Literatura:La verdad sobre la cigarra y la hormiga, El rey sordo y el Cuento no contado.( Héctor Zabala)

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EL CUENTO NO CONTADO
Héctor Zabala ©

Muchos siglos antes de Gutenberg, un cuentista quiso editar un cuento jamás contado. Como pronto lo olvidó, propuso a los copistas dejar dos páginas libres hasta que el recuerdo volviera a su mente.
Fue mi abuela quien me contó el cuento no contado por el cuentista cuando yo cumplía cinco años. Lo recordó al ver, en aquel vetusto libro de cuentos, esas dos extrañas páginas en blanco.

EL REY SORDO
Héctor Zabala ©

En cierto país gobernaba un rey sordo. Sufría sordera del oído izquierdo. Del derecho también, aunque no tan absoluta. De ahí que usara un cornetín que aplicaba a su oreja izquierda. Era inútil, pero Su Majestad bonachonamente se empeñaba en usarlo porque así lo exigía el Protocolo creado por él mismo.
Ante cualquier petición desde el lado oeste (el trono miraba hacia el norte), Su Majestad apuntaba el cornetín hacia su interlocutor. Escuchaba —o mejor dicho, no escuchaba— un buen rato, para luego despedir al peticionante. En tono amable, aclaraba no satisfacer nada de lo peticionado por no entender palabra alguna sobre la petición.
Desde el lado oriental del trono también le peticionaban y por ahí hasta tenían más suerte. No tanto porque ese particular oído mayestático escuchara apenas ruidos confusos, sino porque a Su Majestad le caían más simpáticas las sonrisas de aquel lado.
Cierto día apareció un extranjero, un sabio eminente que acababa con cualquier sordera regia y no regia en un par de días. Llegado ante el trono, el forastero desplegó un cartel donde con claridad proponía la cura completa.
El murmullo llenó la Gran Sala Mayestática, en realidad todo el país. Recurrir a la escritura ante Su Majestad estaba prohibido por el Protocolo. Mas, como se trataba de un extranjero ajeno a las normas y con buenas intenciones, amén de ciudadano de un imperio poderoso, la osadía era perdonable.
La operación de oídos sería simple, sin riesgos y efectiva. El rey sordo meditó un largo rato, miró a sus ministros, después les hizo un guiño casi imperceptible. Los ministros transmitieron en tono confidencial al buen sabio que Su Majestad rehusaba quitarse la sordera por razones de Estado.
El sabio volvió perplejo a su país. A los pocos días recibió un pliego que lo declaraba Súbdito Benemérito de Su Majestad con derecho a pensión vitalicia. Firmaban el pliego —escrito en letras de oro— el rey sordo y todos sus ministros. El Protocolo así lo exigía.

LA VERDAD SOBRE LA CIGARRA Y LA HORMIGA
Héctor Zabala ©
[...] no descendí al lodazal cubierto de vicios a fin de revolverlo.
Me limité más bien a examinar ridiculeces en vez de torpezas [...]
Erasmo de Rótterdam, Carta a Tomás Moro

Te diré como fue, hija mía. Te lo diré porque vas a escuchar esa odiosa versión que anda en el aire. Sí, esa versión sobre nuestra supuesta tátara-tatarabuela que en un invierno helado habría muerto de inanición, allá, en la antigua Hélade.
Porque esa tátara-tarabuela o nunca existió o bien nunca murió de hambre. Pues ninguna de nosotras, las cigarras, alcanza el invierno una vez adulta, como pronto sabrás cuando te pongas vieja como yo y veas decaer el estío.
Todo eso es mentira, ninfa mía. Y si no crees a tu madre, entonces pregunta a esos sabihondos cómo es que aún existimos. Pregunta cómo puede ser que solo haya sucumbido nuestra vieja abuela y pregunta qué pasó con sus miles de hermanas que también le cantaban al verano y tampoco laboraban.
Porque eso de que nos pasamos solfeando todo el tiempo no deja de ser una charlatanería interesada, barata. Un embuste vulgar de los animales con ropa, que pretenden proyectar en nosotras sus propios vicios, sus propias miserias.
Porque los hombres no son de los más industriosos que digamos, ninfa mía. Bien sabemos que hacen sus siestas, organizan sus huelgas, se toman sus vacaciones, decretan sus feriados. Y, por si fuera poco, tienen sus fiestas de guardar y sus asuetos y sus cumpleaños y sus borracheras y sus partes de enfermo. Y que no conformes aún, esclavizan noche y día a miles de animales laboriosos mientras ellos descansan a pierna suelta. Todo eso para aplicarse a sí mismos, con rigurosidad de matemático, la ley del menor esfuerzo, que ¡oh, paradoja! tanto vituperan desde lo alto de púlpitos y cátedras.
Porque, como te darás cuenta, esa culpa recurrente ha ido creando en los humanos el complejo del haragán. Culpa que subliman, en su mezquindad manifiesta, tratándonos de holgazanas a nosotras, las cigarras, a fin de que nadie repare en ellos, en sus defectos, en sus antinomias.
Porque hay quienes afirman que este infundio se viene diciendo desde los tiempos de Esopo. Pero yo —que he averiguado— descubrí que ese venerable intelectual, si bien tuvo algo que ver con la trama, jamás se habría metido con nosotras, las cigarras. Según me contaron, fue al escarabajo a quien colgó el sambenito de vago y mal entretenido en el contrapunto con la hormiga.
Pero hay más. Debo confesarte consternada que la especie se difundió también en el mundo de los sin ropa. Y por causa de las hormigas ocurrió. Porque estas, aunque buenas chicas, jamás pudieron superar su complejo de esclavas, aun cuando sus reinas no se comporten como déspotas y solo sirvan para poner huevos, huevos y más huevos.
Porque tampoco es cierto que la hormiga, esa supuesta mártir del trabajo, se haya recogido en sus abrigados laberintos y le cerrara la puerta y sus graneros a nuestra supuesta antepasada. Porque, amén de lo dudoso de que nuestra abuela pudiese soportar los primeros fríos del otoño, ¿cuándo viste un hormiguero con puerta o puente levadizo? ¿Y desde cuándo nos gusta tanto la cebada y el trigo a las cigarras?, ¿o acaso no nos ven siempre allá arriba en los árboles? Además, ¿no te suena sospechoso que los hombres dejaran recoger a la hormiga esos granos dorados sin intentar nada en su contra?
Porque si te quedan dudas de mis palabras, pronto verás que las realmente abrigadas y protegidas hemos sido siempre nosotras, las cigarras. Sí, dentro de nuestros pañales de invierno, junto a las raíces de cualquier árbol que nos brinde comida y cobijo, como quizás ya mismo vislumbres en tu cuerpito de ninfa.
Porque además oirás a las hormigas —como las he oído yo— salir a la intemperie. Moviendo y removiendo sus antenas en busca del magro alimento aun durante la época que deberían resguardarse del frío, según reza la leyenda. Y esto porque sus almacenes jamás están llenos, tal como ellas y los humanos pretenden en su engaño a medio mundo.
Estoy indignada, sí, y con razón. Porque las cosas hay que contarlas como en realidad sucedieron. De lo contrario, cualquiera podría afirmar que esto es una fábula y no una historia.
Mas si humanos y hormigas pretenden seguir narrando sus fábulas, allá ellos. No es tu negocio seguirlos. Nosotras, las cigarras, hemos transmitido la verdad generación tras generación, tal como espero seguirá haciendo la tuya, oh, ninfa de mi alma.

El autor:
Narrador y ensayista argentino (Villa Ballester, 1946). Reside en la ciudad de Buenos Aires.
Varios premios y distinciones en narrativa corta. Unas noventa páginas web y revistas literarias han editado obras o artículos de su autoría.
Director de la revista literaria Realidades y Ficciones así como del Suplemento respectivo, ex redactor de Revista SESAM, contador público nacional (UBA), maestro internacional de ajedrez (ICCF).
Ha publicado tres libros de cuentos:
Rollos sacrílegos (eBook Argentino, ISBN 978-987-648-151-9),
Unos cuantos cuentos (eBook Argentino, ISBN 978-987-648-149-6),
El trotalibros y algunos mitos (eBook Argentino, ISBN 978-987-648-152-6),
y una obra teatral en colaboración con Diana Decunto y Alicia Zabala: Diván en crisis (eBook Argentino, ISBN 978-987-648-150-2).
Ver: https://www.amazon.com/s/ref=nb_sb_noss?url=search-alias%3Ddigital-text&...
Tiene varios libros de cuentos en preparación.

zab_he@hotmail.com
http://hector-zabala.blogspot.com/

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