Poemas a Elías Lafertte (por Pablo de Rokha / Edesio Alvarado)

ELEGIA A ELIAS HIJO DEL PUEBLO.
(publicado en “Acero de Invierno”,1961)

Chile es un pabellón acuchillado y trágico que se levanta y
ruge en el recuerdo de Elías Lafertte,
una herramienta pura de carpintero, albañil, zapatero o maestro en tonelerías
buscando tierra adentro con las entrañas rotas el complejo del mundo,
un tambor nacional gritando acongojado en la inmortalidad o un águila
estrellándose.
Todo su pueblo está enlutado a la manera de un atardecer espantoso del cual
emerge la aurora del porvenir humano en función del dolor que arrastra
la semilla de la vida.
Era de piedra y sol como el todo universal,
un héroe al cual nunca vería el heroismo el histrión nacional o el enemigo,
un gran lider marxista-leninista,
profundo y sencillo como un naranjo de los antepasados,
chileno como los peumos del Sur,
como un obrero de la Pampa de la cual venía, austero, paternal, severo como su Partido,
y a cuya colosal sombra humana, como de patagua o boldo heroico
el proletario y el campesino dormían.
¿Un romántico idealista?. No, un dialéctico materialista exacto,
un capitán incorruptible, un soldado y un guerrero de la paz y la
libertad, un soldado y un marino de navegaciones épicas,
flagelado y baleado por la reacción imperialista o acuchillado por la espalda,
herido por krumiros y verdugos,
y una gran bandera de las masas, jamás el patriarca social que la
canalla ensangrentada erige como un santo de sus iglesias
en el sentido de disminuirlo,
porque su concepto de llamas, rompiendo cadenas y mentiras
enarbolaba un látigo de altas y anchas correas contra la miseria y los
explotadores de la miseria.
Es bastante difícil al alma humana el entendimiento de ese diamante rojo y terrible de su espíritu simple y complejo
libre y tremendo o como cargado de frutas y legumbres, de pan nacional, del misterio de los lagares; lo compararon a una laguna y fue un mar colosal, o tranquilo o furioso;
porque la problemática nacional-internacional la traía adentro;
loa tigres dijeron: “un tigre”, y “ un cordero” los corderos,
y los payasos ensangrentados lo empequeñecieron poniéndole a su
altura, es decir, a la altura de su bajeza, porque el hombre héroe comprendia todas las formas de la Humanidad y es uno solo; por eso aquellos que lo miraron
con ingenuo ojo de idiota,no lo miraron, se miraron, empinandose,
confundiendo la estrategia revolucionaria,
con la persona total del líder acorazado en el terrible orgullo del humilde.
Lo amaron los desamparados, los ateridos, los polvorosos,
los excluidos hijastros del rigor y del dolor popular,
el peón con la patada del patrón a la espalda y la patada
del estado capitalista y la patada del imperialismo, o acumulando
todas las patadas del Régimen
y los obreros organizados de la gran industria “americana”
de la República, los trabajadores intelectuales, el proletariado que
dirige y el campesinado que insurge con rasgos
épicos y él “lumpen” terrible, apolillado como los andrajos, la madre obrera,
el viejo y el niño de Chile.
Eficaz como el pan sudado con olor humano a todo lo
largo y lo ancho de los milenios,
un ciprés tronador lo acuñó en la lucha clasista;
Luis Emilio Recabarren; ni dogmático, ni fanático, era la presencia vital su ejecutoria,
doctrina e ideología lo hicieron tierno y fiero simultáneamente;
claro como canto nacional, el huracán y las tormentas
rugieron sus ocanías y en su corazón puro balaban las ovejas,
cantaban las calandrias; nunca y nada fue más terrible que la miel ardiendo
y Elías era la fuerza tremenda que se traduce en dúctil política
entrañablemente histórica “genio del pueblo”, genio del hecho, genio del verbo exacto,
multitudinario, logrado como arado en la gran sementera de la lucha de clases,
de la lucha de clases rajando por adentro la granada de la sociedad futura.

Pablo de Rokha


EDESIO ALVARADO (1926)

Poema para Elías Lafertte

I

Cogí su vieja, su querida, su paterna mano.
Aquella mano que era de él y nuestra; de tantos y de todos.
Aquella mano de los que un día conquistaron la luz
y de cuantos mañana la harán suya con el pan o el amor.
Cogí esa mano que había saludado a la soledad salar.
Que había picado la entraña sorprendida de Tarapacá.
Que había buscado, debajo de la sangre y encima de la muerte,
la vida, la vida entera de los hombres baleados; la vida
de aquel hermano surto en la ola que arrojaba cadáveres
desde la Escuela Santa María, el día de la furia,
cuando Elías, el joven, estrechara la otra, la invasora
mano de Recabarren, y con ella se fuera para siempre,
desierto abajo, obrero adentro, pueblo arriba,
parando tipos; comiendo pan amargo; remendando esperanzas;
abriendo rápido, impacientemente, la mañana, las casas;
creando así el origen de otra vida, la nueva,
la que nacía necesariamente de lo muerto, la vida
que luego fue la nuestra, y que a su vez, un día
que ya no espera, un día de estos, quizás la otra semana,
será la vida de los hombres libres, la victoriosa vida,
que renace de todo, la muerte, las catástrofes,
y hace saltar la Historia piafando al infinito
como una hermosa yegua preñada entre relámpagos.

Cogí esa mano, digo, aquella mano
que así empuñara el martillo demoledor y constructor.
Que así blandiera la hoz de las venganzas y las vírgenes siembras.
Que así tejiera la bandera roja entre las rojas, la empapada
por la sangre recogida en las plazas sin piedad, o allá abajo,
en las investiduras de los piques, sobre la dinamita;
o bien, disuelta en el grisú; o rescatada por la noche
de la puerta de un sindicato, del fondo de una cárcel;
o crucificada en el desfile de la gran ciudad,
cuando la cólera rompe el abdomen de un metalúrgico,
los senos de una muchacha, las várices de un viejo.
O bien, es otra sangre; la tan callada, la escondida allá
la quitada de bulla, la morena, la conocida sólo
cuando un carabinero mata a un peón a culatazos,
o un capataz borracho descarga su escopeta
contra las ojotas de un inquilino; entonces
toda esa sangre clama por las quebradas, desentierra
otra de las antiguas lanzas, endurece otros árboles,
gana napas más hondas, salta cercos, se viene
dale que dale por la huella; y un día, un día cualquiera,
llena de barro y aserrín, muy de manta, entra al pueblo
y se une a la pelea de la hermana, la amada,
la inseparable, la mayor, la abanderada sangre.
Cogí, repito, aquella mano
que así tejió la sangre de los hombres. Olor a chirimoyas,
las más antiguas de Salamanca; aire de mar nortino;
la huella de un combito de luma, de esas lumas del Sur;
algún viejo y plateado fulgor de Huantajaya;
uno de otro rasguño de las piedras andinas;
el rastro de sueño juvenil perdido en Collahuasi
o en la Oficina San Lorenzo; un aire filarmónico,
todo ello sobrevivía en esa mano suya. Pero el tiempo
se iba llevando a Elías, en tanto que a su lado,
María Carvajal preparaba inyecciones, y allá afuera,
se venía la muerte en lo interior de aquel crepúsculo.

II

Yo conozco a la muerte. En las casonas trémulas del Sur,
allá en la infancia, islas abajo; por la costa, cuando
una ola devuelve a un ahogado lleno de caracoles;
al pie de un viejo alerce, cuando un hacha alcanza una cadera;
bajo un muelle, en la noche, o en la mampara de un prostíbulo,
después de que el vino afila los cuchillos; un tío
que quedó lengua afuera de pura soledad; mi propio padre tibio;
cadáveres que aventó un cataclismo, fusilados al alba,
y más, y muchos muertos más bajo y sobre los mármoles,
o mordiendo el asfalto, más de un sueño, la rabiosa esperanza.
Pero ese lunes trece de febrero, la muerte
no era el vacío tan habitual; más bien era una réplica,
una fibra de la existencia que tiraba y tiraba,
y encadenaba cosas y palabras que seguían viviendo
como la propia y diaria y tenacísima voluntad de Elías.
Un río creció por la ciudad. “Lafertte ha muerto”
fueron diciendo el llanto, la noche, la lucha, la memoria,
la linotipia, el aire de los barrios. Y cuando vino el día
no era la muerte ya. Los camaradas, las banderas, las calles,
el Pueblo viejo y joven, las mujeres, el peso del verano
contemplaron a Elías tan tranquilo, tan sólido, tan hondo,
como si hubiese sido el tiempo mismo, el pozo de los años,
en cuyo fondo hubieran contemplado el ayer y el mañana,
el paso de aquella muerte y lo que persiste, el hombre,
sus padres, ellos mismos, los hijos, todos los vivientes
que en adelante poblarán las tierras y las aguas,
el vacío, la luz, la magnitud del universo.

III

Elías, quieto al fin. Así están quietos los alerces viejos,
clavados en la edad de la montaña, donde nadie
podría derribarlos. Así duermen, con su estatura al viento,
después que año por año, sol por sol, bajo los temporales,
aventaron al aire las semillas de las nuevas maderas.
Elías, silencioso. Así de silenciosos permanecen
los cascos de los barcos vencedores de la sal y el océano,
luego de almacenar tantas esperanzas; de ir y venir
enseñando a los hombres a domarlo todo, el horizonte,
el mar desconocido, la soledad, la furia, la agonía.
Así dormía Elías. El había aventado su semilla.
Así encallaba al fin, luego de haber andado por los hombres
enseñando a vencer y a conquistar. Así, aquel día,
le contemplaban los que fueron a recoger su muerte
para vivir más poderosamente. Yo estaba allí, muy cerca
de esa frente ceñida de eternidad; muy cerca
de esos pocos cabellos que le dejara el vendaval; tan cerca
de aquellos párpados vaciados ya en la Historia, que podía
oír al tiempo respirar en él. Y en tanto el Pueblo
iba y venía con coronas, puños en alto, lágrimas,
diciendo “Elías, camarada, seguiremos tu ejemplo”,
yo veía esa frente, ese blanco fulgor de sus cabellos,
esa boca sin tregua, sus meridianos párpados,
bajar de Iquique al filo de las luchas; despertar
bajo la aurora blanca de Calama; saludar el mar
desde un reseco lanchón de Chañaral; anochecer debajo
del cielo humilde de Combarbalá; salir de madrugada
a un desfile en Valparaíso; partir para Santiago
por un asunto del Comité Central; subir a Caletones:
puntear una guitarra en Licantén; buscar en Chanco
a un compañero campesino; y descansar apenas
para salir a Lota en plena huelga; y de ahí, en lo posible,
partir al otro día a Lonquimay, porque un amigo,
viejo y regio mapuche requería de una palabra nueva;
y ya una vez allí, sin aflojarle un pelo, darle, darle,
hasta alcanzar a Puerto Montt, y entonces, navegar
la latitud del choro y la miseria, las islas azotadas,
la sarna del chilote más pobre; y aún, darle el aliento
para subir al Alto Aysén; y terminar abajo, allá
donde la Tierra del Fuego se apaga, y el último ovejero
toma su frenético mate de aguardiente y de pólvora.

Porque de Norte a Sur, y a todo lo ancho de la vida,
y a todo lo vasto de la batalla, de la retirada y la victoria,
Elías, nuestro Elías era así. Y aún habría hecho mucho
que decir y contar; rememorar, al menos, sus dolores;
a la canalla del terror, las cárceles abiertas
para enterrar su voz; los intendentes que hacían darle duro
a ver si sus huelgas de hambre terminaban, y nada.
Tanta flagelación; la lejanía espesa de las islas,
Pascua con su ola extrema de soledad; Más Afuera y su viento
más cortante que el odio; Calbuco con su invierno más largo
que la esperanza de los pobres; y todo no era sino
un rojo día en su bandera, un camarada nuevo
que llegaba al Partido gracias a él, a aquella su manera
de hacer entender que no hay otro camino; aquella lógica
nacida de las cosas que eran su propio corazón.

IV

Elías, nuestro Elías era así. Por eso es que la muerte
no se la pudo con él; y cuando bajo la ráfaga estival,
regresó entre los cantos al origen, el martillo y la hoz
que entrecruzara allá, en el despertar del metal y el combate,
se habían multiplicado en lo alto de las manos; su voz
era un bien colectivo, una heredad común; y su consigna
volvía a él repleta de juventud, diciéndole
“Aunque Elías se haya ido queda vivo en el Partido”.
Los suyos entretanto, como si un viaje más hubiese sido
hablábanle a su lado largamente, rodeábanle, contábanle
“Te venimos a despedir para ir a combatir”.
Y era de ver cómo el amor, más que el dolor, crecía.
Y era de comprender cómo la vida al fin persistiría
por sobre la tristeza, más válida que ayer, en las canciones,
los estandartes púrpuras del Pueblo, la mano dirigente
del camarada Corvalán. Y entonces uno, ciertamente,
podía recordar que Recabarren un día le dijera
que si se trataba de morir, peleando se muriera.
Y así no más pasó con nuestro Elías. Su sangre campeadora
salió a pelear apenas la enterraron. Se vino con nosotros
calle abajo de nuevo, obrero adentro, pueblo arriba.
Y ahí la tienen ustedes, el día entero y para siempre,
en la sangre sonora de los hombres, en la sangre ecuménica
de todos los combatientes de la tierra. La sangre
que se hará pan y canto, despertar de universos y planetas,
porque es la sangre medular, la sangre madre y la heredera
de aquella sangre heroica y popular, la propia sangre suya,
con que Elías tejiera la más roja de todas las banderas.

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