si a todo esto se agrega que el indio, según comprobación científica, no ha perdido su capacidad intelectual y es apto para asimilar la cultura moderna
haciendo además una sagaz selección de valores con claro juicio y fina sensibilidad, llegaremos a concluir que su postergación es transitoria.

Dentro del problema, el mestizo juega un papel de enlace entre la tradición y la vida nueva. Guardando en si valores antiguos y estando en circunstancias sociales más propicias para adquirir los elementos educacionales o económicos de la liberación, trae a la vida americana un tácito o explícito acento reinvindicador. El caso del renegado es menos frecuente de lo que se cree y asoma entre los ventajistas que existen en todo pueblo, para dar únicamente ejemplos de intelectuales, indiscutibles por eminentes, citaré a Garcilaso de la Vega, el Inca, José Carlos Mariátegui, César Vallejo, Gabriela Mistral, entre cien más, quienes han tomado el lado del pueblo en desventaja, expresándolo o identificándose en una y otra forma con su reclamo.

La actitud defensiva tiene un preclaro antecedente hispánico en Fray Bartolomé de Las Casas, pero mientras éste era impulsado por principios religiosos y de piedad y caridad cristianas, los intelectuales de sangre india, abrigando sus propias creencias, plantean el problema en estrictos términos de justicia. Algunos de ellos, como Garcilaso el Inca y la ganadora del premio Nóbel, se proclaman indios sin serlo del todo, en gracia a su adhesión esencial. Podría poner muchos ejemplos de representantes del pueblo indio y mestizo que se han destacado en otros campos y le fueron adictos, pero creo que lo dicho ofrece suficiente confirmación de cuanto vengo sosteniendo.

Claro está que el problema indio envuelve una rehabilitación colectiva, mas los casos individuales sirven de índice y estos son innumerables. A propósito del de mi país, que es tratado en mi novela y al que me estoy refiriendo casi exclusivamente por conocerlo mejor, quiero mencionar por último el valioso testimonio de Moisés Sáenz, quién afirma que el indio del Perú es el más capacitado para salvarse a sí mismo.

En nuestras tres cadenas de montañas andinas vive un pueblo al que le han podido quitar todo, menos la voluntad de permanecer, que es la primera y más honda forma de la esperanza. Alienta esa voluntad esperanzada una impertérrita voluntad vital ;paciencia frente a la adversidad; orgullo abroquelado de silencio que se rinde sólo ante la voz de la hermandad; fuerza de la sangre que convierte en un don el simple hecho de existir; irrenunciable apego a la tierra madre; ninguna vanidad frente al éxito y ningún desaliento frente al fracaso; afición acendrada por la música, el color, la forma y la leyenda; trabajo en equipo y ayuda mutua dentro del trabajo; respeto por el mejor que no excluye el espíritu democrático. Existe allí toda una filosofía, por mucho que el indio no la haya organizado bajo ningún nombre, y una clara ley vital que lo protege, por mucho que entre las escritas no lo proteja bien ninguna. De otras muchas virtudes más sutiles, que es posible reflejar a través del método novelesco, se dará cuenta el lector que recorra estas páginas. A! final, Benito Castro pierde su revolución, pero tal hecho no entraña una derrota verdadera. Les ha ocurrido otro tanto a miles como él. Frente al ciego desdén y la implacable violencia del señor feudal, el indio mantiene calladamente su personalidad y espera sin renunciar.

Su drama no es otro que el de los campesinos oprimidos por el feudalismo y debe terminar un día. La situación actual es antihistórica. Sea que la presión del pueblo peruano llegue a ser tanta que se imponga evolutiva o revolucionariamente por sí mismo, sea que las clases dirigentes terminen por entender que el verdadero adelanto del Perú se conseguirá mediante el aprovechamiento libre y creador de todas sus fuerzas, sea que la influencia creciente de un mundo en transformación haga imposible que determinados países queden como ínsulas de retraso, o que se combinen tales factores, el pueblo indio obtendrá justicia.
Y diciendo todo esto, creo haber esclarecido el mensaje de “El Mundo es Ancho y Ajeno”, que lo sigue siendo, en estas páginas y en la vida, para cuantos no tienen más capital que sus brazos y lo andan a pie.

CIRO ALEGRÍA.
Yonkers, Nueva York, 4 de noviembre de 1948.

EL MUNDO ES ANCHO Y AJENO.
De Ciro Alegría. Edición de 1941.
Empresa Ercilla S.A.

el_mundo_es_ancho_y_ajeno.jpg
Archivo adjuntoTamaño
extracto_cap_1.pdf14.96 KB
Comparte este artículo: | Más