La Huelga de Iquique: La teoría de la igualdad (Luis E. Recabarren)

PEQUEÑA EXPLICACIÓN. —Dos materias importantes he querido tratar en este folleto, y que recomiendo a los lectores leer con atención; ellas son: la agitación social de Iquique en 1907 y la llamada teoría de la igualdad. Ambas materias son del más grande interés para las clases proletarias y ellas son las que deben preocuparse de que este folletito sea leído y analizado.
La lectura es uno de los mejores medios de emancipación de las clases trabajadoras. Por eso aconsejamos que lean y que lean mucho.

EL PENSAMIENTO Y LA ACCIÓN DE LOS HOMBRES Y DE LAS SOCIEDADES
(Crítica y comentarios a la conferencia dada por el señor don Francisco Valdés Vergara dada en el Centro Conservador en la tarde del 1° de muyo de 1910.)

Damos a la publicidad la presente conferencia por considerar que ella no perderá actualidad durante algunos años y en la confianza de prestar un modesto concurso a la obra educativa e ilustrativa del proletariado empeñado en la reivindicación de sus derechos.

COMPAÑERAS Y COMPANEROS:
Desde hace tiempo se viene notando una relativa actividad entre los partidos burgueses, en el sentido de propagar sus doctrinas y preparar a la juventud para la mejor defensa de sus intereses de clase que se otorga para sí los privilegios.

El señor Valdés V. ha hablado esta vez localizando mejor la cuestión que les interesa.
Se ha dirigido a la juventud burguesa previniéndoles el peligro que amenaza a su clase y les señala el deber de dedicar más atención para su defensa social.

Esta acción activa que se realiza en el seno mismo de la clase capitalista y que la patrocinan los hombres que de entre ellos se consideran de mayor responsabilidad, tiene dos objetos: por un lado, afianzar el orden de cosas establecido que les da a ellos el usufructo de toda clase de privilegios, y, por el otro lado, quebrantar las justas aspiraciones de reivindicaciones que sostiene el proletariado, predicando la imposibilidad de llegar a su realización y proponiendo en cambio, para suavizar la áspera condición del trabajador, ideas y pensamientos que aunque fuesen llevados a la práctica no conducen a ninguna situación mejor.

La burguesía ve claramente el porvenir sombrío que le espera como clase privilegiada, y comprende que a medida que prospere la educación popular mejor verá el camino de la acción que le conduzca a su verdadero bienestar. Entonces, con la previsión del que siente la necesidad de su conservación, toma las medidas del caso; instruye y arma a su juventud para que ésta llegue hasta el pueblo, por todos los medios, para inocularle, para inyectarle el veneno de la decepción, de la desconfianza, de la indiferencia.

Esta es la acción que más interesa a la clase capitalista, porque va encaminada a su conservación como clase y a la mantención de todos sus indebidos privilegios.

¿Y sabéis lo que resulta de todo esto?
Resulta la continuación de vuestra esclavitud. El estado perpetuo de vuestra vida llena de amarguras y sinsabores.

Mientras la clase capitalista, por medio de los oradores y las publicaciones de todos los partidos políticos, realiza una labor que afianza cada día más su soberanía, nosotros ¿qué hacemos?, ¿qué labor realizamos para alcanzar nuestra anhelada emancipación?, ¿cuál es y dónde está nuestra actividad? Triste es reconocerlo, triste, muy triste, compañeras y compañeros, es mirar la realidad que nos rodea.

Más no por ello nos desalentemos, y reconociendo nuestra actual indolente inactividad, procuremos encaminar nuestros pasos hacia el campo de una actividad que despierte los entusiasmos de nuestros hermanos a fin de que entren al combate por la defensa de su emancipación, resueltos y entusiastas.

Para que se juzgue y se aprecie de una manera consciente de cómo la clase capitalista atiende la defensa de sus intereses, yo vengo aquí a daros a conocer la conferencia con que don F. Valdés V. exhortó a la juventud a luchar contra las aspiraciones, contra los legítimos ideales del proletariado, y digo que exhortó a la juventud a luchar contra los ideales del pueblo, porque, como lo veréis más adelante, los pensamientos que sostiene y propaga, es decir lo que le aconseja a la juventud burguesa, lo revela claramente.

Yo vengo aquí, queridos compañeros, poseído tan sólo del sincero deseo de cooperar con mi modesta acción de conferencista obrero para la mejor ilustración del pueblo al cual pertenezco. Por eso vengo a analizar y a criticar la conferencia de que os vengo hablando.

La conferencia dada el 1° de mayo en el Centro Conservador por don Francisco Valdés Vergara tiene tres puntos sobre los cuales es menester detenerse, analizar sus conceptos, escudriñar y juzgar sus juicios y aun sus intenciones.
A la simple vista, y cuando se le lee sin juicio crítico, la conferencia aparece muy bien inspirada. Tan así que algunos compañeros nuestros se han engañado con ella y han creído ver allí verdades irrefutables y propósitos bien encaminados. Para desvanecer estos errores, es que hemos creído útil realizar la presente conferencia.

Los tres puntos capitales que abraza la conferencia del señor Valdés pueden dividirse como sigue:

1º Se ocupa de las agitaciones sociales y recuerda la tragedia de Iquique.
Este primer punto está lleno de inexactitudes, lleno de errores, imperdonables en una personalidad como sé supone al señor Valdés, que dicen posee una vastísima y bien cultivada ilustración, lo que a nosotros no nos consta ni lo prueban sus hechos.
2° Combate la igualdad por considerarla irrealizable, esforzándose en convencer a sus oyentes de su afirmación.
Para ello acumula sofismas, amontona verdades pero inaplicables al caso, y, por fin, deja en descubierto sus egoístas intenciones.
3° Hace votos por el mejoramiento del pueblo, e incita e invita a la juventud a trabajar por él, señalando un camino que no es el del bienestar estable, justo y verdadero.

Nuestra clase burguesa tiene la costumbre de decir que ella se ocupa siempre del bienestar de las clases pobres, pero esto que ella dice no lo hace y ello lo probaremos en el desarrollo de esta conferencia.

Su acción de beneficencia es tan inmoral y tan mal encaminada, que los frutos que produce son fatales y transitorios. Y son así porque no llevan el sello de la sinceridad ni de la buena intención.

Vamos a tratar cada punto, con la detención que es menester para que la conferencia produzca beneficios morales y mentales en los oyentes.
Ruego, pues, la benevolencia del auditorio para que me escuche con atención y para que me acompañe en mis exploraciones en busca de la verdad.

Tanta indignación me ha producido el proceder informal de este caballero, que no he podido detener mis impulsos para dar a conocer lo que él ha dicho y para expresar la refutación que merece la audacia del señor Valdés V.
Por esta razón, es que, una vez más, ruego a los lectores de este folleto pongan atención sobre todo lo dicho en esta conferencia, al leer sus páginas.

Todo lo que aquí se expresa debe interesar a la clase proletaria.




I
LAS AGITACIONES SOCIALES, ESPECIAL Y
EJEMPLARMENTE LA DE IQUIQUE

Cuando la burguesía se ocupa de las agitaciones sociales persigue dos objetos:

Primero: dar a conocer a los de su clase los efectos que se producen en el pueblo y sus resultados futuros, es decir, hacer destacar el grado de progreso que adquiere la multitud, su parte más sana, en cada movimiento de opinión; y

Segundo: destacar la personalidad de los agitadores y juzgarlos a capricho, presentándolos como ociosos que no trabajan en otra cosa que en producir perturbaciones y que viven explotando a sus propios hermanos. Esto no es sino una impostura, al menos en lo que respecta al movimiento obrero en Chile.

Dice el señor Valdés en su conferencia, aludiendo a los últimos acontecimientos obreros:
"Casi todas las naciones se sienten agitadas en la época actual por graves problemas sociales que apasionan a los hombres hasta el punto de dividirlos, dentro de las fronteras de cada país, en bandas enemigas y de llevarles a choques sangrientos que engendran rencores profundos y hacen reinar la discordia, en vez de la paz, en la familia humana. "

"En nuestro propio país, que antes se distinguía en América por la concordia de sus habitantes, hemos tenido ya la desgracia de ver episodios lamentables de este antagonismo entre las clases sociales. Algunos gremios de obreros, quejosos de su suerte, faltos de medios para mejorarla y de resignación para sufrirla, mal dirigidos por agitadores que los engañan para explotarlos, se han entregado a los peores abusos de la violencia y por violencia también han sido reprimidos. "

"No puedo recordar sin tristeza aquella tragedia de Iquique que ahogó en un charco de sangre el levantamiento sedicioso de algunos miles de obreros. Esta muchedumbre se levantó amenazante contra el orden, contra los bienes y las personas, se negó a todo avenimiento inspirado por la justicia y hubo de ser sometida, para evitar mayores males, con el empleo severo de las armas que la patria entrega a los ciudadanos constituidos en ejército para que sean defensores del derecho común en el interior, y la honra y la integridad nacional, en caso de guerra exterior."

"Entonces, los obreros amotinados, después de formular diversas quejas por sus salarios, por las horas de trabajo o por otras causas, alzaron resueltamente como bandera de sedición la reforma social, haciendo consistir ésta en la supresión de la propiedad, en el despojo del capital que nivelar a los hombres en un régimen ilusorio de comunidad que había de seguir de la ruina de todo lo existente."

Estas afirmaciones, en la forma que se exponen, carecen en absoluto de verdad y de sinceridad, y, casi podría decir, revelan odio para los que aspiran a mejor suerte. Estas afirmaciones que van encaminadas a ilustrar y a preparar con ellas a la juventud burguesa, le predispondrán constantemente en contra del pueblo, a quien miran y mirarán siempre con prevención y con distancia.

Me atrevería a sostener que hay, en esas frases, hasta maldad premeditada.

Decir que los sucesos de Iquique, en diciembre de 1907, degeneraron en sedición, en desorden, es afirmar la más solemne falta a la verdad, es ofender groseramente la verdad misma, es insultar la memoria de los mártires inocentes de aquella matanza que hoy yacen en el descanso supremo.

¡El señor Valdés no puede mentir inconsciente!, ¡perdonadme la expresión!, pero él, que vive en los círculos de gobierno, no puede ignorar la verdad de aquella jornada contra el pueblo preparada con toda deliberación por el gobierno y por la sociedad chilenos.

Si la prensa burguesa, que es el vehículo de información, desvió la verdad, desvirtuó los hechos, hizo la historia bajo el prisma de sus conveniencias e intereses, y con esto formó una opinión confusa entre el pueblo, a pesar de todo eso la verdad está reconocida, y está escrita con la pluma misma de los agentes, de los criminales que actuaron en aquella horrible, monstruosa matanza de trabajadores, que cayeron bajo la acción fría y serena de la metralla gobernada por Silva Renard.
La verdad está escrita por Silva Renard, en el parte pasado al gobierno, que más adelante leeremos.

Allí se deja constancia de que la tranquilidad de los obreros en huelga era absoluta, que el orden maravilloso era la consigna dominante entre los huelguistas.

Nosotros conocemos íntimamente la historia de ese movimiento y hemos reconocido que jamás hubo en Chile una acción más hermosamente ordenada y tranquila, donde la justicia de esa acción se destacaba.

Los obreros veían segura su victoria, porque estaban unidos, fraternalmente unidos, porque tenían la absoluta confianza de que el orden entre ellos sería inalterable, y porque el orden y la unión eran allí elementos seguros de triunfo.

¿Qué pedían los obreros en huelga? ¿Pedían acaso una monstruosidad? ¿Iban en pos de alguna cosa injusta? ¿Pedían acaso una exageración? ¡No, mis queridos hermanos! Los obreros del salitre reclamaban estrictamente una cosa justa hasta la evidencia.

Los obreros del salitre hicieron ver a sus patrones que su salario actual (en 1907), en billetes chilenos, había bajado casi a la mitad en el breve espacio de tres años, y aun mucho más de la mitad tomando en cuenta la elevación del precio de la vida. El obrero que ganaba 5 pesos al día con el cambio a 16 peniques en 1904 y que en 1907 ganaba los mismos 5 pesos con un cambio casi ya a 8 peniques, indudablemente su salario estaba rebajado en la mitad y más aún.

Más claro todavía: el año 1904, ganando el trabajador 5 pesos al día a 16 peniques, ganaba 80 peniques al día; tres años después, los mismos 5 pesos a 9 peniques, que fue el tipo de cambio en los últimos meses de 1907, no daban sino 45 peniques. Evidente era, pues, que el patrón, bajo la operación del cambio, le usurpaba a cada trabajador 35 peniques por día.
Calculando en 40.000 el número de personas ocupadas en la región salitrera, la usurpación alcanzaba a 1.400.000 peniques por día, o sea cerca de 6.000 libras esterlinas al día y de 180.000 al mes.

En el supuesto caso de que el salario hubiere subido en 1 peso por día, esa defraudación siempre era de 26 peniques al día, o sea un beneficio para los capitalistas siempre superior a 1.040.000 peniques por día, o sea una defraudación superior en 3 libras esterlinas por mes contra cada trabajador.

Estas operaciones de la baja del cambio que el sencillo pueblo, en su ignorancia, no comprende bien, importaron en aquella época algunos millones de beneficio, pues la diferencia o la baja del cambio significaba, término medio, una disminución de 3 pesos diarios, o sea 90 pesos mensuales, a cada trabajador. Se entiende que esto ocurría al tipo de cambio de 1907 y 1908.) Esta suma equivale a 3.600.000 pesos mensuales de economía para los capitalistas, calculando 40.000 operarios y empleados. ¡De economía he dicho!, lo que en realidad era una verdadera usurpación realizada al juego del cambio internacional.

Avaluada en libras esterlinas esta usurpación, la suma mensual pasaba de 120.000 libras esterlinas.

¡Por cierto que saben economizar los capitalistas!

Como sabéis, obreros, es muy difícil que el salario suba, en el espacio de tres años, como regla general, en 1 peso diario.

Mientras el descenso del cambio progresaba en perjuicio del obrero, porque su salario descendía al mismo tiempo, al contrario ocurría con el beneficio que reportaba a los capitalistas salitreros, pues el costo de producción del salitre era así mucho más barato, produciéndole una utilidad casi doble de la de tres años atrás, sin tomar en cuenta que el precio del salitre había mejorado en el mercado europeo.

Así, el obrero salitrero a fines de 1907 llegaba al extremo de la miseria, con un salario reducido a la mitad y…, ¡sarcasmo del cinismo burgués!, el precio de los alimentos que el mismo patrón vendía, ¡elevado a pretexto de la baja del cambio! ...

El capitalista consideraba justo encarecer el precio de los artículos de consumo cuando bajaba el tipo del cambio, pero consideraba injusto que los obreros pretendieran aumentos de salarios.

Por fin los obreros, cansados de sufrir, se dieron cuenta de la doble explotación que soportaban: Primero: reducción efectiva del salario por baja del cambio internacional; y, segundo: encarecimiento de los artículos de consumo. ¡Estas dos explotaciones eran realizadas por los mismos capitalistas! ...

Si un salario de 5 pesos diarios a 16 peniques satisfacía las exigencias dé un hogar, reducido ese salario a la mitad por efectos del cambio, dejaba al obrero un déficit equivalente a la disminución, y recargado todavía, porque con ese medio salario debía soportar una vida más cara, ya que los crueles capitalistas no vacilaban en encarecer los artículos de consumo. ¿Con qué cubría el obrero este déficit? Aumentando sus hambres, sus desnudeces; privándose de muchas cosas necesarias; sufriendo, en una palabra.

Reconocida esta explotación por casi todos los trabajadores del salitre, solicitaron de sus patrones el cumplimiento de un convenio existente por medio del cual los capitalistas se obligaban a elevar los salarios cuando el cambio internacional hubiere bajado de 14 peniques; como obtuvieran la negativa se declararon en huelga y se encaminaron desde la pampa hacia Iquique para solicitar, ¡candidos!, la mediación amistosa de las autoridades e influir más de cerca entre los gerentes de las empresas para que atendieran tan justísimas aspiraciones.

Como he dicho y lo sostengo, la voz de orden entre los huelguistas era de severa disciplina, de tranquilidad y de paz. Nadie pretendía turbar el orden. Todos querían conmover con su ejemplar conducta.

Mientras los obreros esperaban sonrientes que el triunfo de su causa justa vendría pronto y confiaban en su unión, en su disciplina, en su abnegación y en la justicia de su causa, ¡en los sombríos consejos del gobierno se resolvía la solución de este problema bajo la acción de las armas, bajo la acción de la muerte! ...
¡Ah, qué horrible es esto! ...

Pero me he desviado un tanto de la cuestión. He dicho antes que en el parte pasado por Silva Renard al gobierno estaba la confesión clara y explícita de la admirable corrección con que procedían los obreros, y quiero, antes de avanzar más, leer ese parte para que veáis que lo que sostiene y afirma el señor Valdés es una burda mentira, y digo mentira, contra mis hábitos, porque no merece otra expresión la audacia del señor Valdés.

He aquí el parte del general victorioso en la plaza de Iquique en la tarde del 21 de diciembre de 1907:

PARTE DEL GENERAL "VICTORIOSO"
Silva Renard confiesa cínicamente su crimen.

En todo su relato, lleno de flagrantes inexactitudes y de calculados y estúpidos efectismos, resalta el odio y desprecio que le inspiran los trabajadores.
"Ayer, inmediatamente de recibir en la plaza Arturo Prat, a la 1.45 p. m., y en circunstancias de revistar las tropas de guarnición y de la marinería, la orden de reconcentrar en el Club Hípico a los huelguistas, dispuse que evacuasen la plaza Manuel Montt y la Escuela Santa María, donde se sabía estaba una gran masa de huelguistas, constituida en asamblea permanente, presidida por los directores del movimiento. En consecuencia, dirigí la infantería hacia dicha plaza y calles adyacentes, de manera de poder cumplir la disposición de V. S. en las mejores condiciones respecto de la dispersación de los huelguistas, encauzando la turba por la calle Barros Arana hacia el Club Hípico. Cumplido el movimiento por la infantería del ejército y de la marina, me dirigí a la plaza Manuel Montt con 100 granaderos, acompañado del coronel Ledesma y mis ayudantes, y al llegar a dicho sitio vi que la Escuela Santa María, que ocupa toda la manzana sur de la plaza, estaba repleta de huelguistas presididos por el titulado consejo directivo de la huelga, instalado en la azotea con frente a la plaza y en medio de banderas de diversos gremios y naciones.
En la plaza rebosaba una turba de huelguistas que no cabían en el interior de la escuela. Adentro habría cinco mil individuos y afuera dos mil, que constituían ciertamente (?) la parte más decidida y exaltada de los aglomerados (!), y oían discursos y arengas de sus oradores que se sucedían sin cesar en medio de toques de cornetas (!), vítores y gritos de la multitud.
Como V. S. comprende, los oradores no hacían otra cosa (?) que repetir aquellas frases comunes (?) de guerra al capital y al orden social existente. Observada bien la situación y tomando las medidas necesarias para circunscribir en el menor radio posible la acción de la fuerza publica, comisioné al coronel Ledesma para que se acercase al comité que presidía el movimiento y le comunicase la orden de V. S. de evacuar la escuela y la plaza y que se dirigiera al Club Hípico con la gente.
A los cinco minutos volvió el coronel diciéndome que el comité se negaba a cumplir dicha orden y que habían sido infructuosas sus palabras, primero pacíficas y conciliadoras y después enérgicas y severas, para obtener el acatamiento a la orden.

En vista de esto tomé nuevas disposiciones y traté de imponer a los huelguistas el respeto y sumisión. Hice avanzar dos ametralladoras del crucero Esmeralda y las coloqué frente a la escuela con puntería fija a la azotea en donde estaba reunido el comité directivo de los huelguistas.

Coloqué un piquete del regimiento O'Higgins a la izquierda de las ametralladoras para hacer fuego oblicuo a la azotea por encima de la muchedumbre aglomerada del lado de afuera.
En estos instantes se me agregaron los capitanes de navio señores Arturo Wilson y Miguel Aguirre, los que espontáneamente se ofrecieron para ayudarme en mi delicada y grave misión.

Cada uno conferenció con los huelguistas sin obtener mejor éxito.
Hice agotar hasta los últimos recursos pacíficos (?).
Pasando por entre la turba llegué a la puerta de la escuela y llamé al comité. Este respondió desde la azotea y rodeado de banderas se presentó en el patio exterior ante una apiñada muchedumbre. El comité estaba compuesto por los individuos Olea, Brigg, Aguirre y demás, cuyos nombres no recuerdo, pero son conocidos de V. S.
Así que les comuniqué la orden de V. S., les rogué, mejor dicho, les supliqué con toda clase de razones (?) evitasen al ejército y a la marina el uso de las armas para hacer cumplir la orden recibida, pero todo fue inútil, y durante media hora les hablé en todos los tonos, sin obtener otra cosa que declaraciones de que por injusticias eran víctimas como trabajadores y siempre defraudados en las oficinas por patrones y capitalistas.
Viendo que eran inútiles todos mis esfuerzos pacíficos y persuasivos (?), me retiré, haciéndoles saber que iba a emplear la fuerza. Reuní a los jefes que me acompañaban y estudié con ellos la posibilidad de obtener la sumisión con las armas blancas, atacando la infantería con bayoneta armada, llevando un ataque riguroso hacia el interior de la escuela y tratando de aprehender a todo el comité, al mismo tiempo que la caballería cargaba contra la turba aglomerada en el exterior. Estudiado detenidamente el plan (!), se comprobó que estas operaciones no darían resultado por lo apretada y compacta que se mantenía la muchedumbre en el exterior para cargarla con éxito, y se vio por el contrario que un ataque con arma blanca o caballería podía dejar a la infantería y jinetes en peligro de ser tomados por los huelguistas, complicándose la situación para las operaciones siguientes. Vi, por lo tanto, que no había más recurso que el empleo de las armas de fuego para obtener un resultado eficaz y ordenado (!!!).
El capitán de navío don Miguel Aguirre volvió y dirigióse a los huelguistas y el comandante Almarza les hizo saber que se iba a hacer fuego y que la gente pacífica debía retirarse a la calle Barros Arana. Yo volví nuevamente a decírselo, logrando que unos doscientos se separasen y se colocasen en la calle indicada, no sin ser insultados (?) por la muchedumbre rebelde que momento a momento se iba exaltando más con la inacción de la tropa.
Hora y media se empleó en parlamentar con los huelguistas, y convencido de que no era posible esperar más tiempo sin comprometer el respeto y prestigio de las autoridades y de la fuerza pública (!), penetrado también de la necesidad de dominar la rebelión (!), antes que terminase el día, ordené a las 5.45 p. m. una descarga por un piquete del regimiento O'Higgins hacía la azotea ya mencionada y por un piquete de marinería situado en la calle Latorre hacia la puerta de la escuela, donde estaban los huelguistas más rebeldes y exaltados. A esta descarga se respondió con tiros de revólver y aun de rifles que hirieron a tres soldados y dos marineros, matando dos caballos de los granaderos. Entonces ordené dos descargas más y fuego a las ametralladoras con puntería fija hacia la azotea donde vociferaba el comité entre banderas y toques de corneta.
Hechas las descargas y ante el fuego de las ametralladoras, que no duraría sino treinta segundos (?), la muchedumbre se rindió.
Hice evacuar la escuela, y todos los huelguistas, en número de seis a siete mil, rodeados de las tropas, fueron conducidos por la calle Barros Arana al Club Hípico. A la mañana siguiente fue disuelta esta masa, enviando a la Pampa Salitrera, en los trenes que V. S. puso a mi disposición, de cinco a seis mil huelguistas.
El resto, compuesto en su mayor parte de gente de Iquique, fue entregado a la policía para su identificación, incluso doscientos individuos que manifestaron deseos de irse al sur.
Esta es la relación exacta de los luctuosos sucesos ocurridos ayer, en los cuales han perdido sus vidas y salido heridos cerca de ciento cuarenta ciudadanos.
El infrascrito lamenta este doloroso resultado (!), del cual son responsables únicamente los agitadores que, ambiciosos de popularidad y dominio, arrastran al pueblo a situaciones violentas, contrarias al orden social y que la majestad de la ley y la fuerza pública debe amparar, por severa que sea su misión. Dios guarde a V. S. —R. Silva Renard."


Habéis leído u oído la lectura de esa pieza siniestra. Bien veréis que ella ha sido escrita con todo cálculo, y sin embargo ¡no se pudo ocultar por entero la verdad! Allí nos dice Silva Renard que los huelguistas no habían dado ningún motivo, pero era necesario desalojarlos del corazón de la ciudad, porque el miedo se apoderaba ya de la burguesía iquiqueña y porque los capitalistas necesitaban el sometimiento, por la fuerza, de los obreros.

No me parece necesario extenderme en mayores comentarios, pues ¡ya bastan!

Ya veis, pues, como está en contradicción lo que hoy dice el señor Valdés, dirigiéndose a la juventud, con lo dicho por Silva Renard dos años atrás.

Nada dice Silva Renard de que aquella huelga degenerara en sedición.

Cuando Silva Renard dice en su parte: "Pasando por entre la turba llegué a la puerta de la escuela y llamé al comité", etc., cuando dice así prueba con ello que la tranquilidad de los huelguistas era tan absoluta, que su espíritu sería tan abnegado, que se podía llegar confiadamente hasta el corazón mismo de esa multitud.

En seguida, todavía, dice: "Así que les comuniqué la orden de V. S., les rogué, mejor dicho, les supliqué con toda clase de razones evitasen al ejército y la marina el uso de las armas", etc. Aunque se me ha asegurado que ésta es una mentira de Silva Renard, que no buscó ningún medio conciliatorio sino que atacó brutalmente, quiero admitirla como verdad porque ello sería una abundancia más de pruebas de que el movimiento obrero se mantenía dentro del más elemental de los derechos y en donde no puede verse ni un asomo de pretendida sedición o alteración del orden público.

De la lectura del parte se desprende que la conducta de los huelguistas era tan pacífica que se dejaron asesinar cobardemente, cuando por su número bien pudieron haber tomado y desarmado a toda la escasa tropa de que disponía Silva Renard, sin más armas que sus manos. ¡Hombres generosos, guiados por agitadores demasiado altruistas, prefirieron caer inmolados y fracasar en su acción, antes que convertirse en verdugos!

¡Necia abnegación!

¿Comprenderán los burgueses alguna vez esa alma grande que posee el pueblo?

Ah, no tiene tiempo para admirarla ni comprenderla. La ociosidad y los vicios se lo impiden.

¡Cómo aparece, ante esas crueles expresiones de Silva Renard, retratada la fea mentira de Valdés Vergara!

¿Será que así se enseñan la moral y la historia?

Queda, pues, el señor Valdés desmentido en sus afirmaciones de hoy, con un documento oficial de aquella época.

Este criterio que revela el señor Valdés, sus juicios que emite, podemos considerarlos como el sentimiento genuino y uniforme de hoy día de toda la clase burguesa.

Ha dicho lo mismo, antes y después que el señor Valdés, toda la prensa burguesa, y ésta es la prueba más elocuente del error en que vive esa gente, respecto a los más delicados problemas sociales, que afectan a la parte más vital y más numerosa del pueblo.

Pero este modo de apreciar las cosas tiene por objeto educar así a la juventud para estimularla poderosamente contra nosotros; para empujarla, por decirlo así, a luchar contra todos los pensamientos de reivindicación social que alimentan las muchedumbres anhelantes de justicia y de bienestar.

¡Bien veis cómo la burguesía enseña el error .y lo hace con toda mala intención!

El señor Valdés no puede ignorar la verdad de los hechos y bien sabrá lo que pasó en los círculos de gobierno de aquella época.

Hay un rumor público ya, que cada día se aumenta más, que a mí no me consta, pero que lo creo, porque los hechos dejan lugar a ello. Ese rumor es el siguiente:

El gobierno convocó a mediados de diciembre de 1907 a un consejo de notables, al cual asistió representación de todos los partidos burgueses.
En esta reunión se trató la cuestión de la huelga de Iquique y el gobierno expuso ante los concurrentes que obraba en su poder la respuesta que los salitreros daban a los huelguistas, que era negativa a sus peticiones, y que no se comunicaba a los interesados por temor a desórdenes y mientras el gobierno no tomara las medidas del caso.

Los salitreros contestaban que no podían acceder a las peticiones de los huelguistas y que si el gobierno no les amparaba, ellos preferirían cerrar sus establecimientos y paralizar la producción del salitre. Esta amenaza, que no era sino un ardid, fue la base de discusión en aquel consejo de notables burgueses que consideraron la amenaza capitalista como un peligro para los intereses fiscales y particulares de ellos mismos, interesados directamente en los negocios salitreros.

Entonces allí, en ese solemne consejo de notables, se resolvió la macabra conducta que debía observar Silva Renard, y hasta se dice que éste exigía del gobierno una orden en blanco para salvar sus futuras responsabilidades.

Silva Renard partió a Iquique en los días 16 ó 17 de diciembre con las instrucciones definitivas para proceder contra los obreros.

Que este consejo se ha realizado lo prueba el hecho de la unánime aprobación que los partidos burgueses confirmaron después de ocurridos los sucesos, tanto desde la Cámara como desde casi toda su prensa.

¿Veis? ¡No era el pueblo el amotinado, el que se sublevaba! Era la burguesía: gobierno y capitalistas, los que conspiraban tenebrosamente contra el proletariado, único agente productor de riqueza y grandeza.

Por eso el crimen burgués de Iquique merecerá la eterna condenación del pueblo, porque ese crimen fue el fruto deliberado fríamente en una conspiración burguesa contra el pueblo.

Compañeras y compañeros:
Que la flor delicada del recuerdo cariñoso vierta siempre sus suaves perfumes sobre la fosa de aquellos hermanos víctimas de la crueldad brutal de esta burguesía, que felizmente marcha en el último período de su existencia como clase privilegiada.
¡Pobres víctimas anónimas, que después de arrastrar un vivir tenebroso y triste, llega a ultimaros el hierro homicida dirigido por la sociedad presente, si bien que brindándoos un prematuro descanso, tronchando en cambio, sin derecho, la flor delicada de vuestras amadas esperanzas; pobres víctimas anónimas, que habéis adquirido la paz al precio de cruel sacrificio, iluminad nuestro camino, guiad nuestros pasos.
Que estos hechos nos alienten más, mucho más, a proseguir la obra de la educación del pueblo, porque la educación obrará mejor en el porvenir.



II
LAS TEORÍAS IGUALITARIAS.— LA OPINIÓN BURGUESA
Y LA OPINIÓN PROLETARIA

Veamos lo que nos dice el señor Valdés a este respecto. Ved aquí sus propias palabras:
"Estos pueblos, así abandonados a su mísera suerte, viendo el bienestar de los ricos, sus comodidades, su lujo dispendioso, sienten vibrar en su alma una ardiente aspiración a la igualdad, quieren y esperan que la dicha en la tierra sea un patrimonio común como el aire y el sol. Esto es humano, señores. Pongámonos en la amarga situación del pueblo y seguramente desearíamos lo mismo.

"Pero esta aspiración es irrealizable. La desigualdad es ley de la creación. La desigualdad, por extraño que parezca, llega a ser la armonía.

"En el mundo físico, la variedad del día y la noche, de las estaciones, de los climas, según las latitudes y las alturas, de los continentes y los océanos, de las montañas y de los valles, de las tierras fecundas para el cultivo y los suelos estériles que suelen ocultar fabulosas riquezas: todo esto es armonía, porque de ello nace la unión de los hombres en el trabajo, en las industrias, en el comercio, o sea la solidaridad de todas las razas y de todos los pueblos en un esfuerzo común hacia el progreso.

"¿Quién no ha visto en los bosques naturales y también en los que han nacido de semillas sembradas por la mano del hombre una absoluta variedad de los árboles que los forman, aunque sean todos de una misma especie? Hay árboles de ideal perfección en la forma y en la robustez; los hay también defectuosos, raquíticos y contrahechos. Así sucede en la selva humana. Hay hombres que nacen con la chispa del genio, los hay de extraordinaria superioridad en las artes, las ciencias, las industrias; pero la inmensa mayoría la formamos los hombres mediocres, los débiles, los incapaces, los que pasamos por la tierra como seres anónimos encadenados al sufrimiento y al trabajo. ¿Cómo entonces podría ser igual la suerte de todos en la vida? ¿Quién m podría decretar y mantener para todos un mismo ideal?"

¡Con cuánto interés se sostiene que la igualdad es irrealizable! … Con este objeto se buscan y se juntan todos los argumentos imaginables para probar que ello es verdad.

Pero, mas que argumentos lógicos y reales, se rodean sofismas, se reúnen verdades, pero verdades aplicables a otras circunstancias que distan mucho de ser aplicables a la vida social y moral de la humanidad.

Yo quiero analizar este punto y el auditorio me lo permitirá, porque pretendo desvanecer los errores que se propagan con el objeto de alejar a las masas populares de toda esperanza. Sí, se propaga esto para producir decepciones, desalientos e indiferencias que aumenten el egoísmo y endurezcan el corazón de los trabajadores para hacerlos crueles consigo mismos.

El egoísmo individual es la consecuencia naturalmente producida cuando llega al pueblo el convencimiento de que la igualdad social, moral y económica es una quimera, es una ilusión.

¿Cuáles son las consecuencias del egoísmo? Veámoslo en la práctica, más o menos general, recorriendo los diversos ambientes en que vive el proletariado.

En el taller —dadas las condiciones en que la clase burguesa tiene organizado el trabajo— el obrero no piensa sino en sí y llega a ser cruel, dolorosamente cruel, con sus demás hermanos víctimas de la explotación. Esto es el fruto del egoísmo.

En estas condiciones el obrero no puede abrigar pensamientos de unión, de cariño y de fraternidad. Se aísla de los demás, en quienes ve sólo enemigos. Se aleja de todo contacto social.

Cuando el proletario llega a este grado de egoísmo se hace muy difícil todo acercamiento fraternal o inteligente y de esta situación que divide a los obreros se regocija el capitalista porque aprovecha incalculables beneficios.

Fuera del taller, en la vivienda, en el campo, o como pequeño propietario, el egoísmo hace tan crueles efectos como en el taller sin que en realidad produzca este defecto beneficios apreciables al proletario que lo ejerce.

Sí, el egoísmo es un sentimiento cruel en el proletariado y lo estimula con criminal interés la clase capitalista cuando gasta sus empeños en convencer a los pueblos que todo acercamiento hacia una situación superior es un sueño quimérico adonde jamás llegará el pueblo.
No olvidéis que la burguesía tiene interés en fomentar los sentimientos egoístas, porque de esa manera acentúa más la necesidad de su existencia parasitaria.

No quiero alejarme demasiado de mi principal objetivo y vuelvo a mi tema.

El señor Valdés procura probar que todas las circunstancias de la misma naturaleza conducen a establecer indiscutiblemente el reinado de la desigualdad, porque ésta llega a ser la armonía misma.

¡Ah, por mucho poder, por mucho brillo que dé al sofisma, éste no podrá nunca empañar la verdad, la hermosa verdad
"Mirad en el mundo físico —nos dice el se-ñor Valdés— la variedad del día y de la noche, de las estaciones, de los climas…, de los continentes, de los océanos, de las montañas y de los valles, de las tierras fecundas y de las estériles, etc. ¿Quién no ha visto en los bosques naturales y también en los que han nacido de semillas sembradas por la mano del hombre una absoluta variedad en los árboles que los forman, aunque sean todos de una misma especie? Hay árboles de ideal perfección en la forma y en la robustez; los hay también defectuosos, raquíticos y contrahechos. ¡ASÍ SUCEDE EN LA SELVA HUMANA!"

¡Cuántas desigualdades nos cita el señor Valdés!

Pero, queridos compañeros y amigos, ésas son desigualdades naturales que sólo cabe formular dentro de una lógica infantil e ingenua.
Nosotros también estamos de acuerdo en que esas desigualdades existen y que son hermosísimas. ¡Cómo vamos a negarlas cuando están a la vista!
No son esas desigualdades las que pretendemos hacer desaparecer.

Aquí cabe un breve paréntesis.

Muchas de las llamadas desigualdades que parecen naturales en los hombres, son evitables.

La desigualdad de cultura, de talento o capacidad no siempre proviene de la naturaleza, en muchos casos son productos de herencias viciosas que agentes distintos han producido.
Los hijos de los alcohólicos, de los sifilíticos o degenerados, etc., reciben fatalmente esa herencia que les produce una inferioridad en la escala de los seres, pero si la sociedad cuida de extirpar por medio de la educación todos esos vicios degenerativos, la desigualdad que ellos producen desaparecerá gradualmente.

La desigualdad de cultura, de talento o capacidad puede hacerse desaparecer mediante la instrucción.

La desigualdad intelectual, natural en los individuos, puede también corregirse cuidando de seleccionar la procreación y perfeccionar los Individuos depurando el ambiente en que viven.

¡Yo juzgo que cuando se hace empeño en que el proletariado pierda toda esperanza a una vida real y positivamente mejor que la presente, a la vez que de eterna duración, sólo se busca con ello mantener al pueblo atado siempre para explotarle sin compasión como a la oveja se esquila sin piedad!

He aquí algunas otras expresiones, tan absurdas como las anteriores, del señor Valdés:
"No hay sino una igualdad: la de adorar a Dios, la de recibir sus misericordias. Yo no conozco sino un sitio donde hasta el mendigo más infeliz sea igual al rico y al poderoso: ese sitio único es el templo católico. Me he visto de rodillas, ante la sagrada mesa, entre dos hombres cubiertos de harapos y allí, sólo allí, me he sentido igual a ellos. Digo mal, señores, me he sentido inferior a ellos, porque la justicia de Dios ha de ser más generosa en los dones de su misericordia con los que más padecen, con los que menos responsabilidad tienen en sus cuerpos.

"La igualdad de los fieles ante la Iglesia Católica se funda sobre la base de los Santos Evangelios, cuya esencia está condensada con un sentimiento y en una palabra: ¡caridad!"

"La caridad, según el espíritu de Cristo, tiene una amplitud de significado que no se aviene con el alcance mezquino que en el lenguaje vulgar se da a este vocablo. Generalmente se cree que caridad es dar limosna, cuidar al enfermo, dar de comer al hambriento y de beber al sediento. "

"¿Qué es entonces la caridad? Jesús la definió cuando dijo a sus apóstoles después de la institución de la Eucaristía: "Un nuevo mandamiento os doy, que del modo que yo os he amado a vosotros, así también os améis recíprocamente. Todos conocerán que sois mis discípulos si os tenéis amor unos a otros". En ocasión anterior, Jesús había dicho: "Amad a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a vosotros mismos. Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen, orad por los que os persiguen y calumnian".

"Así, la caridad es el amor paternal llevado hasta el heroísmo, y este amor es el signo distintivo de los cristianos. Deja de ser cristiano quien no ama a sus semejantes, quien no se ocupa con perseverancia en servirlos, quien mira con indiferencia sus desgracias y sus dolores. "

"En nuestro modo de conducirnos con el pueblo, ¿practicamos nosotros esta caridad evangélica? No me atrevo, señores, a dar una respuesta, que tendría que ser ambigua. Hay caridad para los enfermos. Tenemos hospitales y asilos perfectamente atendidos. Numerosas instituciones filantrópicas cuidan de los huérfanos, de los ancianos, de los inválidos. Pero no veo ninguna obra social de carácter permanente que sea encaminada a disminuir la miseria del pueblo y a levantar su nivel de civilización."

Si para el señor Valdés Vergara no hay sino una sola igualdad: la de adorar a Dios como lo dice, con eso nos prueba que está muy lejos pensar en la felicidad material del pueblo. Si reconoce esa sola igualdad y a pesar de su vasta inteligencia no acepta más, nosotros en la medianía en que vivimos procuraremos probar que donde hay verdadera moral, que el corazón que almacena verdadera moral, acepta la igualdad en muchas otras circunstancias, más ampliamente, más cerca de la realidad.
Todos los hombres son iguales en sus necesidades, en sentir las necesidades.

Fisiológicamente:
Los seres humanos son iguales ante las necesidades y exigencias del estómago…, todos sienten la necesidad de alimentarse, para reparar las fuerzas, para nutrir el organismo, para conservar la vida. Todos, ante la tiranía del estómago, son iguales; aquí no cabe más desigualdad que la de la mayor o menor capacidad, según la persona.

Son iguales, es decir, sienten con igualdad la necesidad de satisfacer sus deseos nacidos de mil circunstancias humanas.

¿Acaso no es justo y humano querer y pretender satisfacer un deseo que nos producirá bienestar moral o material? Si para esto no hay un daño para otra persona, nada puede privar la ejecución de ese deseo… El sentimiento del amor se despierta igualmente en todos los seres de la especie animal, como una sabia previsión que conduce a la conservación, a la prolongación de la vida de la humanidad.

Son iguales cuando tienen ojos para mirar y por ellos sentir anhelos… Si todos los seres tienen ojos y por ellos ven las hermosas realidades de la naturaleza y los productos de los hombres, es lógico reconocer que a igualdad de sentimientos corresponde igualdad de satisfacciones.

La desigualdad de cultura, de educación, que jamás será una desigualdad natural, podrá producir diferencias en los sentimientos que no quebrantan el principio justo de la igualdad.
El sentimiento del amor producirá a un ser culto una suma mayor de goces morales y materiales, de lo cual disfrutará con la más perfecta concepción, mientras que no ocurrirá lo mismo con un ser grosero, porque disfrutará de una suma menor de goces a consecuencia de su incultura. Mas, a pesar de esta diferencia, el sentimiento existe igual en su principio. Si en la percepción de los goces se desarrolla la desigualdad, ello no es por causas naturales sino por causas alimentadas por los mismos seres y creadas por el ambiente.

Todos los seres nacen en estado salvaje. Nacen entonces bajo un estado de igualdad que en el camino de la vida se desiguala por obra del egoísmo creado por el hombre y por la sociedad, y por obra del ambiente que éstos le han preparado.

Todos los seres son iguales cuando tienen el sentido de la sensibilidad y por ella perciben el dolor y la alegría.

Perciben el dolor propio y el de los semejantes ...
Perciben la alegría propia y la de sus semejantes ...

Todos los seres son iguales cuando nacen… Un mismo y un idéntico fenómeno los trae a la vida. ¡Todos nacen desnudos! "¡Todos vienen al mundo sin bolsillos en la epidermis!" ¡Todos nacen incapaces para vivir por sí mismos, para conservar su existencia por sí solos!

¡Cuán sabia es la naturaleza en este fenómeno del nacimiento, y cuánto enseña con ello para el que quiere aprender!

Yo me figuro, mis queridos amigos, que la naturaleza nos dice con este acto del nacimiento que el sentimiento de la igualdad y de la solidaridad debe acompañar a toda la especie humana en todo el transcurso de la existencia.

La lógica y la razón nos dice: El ser que nace ha menester el concurso y el cariño de los demás para vivir. El ser que vive ha menester también idéntico concurso para conservar y prolongar la existencia. El ser que vive necesita del concurso de los demás para obtener la felicidad que le corresponde. Por eso el individuo que goza los dones que le dispensa la sociedad debe contribuir a la felicidad social.
En una palabra: los seres humanos nacen para vivir unidos, para trabajar en conjunto, para ayudarse mutuamente los unos a los otros y producir de esta manera el bienestar y felicidad comunes. Esto es lo que enseña la naturaleza. Por estas razones hemos de contribuir a hacer desaparecer de la vida social todo aquello que ofenda a la naturaleza, que ofenda a la Justicia, que ofenda al Amor, que ofenda a la Razón, que ofenda a la Verdad.
Los dones que produce la sociedad podemos dividirlos en dos clases: MORALES y MATERIALES.

Los dones morales se disfrutan en cada ambiente según sea el estado de cultura de los círculos en que se vive, y se gozan a expensas de la más exquisita cultura. La sociedad burguesa puede disfrutarles sin el concurso del proletariado, al menos así aparece a primera vista.
Los dones materiales no pueden disfrutarse sin el concurso del proletariado. La hermosa y cómoda habitación, la abundancia de mobiliario, el exquisito adorno de las habitaciones, el vestuario a gusto y el escogido adorno personal, la buena mesa, y en una palabra todos esos placeres materiales sólo se obtienen con el concurso del proletariado y por obra de él. Al proletariado se le debe, entonces, el poder gozar de todos los placeres materiales.

Una sociedad, o el individuo, que no pudiera gozar o satisfacer estos placeres materiales, ¿tendría fuerzas y capacidad para gozar moralmente?

Descifrad este dilema, si queréis. Pero el hecho resulta, al fin y al cabo, que no puede haber vida moral ni material sino por obra del proletariado. Con mucha razón ha dicho alguien: "Que si desapareciera la clase capitalista y gobernante, el mundo seguiría su marcha sin haber notado el accidente; mientras tanto que si desapareciera la clase proletaria, desaparecería junto con ella la vida de todo el mundo organizado, o como decía Mirabeau: "La clase proletaria no necesita sino cruzarse de brazos para sembrar la muerte por todas partes. Su gran poder reside en su inacción".

Por esto, la acción socialista, en todo el mundo, se encamina a dotar al proletariado de la mayor cultura y educación posibles para que deje de ser "el gran genio de la vida encadenado vilmente al servicio de la injusticia" y surja por su propia obra y por su propia acción a ser el agente consciente de la felicidad colectiva o común de la Especie Humana.

Si ninguna mujer de corazón generoso o ningún ser de relativa moral negarían su concurso y sus servicios para ayudar a vivir a un recién nacido, ¿por qué en el desarrollo de su vida se consideraría deshonroso el establecimiento del servicio y de la ayuda mutua?

Pensamientos son estos que dejo entregados al criterio de mis compañeros para que los estudien y los analicen con el propósito de encontrar la justicia y la verdad.

Todos los seres son iguales cuando viven ... La vida es una circunstancia igual para todos. El modo de vivir y las condiciones de la vida son las que están llenas de desigualdades creadas por los hombres.

Es en el transcurso de la vida, mientras conservan la vida, cuando los seres sienten las necesidades, las necesidades que son iguales para todos.

Es propio de los vivos sentir la necesidad de vestir, para resguardarse de las estaciones frías o calurosas; sienten la necesidad de comer para conservar la vida; sienten la necesidad de cobijarse bajo techo, en casas, para ayudarse a la conservación de la existencia; sienten la necesidad de la distracción y del recreo y se lo proporcionan a medida de sus recursos y de su capacidad moral; sienten todos la necesidad de amar.
Todos los seres son iguales cuando aman ... Todos los animales aman. Y es la naturaleza la que inspira esta necesidad de amar, como diciendo que el amor debe ser el agente encargado de asegurar la mayor prolongación y conservación de la vida de la humanidad.
Todos los seres son iguales cuando mueren ... Un mismo fenómeno les quita la vida. Su desorganización material.

Ante esta igualdad fisiológica nadie puede proclamar la desigualdad. El más iracundo y soberbio burgués ha de rendirse sumiso ante la majestad severa de la muerte, que al finalizar la vida individual vuelve a señalar la igualdad como virtud .excelsa que debe animar a todos los seres, casi podría decir, la muerte es la condenación a la desigualdad en su hecho mismo.
El principio y fin de la vida individual, impuesto a todos los seres por ley de la naturaleza, nos indica que ésta, ha creado leyes iguales para todos; ante la naturaleza no hay privilegios; es el principio inmutable de la Razón y la Justicia que los seres deben copiar para vivir en conformidad a los designios de la naturaleza y no en conformidad a las leyes caprichosas e inmorales que ridículas minorías de hombres han impuesto al mundo.

¡Hay, pues, en la vida física de los seres humanos, tantos motivos de igualdad que no necesitamos más verdades, más argumentos para convencer que los expuestos!

Cuando esto ocurre en la vida física de los individuos, todo aconseja entonces procurar hacer de la vida social y moral un estado en que todos puedan, a voluntad, disfrutar de la mayor suma de goces y de comodidades.

¡En fin y en suma, todo lo que vive en el mundo nos indica, nos señala el tierno y delicado sentimiento de la igualdad! ¡De la igualdad que a pesar de todo reinará un día feliz para la humanidad!

En los bosques que la naturaleza o la mano del hombre ha creado, colocando para encanto y armonía la desigualdad en las formas externas, ha indicado con sabiduría irrefutable que la igualdad en la alimentación y cuidado es la condición indispensable de conservación y de vida.

Si los árboles, como tantas otras cosas, son desiguales en sus formas o dimensiones —como son los hombres también—, esta desigualdad tiene nada de especial para probar que sea justa la desigualdad social de los hombres; pues esa misma desigualdad da vida a una igualdad hermosa y grande: todos esos árboles necesitan alimentarse igualmente para vivir, todos necesitan agua, aire, sol ... y si carecen de todo esto morirían.

Así, mis queridos compañeros y compañeras en la selva humana los hombres grandes o chicos, blancos o negros, sabios o idiotas, en una palabra desiguales en sus formas o condiciones, son iguales en especie y la naturaleza exige igualdad en la alimentación, en el cuidado y en el cariño para la conservación de su vida.
Si las desigualdades que la naturaleza ha creado existen como una belleza y para recreo de la humanidad, ellas son aceptables y admirables cuando están al servicio de la humanidad, pero las desigualdades creadas por los hombres son monstruosas y destructoras cuando colocan a los seres bajo la explotación de otros seres.

Que el hombre someta a los animales a su servicio puede considerarse lógico.
Pero que unos hombres sometan a otros hombres a su servicio, eso es ilógico, antinatural y antihumano. La desigualdad engendró esta circunstancia, por eso la desigualdad debe desaparecer.

Si los hombres, por causa de su incultura primitiva crearon la desigualdad y todas las desgracias a ella inherentes, no es humano ni propio de seres civilizados conservar en el Estado presente los vicios y costumbres de la época del salvajismo.

Se concibe la igualdad. Se acepta la igualdad, pero sólo a la sombra de la Iglesia.

Si se admite allí, ¡por qué no hacerla brillar dentro de la cúpula inmensa del Universo! ¿Acaso el mundo no es más grande que la Iglesia? ¿Acaso el mundo no vale más que la Iglesia?

¿Por que el señor Valdés la admite sólo en el recinto de la Iglesia y no la admite fuera de allí?
¡Ah!
No queremos ocuparnos de la religión que profesa hoy el señor Valdés, pero no se puede dejar sin una exclamación de amargura ese concepto que hiere tan duramente todo principio de justicia.

Dice él señor Valdés:
"No hay sino una igualdad: la de adorar a Dios, la de recibir sus misericordias. Yo no conozco sino un sitio donde hasta el mendigo más infeliz sea igual al rico y al poderoso: ese sitio único es el templo católico."
La forma de esta expresión, su intención, todo ello es un anacronismo, es un insulto y es una incoherencia imperdonable.

¡Cómo es posible sostener que sólo en el templo, a los ojos de Dios es igual el rico y el pobre! ¿Dónde está esa igualdad?
¡Cómo Dios, la sabiduría y la justicia, el poder y la razón por excelencia, según el señor Valdés, podría considerar iguales al andrajoso y hediondo, ignorante y grosero, con el señor elegante y perfumado, instruido y culto!
¿Cómo podría Dios considerar iguales dos distintos: uno capaz de saber qué es Dios, saber amarle y comprenderle y servirle, y el ser degenerado que no sabría explicar conscientemente qué es Dios, ni servirle, ni amarle, ni comprenderle?
Este cuadro de igualdad que nos presenta el señor Valdés, bajo el templo fundado por Dios, es la más monstruosa ofensa al principio mismo de Dios, al principio de igualdad, de humanidad, de justicia y de amor.
¡Qué cruel es hacer escuela de esas teorías incoherentes! ¡Qué cruel es presentar a Dios como autor de dos vidas: una llena de miserias y dolores, y la otra exuberante de placer y de riquezas!
¡Qué cruel es presentar a Dios fundador y sostenedor de todas las injusticias!
El señor Valdés ha hablado de que los obreros aspiran a un "régimen ilusorio de comunidad".
Si la comunidad es una ilusión, ¿cómo es entonces que la Iglesia Católica vive bajo el régimen de comunidad y ha logrado conservarle a través de dos mil años?
Si la igualdad es irrealizable, ¿cómo es entonces que la Iglesia ha simbolizado el principio de la igualdad cuando dice que "Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza"?
¡Cuántas incoherencias que los sostenedores del actual orden de cosas no son capaces de esclarecer!
Los cristianos han hecho teorías y pensamientos durante dos mil años, y sus prácticas, en general, en el orden moral y material, no corresponden a los pensamientos predicados.

El señor Valdés nos cita el precepto de Jesús que dice:
"Amad a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a vosotros mismos. Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen, orad por los que os persiguen y calumnian."

Y después agrega:
"Deja de ser cristiano quien no ama a sus semejantes, quien no se ocupa con perseverancia en servirlos, quien mira con indiferencia sus desgracias y sus dolores."

El amor al prójimo, el amor a los semejantes predicado non especial afán por el cristianismo durante dos mil años, no ha producido sino resultados ficticios., y lo que es más deplorable, ha conducido a la hipocresía, al fingimiento de que se ama.

Ese amor que se predica no se practica, y no es que no se practique por falta de voluntad o de intención, sino que no se practica porque el régimen en que vivimos no lo permite.

Luego, este pensamiento, esta teoría que es fundamental en la sociedad cristiana no es otra cosa que un hermoso pensamiento muy lejos de la acción.

¿Cómo podrá haber amor verdadero en la acción entre el explotador y el explotado, entre víctima y el victimario, entre el cohechado y el cohechador, entre el vendedor y el comprador, entre el gobernante, y el gobernado, entre el propietario y el arrendatario, entre el patrón y el obrero?

Por mucho empeño que dentro del orden actual se ponga para llevar a la práctica el amor al prójimo, no se conseguirá nada, salvo la hipocresía, la ficción de amor.

El obrero pugna por mejorar su suerte, y este deseo es humano y es justo, pero esta sola Intención del obrero es un atentado a los intereses del patrón y aun a sus ilusiones y a sus esperanzas. Cuando el patrón procura destruir en el obrero todos esos anhelos, no practica el amor ni prójimo. El obrero, aunque lo quiera, no puede sentirse inspirado al amor al prójimo cuando se siente obligado a luchar contra sus patrones, cuando se le obliga a conspirar contra ellos, ¿por qué?, ¿para qué?..., ¡para mejorar su suerte!

La institución del matrimonio en el obrero el nacimiento de un nuevo hijo, la vejez o enfermedad en los padres o deudos, etc., son circunstancias naturales y justas que guían al obrero a luchar por mejorar su condición económica.

La misma lucha, odiosa e inmoral, se establece entre el gobernante y el gobernado, entre el propietario y el arrendatario, entre el vendedor y el comprador.

Cuando el vendedor, asediado por sus ambiciones y sus necesidades, procura vender al más alto precio, usando para ello hasta el fraude y el engaño, no practica el amor al prójimo, ni tampoco lo practica el comprador que pretende comprar con monedas falsas o al fiado con la intención de no pagar.

El propietario que alquila habitaciones inmundas, indignas de gentes, no practica el amor al prójimo con esta acción. El arrendatario que reconoce la explotación de que es víctima y que en venganza daña los intereses del propietario, no practica el amor al prójimo.

En fin, ¿para qué determinar más ejemplos?
Conste que no es el ser humano, individualmente considerado, quien quisiera eximirse de amar al prójimo.

Es la colectividad la que obliga a los individuos a ser así, pero es esa colectividad que existe sosteniendo el actual orden social creado por hombres egoístas, inmorales y corrompidos de otras épocas, y que los herederos de hoy aspiran a conservarle por la fuerza.

Ya veis, mis queridas compañeras y compañeros, como todo esto nos prueba que el señor Valdés equivoca la verdad cuando nos habla de amor al prójimo y de igualdad ante Dios.
Cuando desaparezca este orden social basado en la injusticia, entonces brillará en el cielo de la humanidad redimida el verdadero amor al prójimo que establecerá la igualad sincera y natural.

Mientras exista la desigualdad económica, social, moral, etc., nos demostrará la completa ausencia del amor al prójimo.
Donde exista o se tolere la desigualdad no habrá amor posible.
El amor, el verdadero amor es el sentimiento nivelador de los seres, que los eleva, los engrandece y los hermana.

¡El ser que ama de verdad quiere elevar y engrandecer cuanto más pueda al objeto de su amor!

Cuando dos seres se aman intensamente y con la concepción completa de sus sentimientos, entonces ambos se prodigan la mayor suma de bienes y de atenciones y de cariños. Allí no podrá haber egoísmo y mucho menos desigualdad.
La desigualdad podrá existir a la inversa, el ser que ama podrá considerar superior, si no igual, al objeto de su amor.
Cuando se ama al prójimo, se ama a Dios.
Cuando no se ama al prójimo, no se ama a Dios.
Cuando se finge amar al prójimo se finge amar a Dios.

He probado con mis afirmaciones anteriores que el mundo creyente no ama al prójimo, por la defectuosa organización social que tolera y que consagra; entonces tampoco puede amar a Dios.
¿Qué dirá el señor Valdés ante estas verdades?
¿Se atreverá aún a comparar la vida física con la vida social? Es posible, porque a todo se atreven nuestros burgueses, cuando procuran conservar el estado de ignorancia de las masas.
Si una mujer de la llamada alta sociedad se enamora y ama verdaderamente al cochero de su casa, lo igualará a su persona, se unirá a él y compartirá sus placeres y dolores. ¡Allí habrá igualdad porque habrá amor!

Cuando la sociedad presente contribuya con todos sus esfuerzos a elevar al pueblo por la educación, por la cultura que modifique sus groseros hábitos, cuando desaparezca la servidumbre asalariada y marcada, para dar sitio a la acción del gran pensamiento de que los seres humanos deben servirse mutuamente los unos a los otros, entonces podremos constatar que el amor al prójimo será una verdad.
¡Mientras tanto no!

Se ha constituido en una hipocresía este mandamiento de amar al prójimo por las siguientes razones:
Porque se finge amar. Porque se ama de palabras, sin hechos. Porque la caridad, que no extingue el mal social, y que es con lo que se pretende practicar el amor, es una acción establecida para fingir que se ama.
Hace dos mil años que la caridad cristiana se practica y sólo se ha obtenido con ello el envilecimiento de la especie.
Porque la sociedad creyente se ve obligada a expresar amor y no pudiendo practicar lo finge.
De allí la hipocresía.

Ese amor fraternal que se predica y que es un hermoso pensamiento, no es sino una ilusión destinada a conseguir la mansedumbre de los ignorantes y de los débiles, para someterlos a la conformidad primero y a la inactividad enseguida.

La sociedad burguesa gasta grande empeño, por medio de sus numerosos agentes, en aconsejar, en hacer consentir que es necesario, que el pueblo se resigne con su suerte y acepte con paciencia la situación miserable que le ha tocado en el mundo. Se busca de esta manera obtener la más completa mansedumbre del pueblo, para hacer de él el mas servil sirviente, el explotado más abnegado, la oveja sencilla y mansa que se esquila, que se le desnuda de su vestuario para enriquecer seres que sólo sienten desprecio para sus servidores.

La resignación puede tener dos situaciones:
* La resignación inconsciente, humillante, que hace del ser humano un sirviente idiota, indigno de ser considerado hombre;
* La resignación consciente que, aceptando transitoriamente las leyes establecidas, estudia y lucha por obtener la reforma de esas leyes que son un estorbo para la felicidad popular.
La lucha y la agitación para obtener la reforma de las leyes que estrangulan el bienestar de las clases populares se pueden obtener por tres medios principales, a saber:
* La dedicación al estudio, a la ilustración, a la observación y reflexión de las cosas de la vida, que hace el obrero;
* La actividad política que ejerce el pueblo para obtener representación en los poderes públicos a fin de trabajar desde allí por su mejoramiento, aprovechando además todos los medios posibles;
* La actividad social, la acción del pueblo por medio de sus diferentes organismos, su manifestación como componente de la masa social que tiene derecho a opinar pública y colectivamente.

Pues bien, estos tres medios lícitos y correctos que usa el pueblo son anulados y destruidos por la sociedad burguesa que nos gobiernna, en la siguiente forma:

Frustra el derecho de estudio y cultivo intelectual del trabajador, deparándole un ambiente preñado de vicios y miserias y sobre todo privándole de tiempo para esto cuando le exige una larga jornada de trabajo.

Le priva de su legítima representación política, usurpándosela por medio del cohecho primero, del fraude después, y de la ignorancia que se esfuerza en conservar en general.

Le niega el derecho a su actividad social y no le reconoce como parte pensante de la opinión pública cuando le somete y le esclaviza a su servicio.

Los recientes pasados sucesos de Buenos Aires con motivo del Centenario nos prueban esta afirmación.

Allí la sociedad burguesa ha condenado el derecho de opinión del pueblo. El pueblo ha opinado, en número considerable, medio millón de seres quizás, que no tenía vinculaciones al regocijo burgués con ocasión a la fiesta centenaria. ¡En el hecho era un derecho de opinión, como cualquiera otro!

La prensa chilena se hizo eco de aquello, sostiene que hasta allí no llega el derecho del pueblo y llaman sedición ese acto.
Negándose este derecho, se niega todo derecho a la opinión colectiva del pueblo, y esto es contrario a la razón y a la justicia.
En las democracias es un contrasentido encadenar o restringir esta forma de opinar.

Cuando al pueblo, torpe aún, con demasiada ignorancia todavía, sin una noción completa de lo que es dignidad y responsabilidad, se le coarta por todas partes su acción hacia el bienestar, a ese pueblo entonces se le obliga a entrar en .el camino de los actos ilícitos.

La sociedad que así procede es la única responsable de lo que suceda. Con esto se agrega una prueba más de que la sociedad no practica el amor a sus semejantes; luego, no ama tampoco a Dios.

Volvamos al cauce de nuestra conferencia para finalizar este párrafo relativo a la teoría de la igualdad.

Interesadamente se ha llamado, por la burguesía, "aspiración a la igualdad" el movimiento de los pueblos hacia su perfección y su bienestar, y colocado en este terreno el tema de discusión, se le ha combatido y se le combate hasta creer ver vencido ese sentimiento.

Pero, por un abuso de palabras, es que se habla demasiado de igualdad, más creo que aún es tiempo de colocar los sentimientos del pueblo en el verdadero sitio que les corresponde.
Si vivimos y quizás viviremos siempre dentro de una sociedad organizada en la cual se imponen deberes para todos igualmente —que la fuerza social se encarga de hacer cumplir—, lógico es que a igualdad de deberes exista también igualdad de derechos.

Si a la sombra de esta organización social, a la cual prestan su concurso de grado o por fuerza el total de sus componentes, se han enriquecido los que gobiernan y se han adjudicado este derecho para sí, no se extrañe entonces que los que son víctimas de la explotación que se hace a viva fuerza tengan el derecho de protestar y de pretender reivindicar sus derechos usurpados y de alcanzar una comodidad igual, una felicidad igual a la que disfrutan los que usufructúan del trabajo y del esfuerzo de los trabajadores.

El pueblo no piensa en usurpar goces y riquezas a los poderosos. Lo que el pueblo anhela es llegar a disfrutar del agradable bienestar que enaltece la existencia misma del ser humano y que es signo real, evidente de civilización y de cultura. Y este anhelo nadie tiene derecho a limitarlo.

La burguesía, sin embargo, restringe y limita el anhelo de mejoramiento del pueblo, cuando aumentándole las horas de trabajo no le deja tiempo para coordinar sus pensamientos, ni para educarse, ni para regocijarse. Limita ese anhelo cuando coarta su progreso económico y por este medio impide el desarrollo de la cultura, que es la circunstancia más preciosa del bienestar agradable y cómodo.
Yo creo que donde no hay cultura no puede haber verdadero bienestar.
Mientras la clase gobernante restrinja el desarrollo de la cultura, impedirá a la vez la felicidad a que tiene derecho el pueblo.
En resumen de todo esto, quiere decir que los socialistas no buscamos ni pretendemos, en realidad, la igualdad, como se estima esta palabra en su sentido vulgar.
Conste bien claro, y cuiden de no mistificar las cosas, que no es la igualdad lo que queremos.

Lo que buscamos, lo que queremos es la mayor suma de felicidad, de comodidad, de instrucción, de completo bienestar para cada ser humano, e indudablemente cargamos nuestras afecciones primero para los que más sufren.
Queremos que la felicidad la disfrute cada ser humano, a su propio sabor.

No abusemos, pues, de esta expresión de la Igualdad.

Lo que queremos es que se reconozcan iguales derechos y deberes en todos los individuos.
La aspiración a la felicidad no modifica las numerosas circunstancias que señalan igualdad de condiciones en la vida social, como medio de llegar a la felicidad.

Por fin, repetimos, es a la mayor suma de felicidad hacia donde vamos, cualquiera que sea el nombre que a estos sentimientos se les quiera dar.




III
HACE VOTOS POR EL MEJORAMIENTO DEL
PUEBLO

Veamos cómo el señor Valdés hace sus votos-por el bien del pueblo. He aquí algunas otras sus expresiones:

"Estas agitaciones sociales, tan peligrosa para el pueblo que las promueve como para las clases superiores contra las cuales van dirigidas, requieren un estudio tranquilo con el objeto de conocer su verdadero origen y de prevenirlas mediante la adopción oportuna de aquellas medidas que sean aconsejadas por la justicia, por la cordura. No es prudente cerrar los ojos ante ellas, confiados en que los poderes nacionales disponen de la fuerza armada suficiente para dominarlas cuando estallan. Hay manifiesto error en considerarlas sólo como actos criminales, dignos de represión y castigo. "

"No olvidemos, señores, que el pueblo sufre, que su vida está llena de privaciones y miserias, que carece del cultivo moral e intelectual indispensable para comprender sus deberes y responsabilidades, que el alcoholismo hace estragos en su seno. De este consorcio de la miseria, la ignorancia y. la embriaguez no pueden resultar sino inmensos males. Seamos justicieros, busquemos con espíritu generoso lo que debe buscarse por el bien del pueblo. Tratemos de reunirlo, de darle satisfacciones legítimas, de disminuir su miseria, de apartarlo del error y salvarle del vicio. Tal es nuestro deber de cristianos. "

"Hago votos, señores, porque este Centro de la Juventud Conservadora, donde hay tantas voluntades encaminadas hacia el bien, oriente de preferencia sus trabajos en sentido de las obras sociales necesarias para confortar al pueblo en sus sufrimientos y hacerle sentir que el amor fraternal no es una palabra vana en los corazones cristianos. Vuestra tradición política y vuestro credo religioso os obligan a tomar esta senda. "

"Nos acordamos del pueblo en las épocas electorales; le buscamos entonces y fraternizamos con él no para darle caridad y buenos ejemplos, sino para ofrecerle dinero, para acostumbrarlo a la venalidad y al perjurio. Amargo es decir esto; mas conviene decirlo, porque es verdadero y las culpas deben ser confesadas con valor, si se tiene la voluntad de corregirlas."

No falta hermosura a las frases cuando el señor Valdés habla a la juventud de la necesidad de trabajar por el pueblo. Pero fatalmente nada concreto y positivo se propone. No hay en aquellas expresiones sino la repetición de las cosas ya muchas veces dichas, es decir, palabras que reflejan simplemente una intención de buena voluntad que no pasa de allí.
Es una frase decorativa ya muy en boga entre nuestros políticos.

El pueblo no necesita palabras, quiere hechos, los hechos que tantos años espera.
Y la clase acomodada y rica de este país no tiene tiempo —mucho menos su juventud de ambos sexos— de ocuparse positivamente de obras para el bien material del pueblo.

Una parte de la clase rica —el Partido Conservador—, con fines que no aparecen con la aureola de la moral, según yo pienso, está creando obras en bien del pueblo, pero tienen el defecto del sectarismo, que las hace desagradables. Fuera de esta corporación, las demás, que son más numerosas y más ricas, nada práctico hacen por el pueblo.

Por eso, cuando nosotros notamos la falta de sinceridad en la clase rica, alzamos como bandera y como doctrina el hermoso pensamiento del gran filósofo socialista Carlos Marx, que dice:
"La emancipación del proletariado debe ser la obra propia del mismo proletariado."
Así, pues, proletarios, hombres y mujeres que sufrís, unamos nuestros esfuerzos para instruirnos, porque instruidos tendremos conciencia de las cosas de la vida y porque conscientes tendremos la fuerza moral y material suficiente para realizar nuestras justas aspiraciones: ¡que imperen la justicia y el amor, la verdad y la moral, que es el más firme y el único pedestal de la igualdad ante la majestad inmutable de la naturaleza!



RESUMEN

Quiero resumir en el más breve concepto la intención de la conferencia del señor Valdés y mi refutación.

En cuanto se refiera a buscar el mejoramiento del pueblo y a trabajar por él, ello no pasa de ser sino un medio para detener al pueblo en su marcha conquistadora del verdadero bienestar y hacerlo concebir y vivir de esperanzas que jamás se realizarán.

En nuestra sociedad burguesa, su prensa y sus oradores, como lo vemos, nos hablan constantemente del mejoramiento moral y económico del pueblo, es decir, teorizan, o nos dicen qué piensan sobre este mejoramiento económico.

En un tiempo se pudo creer en estas ofertas o en estos pensamientos; hay todavía quienes esperan sinceramente el cumplimiento de estos propósitos.

Pero igualmente somos ya un buen número los que nos hemos convencido de que ninguno de esos pensamientos pueden llegar a la acción, al hecho, a la realidad, no por falta de voluntad o sinceridad, sino que por inconvenientes superiores a esto: es la forma actual del orden constituido, es la constitución misma de la sociedad presente lo que se opone a la realización y práctica de los pensamientos.
Para convertir en realidad los pensamientos de mejoramiento económico es menester la transformación, la modificación radical del orden en que está establecida la organización social presente. Es decir, habría que modificar las bases de la sociedad capitalista, yendo a la abolición de la propiedad privada en todas sus manifestaciones, o sea al reemplazo del sistema social actual por la organización socialista colectivista.

Decir que se va al mejoramiento por otros caminos, no es sino conducir al error, extraviar el criterio del pueblo, confundirlo, para alejarlo o demorarlo en la conquista de sus reivindicaciones justas, morales y humanas.
La instrucción, la sobriedad, la cultura no salvarán al pueblo de la miseria, le quitarán tan sólo su aspecto grosero y repugnante.
Cualquier peón que alcance un grado así de perfeccionamiento moral, vivirá siempre en el conventillo, escogerá sí uno mejor, vestirá más aseadamente, y las economías hechas por la supresión del vicio sólo habrán suprimido sus andrajos y su mugre, mas no habrán aliviado su real miseria.

He dicho que la instrucción no salvará al pueblo de la miseria. Con esto quiero decir que la instrucción no salvará al pueblo, en el momento presente, de su triste miseria, porque el modo de ser de la actual organización social es el obstáculo más poderoso que se lo impide, pero sí la instrucción, la ilustración, lo conducirán, paso a paso, a formar su conciencia que lo empujará a la transformación social y de allí a su verdadera felicidad y a la felicidad completa de la humanidad.

El ambiente social burgués, fruto de la imperfecta organización actual, ha creado individuos defectuosos y ha formado sociedades defectuosas. Esto hace que hoy aparezca como difícil e imposible realizar el progreso y perfección de la sociedad, en cuyo seno todos sus individuos disfrutasen a sus gustos de todos los placeres y de todas las felicidades, con exquisita cultura y delicada moral. Como he dicho, aparece difícil o imposible, pero no lo es en realidad, porque no es concebible aceptar que la inteligencia y la sabiduría del hombre trasmonten hoy los límites fijados hasta ayer para realizar asombrosos prodigios, como la telegrafía sin hilos, como la navegación por los aires, como los fonógrafos, como las linotipos y como multitud de máquinas inteligentes a las que el hombre por su mano dotó de capacidad, y cuando todo esto va hecho ya, que deja comprender cuanto se podrá hacer todavía, repito, no es concebible que la inteligencia del hombre realice todo eso que acabo de señalar y no pueda realizar su bienestar social, la paz y la felicidad común de todos los hombres.

Esa felicidad tiene que venir, a pesar de cuantas dificultades opongan los egoístas.
Muchos hombres de ciencia se ocupan hoy de crear nuevos medios de felicidad y comodidad que disfrutan los propietarios de la riqueza; pero muchos hombres también, muchos más, se ocupan de crear un tipo de sociedad ideal posible y practicable.

Todos ellos triunfarán; todos ellos vencerán las dificultades que el presente les opone y legarán a las felices generaciones de un porvenir, no tan lejano que creamos, una sociedad perfecta en su organización social, que goce ampliamente los beneficios de esa perfección social juntamente con la perfección de todos los medios de vivir y de gozar.
Los hombres que se desvelan por crear esta sociedad ideal aquí en el mundo, para que todos los seres humanos, por igual, tengan derecho a la felicidad, esos hombres prueban con hechos el amor que sienten por sus semejantes.
Buscar el camino de la felicidad es amar de veras el prójimo.

En cuanto considera el señor Valdés irrealizable la igualdad social a que se aspira, y al esforzarse en probarlo —lo que no consigue—, logrará que la juventud burguesa que le ha escuchado se constituya con más actividad en propagandista de esa teoría hasta producir la completa decepción en el pueblo y alejarlo de toda esperanza de justicia para de ese modo eternizar el reinado del injusto e ilógico estado social actual.

Si las desigualdades físicas o naturales son hermosas y llegan a ser la armonía misma para recreo y solaz de los seres humanos, en cambio .las desigualdades sociales son horribles, espantosas, irritantes y sobre todo injustas e inmorales, porque dañan la vida y usurpan la felicidad de muchos en beneficio de unos pocos.
El pueblo que se resigna a vivir en un estado apático y miserable, se aletarga, se embrutece, vegeta en un estado de semisalvajismo, rodeado de inculturas y de vicios.

Las sociedades civilizadas no pueden ni deben dejar progresar esta situación porque labran la degradación de las generaciones futuras en su más alto grado.

Pero esto que es una imprevisión, es la obra presente de nuestra sociedad actual.
Y la parte más interesante y positiva que busca él señor Valdés es armar a la juventud de una calumnia destinada a desorientar y dividir a los trabajadores. Esa calumnia es ésta: que los agitadores no son sino zánganos y explotadores del pueblo.

¡Qué ofensa más injusta y más sangrienta!
¡Yo me creo un agitador y creo que ese señor Valdés no podría decirme esa ofensa sin ofender a la verdad y a la justicia!
Finalmente ya veis, queridos compañeros, cómo la clase burguesa prepara y constituye su defensa.

Es necesario entonces, si no queremos perecer a su acción, que nos apresuremos en nuestra organización, educación, etc.

Acudid a reforzar las organizaciones obreras, pues sólo allí reside el principio de vuestra futura emancipación.

Acudid a reforzar la obra educativa del pueblo, pues la instrucción, que es la muerte de la ignorancia, es a la vez la vida y el alma de la libertad, de la moral, de la justicia, de la verdad y del amor.

Vamos, pues, hacia la instrucción, que es el faro luminoso de la vida.

* Artículo publicado en rebelion.org por Sindicato Agrosuper y Sindicato Trabajadores Corporación Desarrollo Artístico.