Literatura: Cambios de Rumbo (de Eliseo Cañulef Martínez)

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Eliseo Cañulef Martínez

Sospeché que mi retorno se pondría movedizo cuando un rumor de otro mundo se me vino encima con todo el peso de su incertidumbre a las cinco de la tarde. Así que abandoné el recinto de la universidad en la Avenida Alemania con todos los sentidos en alerta. Satisfecho de la buena acogida de los asistentes a mi charla inicié el regreso a Osorno de inmediato, para evitar los inconvenientes de la conducción nocturna, y acababa de poner el motor del auto en marcha cuando una joven, a quien reconocí como una de las asistentes a la charla, se acercó para pedirme que la llevara pues iba con rumbo a la Patagonia.
—Bueno, pero te dejaría en Osorno porque de ahí sigo a mi casa que queda en la montaña, a dos leguas de donde el diablo perdió el poncho.
—Jajajaja. No importa, me sirve igual.
Estaba abrochándose el cinturón de seguridad cuando su celular comenzó a sonar, lo sacó de la cartera y cortó la llamada sin contestar mientras yo iniciaba la marcha. El tráfico fluido en Avenida Alemania se volvió tan denso en Caupolicán, la arteria principal de la ciudad de Temuco, que sólo para llegar al puente que cruza el río Cautín nos demoramos veinte minutos. Durante ese lapso mi atractiva pasajera ignoró varias llamadas a su celular, como la primera vez. La noté contrariada cuando pasábamos frente a la cabina de peaje, así que para distenderla un poco inicié la conversación.
—¿A qué parte de la Patagonia vas?
—No lo sé todavía, todo depende de lo que pase durante el viaje. Usted parece que no se acuerda de mí, pero yo si lo conozco.
—¿Ah sí? ¿y dónde me conociste?
—En la universidad, mientras estudiaba psicología, usted dictó varias charlas a las que asistí. Además hace tiempo que lo investigo por internet.
—Entonces fuiste mi alumna ocasional.
—Sí, y gracias a eso me interesé en la actualidad mapuche, mi tesis de grado versó sobre líderes e intelectuales mapuches contemporáneos.
—Debe hacer mucho tiempo de eso porque no logro recordarte. Yo dejé la universidad hace tres años.
—Yo lamenté que se fuera. Me gustaba espiarlo por la ventana de su oficina cada vez que íbamos con mis compañeras al Centro de Documentación —dijo sonriendo, amistosa y divertida.
Le devolví la sonrisa para agradecerle el piropo.
—¿Y por qué el seguimiento por Internet?
—Hace dos años me llamaron de la Fundación Emprendimiento, para hacer un catastro y un perfil de líderes e intelectuales mapuches, y luego hacerles un seguimiento a través de las redes sociales. Usted fue uno de ellos, así que lo conozco bien —rió—. He podido acceder incluso a sus actualizaciones de estado en feisbuc sin estar agregada a su red.
—¿Y cuál es el propósito del catastro?
—Me dijeron que serviría para un programa de desarrollo mapuche que estaba diseñando el gobierno, las personas detectadas y caracterizadas por mi estudio serían llamadas a trabajar en él. Pero hace unos seis meses descubrí por casualidad que la Fundación en realidad está ejecutando un plan de colonización sionista de toda la zona austral, que considera el desplazamiento, e incluso el exterminio mapuche en este territorio. Para eso usarán mi trabajo, le juro que no lo podía creer cuando lo descubrí.
Habíamos dejado atrás Pitrufquén, el calor de infierno de principios de la tarde se había diluido y el frescor del viento sur iba volviendo tibio todo el ámbito de la carretera despejada y de tráfico fluido. El viejo Nissan avanzaba con ímpetus de auto de carrera, casi volaba a ratos, y sospeché que en eso algo tenía que ver el modo de mirar de la hermosa pasajera que llevaba adentro.
—Estoy de acuerdo con que existe un plan de exterminio mapuche desde los tiempos de la conquista —le dije.
—Es que ahora se trata de algo peor, con medios modernos, difíciles de eludir o de contrarrestar. Planean desbaratar hasta la última resistencia mapuche para apropiarse de las tierras que les van quedando, utilizando medios legales e incluso criminales para neutralizar a líderes e intelectuales como usted —dijo afligida, casi sin voz, y agregó—, la ley antidisturbios, que será el instrumento principal para el despojo, se está tramitando en el Congreso.
Una nueva llamada al celular la interrumpió.
—Noto que esas llamadas te incomodan ¿Por qué no contestas?
—No puedo hacerlo —dijo y se puso a llorar.
Disminuí la velocidad y estacioné el auto en la berma, a dos cuadras de la cruz de concreto que le imprime a la entrada norte de Gorbea el aspecto tétrico de un cementerio. Salí del auto para fumar un cigarrillo y esperar que se calmara. El humo del incendio forestal había vuelto ceniciento el color del cielo sobre la zona de Carahue. Al rato ella salió también y se puso a fumar a mi lado.
—Quiero pedirle perdón —dijo sin mirarme—. La verdad es que voy huyendo. Los de la Fundación averiguaron que descubrí su plan, sus guardias de seguridad me venían siguiendo y los evadí en el tumulto del hospital, luego me escabullí y logré entrar a su charla sin que me vieran. Están marcando mi número por si contesto y ubicarme rastreando la llamada.
La mala noticia me dejó el mundo torcido en una fracción de parpadeo. El más placentero regreso y en la mejor compañía que estaba teniendo se me diluyó en el aire, como un reguero de niebla, por una amenaza ajena que no acababa de comprender. Ella notó mi contrariedad.
—Si me deja aquí sola, lo entenderé —dijo con desaliento.
Abandonarla después de saberla perseguida no era una opción, así que entramos a Gorbea para evaluar la emergencia con más tranquilidad. En un restorán pequeño que encontramos inicié un interrogatorio frenético, para ver si encontraba el modo de ayudarla a salir de la encerrona malvada que la estaba haciendo llorar.
—Bueno, empecemos, ¿cómo te llamas?
—Prefiero que no sepa mi nombre, por su seguridad y la mía —dijo acomodando su asiento para tener en su campo de visión la entrada del recinto—, pero puede llamarme Amanda.
—De acuerdo. Describe el plan siniestro del que me estabas hablando.
—Se denomina Plan Andinia, consiste en copar toda la zona sur con colonos judíos, que usarán de entrada el mismo discurso conservacionista de Douglas Tomkins, pero que luego desarrollarán proyectos en minería, centrales hidroeléctricas, salmoneras, plantaciones forestales y otros rubros. Aunque su verdadero interés es controlar el territorio y las reservas de agua que pronto serán más valiosas que el oro.
—¿Y cómo piensan hacerse de las tierras?
—Comprándolas baratas, arrasando los bosques con fuego para bajar los precios, amedrentando a los campesinos con matones a sueldo, encarcelando a quienes se opongan mediante la ley antiterrorista junto con la ley antidisturbios que se está tramitando en el Congreso, y asesinando a líderes e intelectuales.
—¿Y quién o quienes lo están llevando a cabo?
—Un conglomerado sionista internacional —mirando alrededor y bajando la voz agregó—, son de varias nacionalidades, todos de ascendencia judía que trabajan en altas esferas del gobierno del país al que pertenecen.
—¿Son dirigidos por alguna agencia norteamericana?
—No. Es por un comité internacional de miembros. El Plan Andinia no es nuevo, desde mediados del siglo pasado que intenta copar la Patagonia, tanto del lado de Chile como de Argentina, para fundar la Nueva Palestina. Ha sido reactivado en la última década como parte del nuevo orden mundial que quiere imponer el Club Bilderberg.

—Ese nuevo orden que, según Rockefeller, sólo necesita de una guerra o de una crisis mundial generalizada para ser implantado.
—Es cierto. En tiempos de crisis la gente acepta lo que sea —concedió Amanda mirando fijo la entrada, bebió un sorbo de café, encendió un cigarrillo y después de una aspirada profunda agregó—. Estados Unidos adoptó el Acta Patriota después del atentado a las torres gemelas, la utiliza el gobierno para perseguir a disidentes políticos a quienes les cuelga el mote de terroristas.
—Muchos tenemos la sospecha de que ese fue un auto-atentado, para que la sociedad norteamericana aceptara restricciones a las libertades individuales.
—Hay muchos indicios que avalan esa tesis, se sabrá con certeza cuando Washington desclasifique los informes reservados.
—¿Qué otro país tiene una ley similar en el continente?
—Argentina y Paraguay ya adoptaron leyes como la que se está discutiendo acá, cuyo articulado elaboró un grupo de abogados republicanos en Washington, de acuerdo a las pautas del Acta Patriota.
—Así como el atentado propició el Acta Patriota —reflexioné—, la conmoción de los incendios podrían estar haciendo lo mismo por la ley antidisturbios que se tramita en la Cámara de Diputados.
—Así es. Y, como ya dije, los incendios también sirven para bajar el precio de las tierras y para inculpar de terrorismo y encarcelar a líderes mapuches.
—El incendio de Carahue lleva ya seis brigadistas muertos y cuatro desaparecidos. Ojalá que no los hayan matado para aumentar la conmoción.
—Eso sería demasiado, aunque tampoco se puede descartar. Lo cierto es que el Ministro del Interior acaba de culpar a la Coordinadora Arauco-Malleco del incendio en Carahue y de la quema de un bus y de un vehículo policial durante la marcha por la muerte de Matías Catrileo en Santiago. Anunció querellas por ley antiterrorista y ordenó revocar la autorización a un corresponsal extranjero para entrevistar a dos de sus líderes presos en Concepción.
—Los vehículos fueron quemados después que terminó la marcha. Lo sé porque estuve en ella, Matías era alumno de la universidad y yo uno de sus profesores, así que la bala del paco que lo mató a traición también nos lastimó.
—Es parte del plan, como he dicho —remarcó Amanda—.Los que quemaron el bus y la moto en Santiago son del comando Trizano, un grupo de fanáticos de derecha financiado por la Fundación Emprendimiento. Y lo hicieron con la intención deliberada de culpar a los mapuches.
—No me sorprende, sospechaba que esa banda de malhechores está detrás de los atentados incendiarios en la región.
—No sólo actúan en Araucanía. La mayoría de los desmanes en las manifestaciones de Santiago, Valparaíso y Concepción han sido cometidos por ellos, junto con carabineros infiltrados y lumpen, para crear la sensación de que todas las marchas son perjudiciales y la gente termine pidiendo endurecer la represión, como lo pretende hacer el proyecto de ley antidisturbios.
—Muchas libertades y derechos ciudadanos conculcaría una ley como esa.
—De eso se trata, así los dueños del dinero y del poder hacen y deshacen a su antojo. Es lo que se necesita para que el Plan Andinia pueda ser posible.

Interrumpió la conversación una llamada que Amanda recibió de la amiga con quién compartía la casa que arrendaba, mediante una clave acordada con anterioridad la ponía sobre aviso de que los guardias armados de la Fundación Emprendimiento la estaban esperando en su casa.
—¡La obligaron a llamar para rastrear mi ubicación! —exclamó—. ¡Hay que irse ya!
Abandonamos la cafetería de inmediato. Amanda dejó caer en un basurero de la calle su celular. Mientras íbamos hacia el auto, estacionado a pocas cuadras del restorán, avanzamos con los sentidos en alerta máxima, observando todo lo que se moviera en las calles angostas del pueblo. Apenas estuve tras el volante salí de Gorbea acelerando más rápido de lo permitido por la ley y en la carretera conduje a 150 kilómetros por hora, lo máximo que podía dar el viejo Nissan V16. Para tener una mejor idea de los riesgos que enfrentábamos le pedí a mi compañera de fuga que continuara su relación sobre el plan malvado que nos iba echando a perder el viaje.
—Es fundamental para el plan Andinia la aplicación de la ley antiterrorista según los parámetros del Acta Patriota —aseguró—, por eso se inició esta semana un curso para perfeccionar a Fiscales y Policías en Investigaciones Complejas y Terrorismo.
—Me enteré de eso. Al gobierno no le ha ido muy bien imputando a los mapuches de terrorismo, la mayoría de las veces los tribunales determinan que son inocentes.
—Al plan le interesa que más montajes judiciales en contra de los mapuches terminen en condenas, ese es el objetivo que persigue la capacitación de fiscales y policías —aseguró Amanda.
—¿Tu viaje a la Patagonia es para indagar algo relacionado con Andinia?
—Sí. Entre otras cosas, para averiguar si el incendio en Torres del Paine fue una acción encubierta de militares israelíes, como lo asegura un ex oficial del ejército que fue dado de baja por hacer la denuncia.
—Un senador de la región denunció lo mismo hace tiempo.
—Y quiero saber quiénes compraron las tierras arrasadas y a qué precio.
—Podrían ser miembros del plan Andinia o algunos de sus testaferros.
—Es lo que creo. Además el ex oficial deja entrever que podría haber implicancia o complicidad de militares chilenos de alto rango. Sobre todo cuando enfatiza que un soldado sin honor es un simple mercenario del poder del dinero. Ese es un mensaje directo a quienes lo dieron de baja.

Pasamos por el peaje de Lanco cuando comenzaba a oscurecer y lamenté no poder comprar tortillas de rescoldo en los hornitos, como en los viajes anteriores. Amanda llamó desde mi celular a su compañera y pudo averiguar que los guardias armados abandonaron su casa después de obtener su ubicación mediante el rastreo de la llamada y se llevaron el disco duro de su computador tras un registro inmisericorde de todas sus pertenencias.
El tráfico se volvió más lento cuando pasamos frente a la entrada de la empresa maderera que mató a los cisnes de cuello negro con sus descargas de ponzoña en el río Cruces. Ambas pistas de la carretera repletas de vehículos circulando a baja velocidad. Más adelante una barrera reflectante y dos policías desviavan la circulación hacia la pista izquierda. Encendí la radio en el momento en que informaba de un atentado incendiario a dos camiones madereros, en las inmediaciones del cruce de acceso a San José de la Mariquina.
—Fueron los trizanos —aseguró Amanda—. Y seguro que algunos deben estar con los carabineros simulando ser testigos. Los guardias de la Fundación deben estar cerca esperándonos, mejor salga de la carretera.
Salí a la berma y detuve el auto. Amanda tiritaba cuando se cambió al asiento trasero para recostarse y cubrirse con la manta que siempre llevo en el auto. Perseguido de cerca por la amenaza invisible de los malvados, no supe en qué momento la noche sin luna se me vino encima con su pesadumbre de tinieblas. A un parpadeo de la desesperación se me ocurrió llamar por celular a Don Orlando, un juez corajudo y decente expulsado de la judicatura por enjuiciar a criminales de lesa humanidad mientras todavía gobernaba el general. Nos teníamos en buena estima desde que nos conocimos en un coloquio académico en la universidad, así que me atendió de muy buena manera. Con dificultad encontré más adelante la entrada al camino rural que me indicó para llegar hasta su casa, ubicada en un barrio céntrico de la ciudad de Valdivia. Cerca de medianoche nos recibió en su taller de fotografía donde le dimos cuenta de lo que nos estaba pasando y una hora después poníamos manos a la obra en el plan que diseñó para desbaratar la conspiración. Nos acomodamos con Amanda en dos sillas de mimbre mientras don Orlando nos enfocaba con una de sus cámaras de vídeo. Dado que Amanda ya me había relatado el plan, conduje el interrogatorio sobre sus asectos más importantes, pero cuando le pregunté acerca de los nombres de los miembros del capítulo nacional del plan Andinia se puso nerviosa y guardó silencio. Le insistí y como ella se mantuviera indecisa don Orlando la convenció con un argumento simple.
—Salvará muchas vidas —le dijo—, empezando por la suya.
A las tres de la madrugada don Orlando vibraba de entusiasmo, saboreando con deleite su hora de reivindicación, que de un modo no previsto lo ponía de nuevo del lado de las víctimas para administrar justicia. Editó, digitalizó y envió la entrevista a las personas adecuadas por correo electrónico. Luego nos señaló a cada uno una habitación para que intentáramos conciliar el sueño o al menos destrabar articulaciones y distender músculos por algunas horas.
Al día siguiente me despertó la voz de don Orlando desde la puerta entreabierta de la habitación. Su esposa y Amanda estaban sirviendo el desayuno cuando entramos al comedor. Amanda comió sólo una tostada con mantequilla y una taza de café con leche, se le notaba que no había podido dormir. Cuando acabamos de comer don Orlando nos llevó de nuevo a su taller de fotografía y se concentró en revisar su correo electrónico.
—¡Buenas noticias! —exclamó feliz—. Acabo de leer un correo en que acusan recibo de la entrevista y me indican que espere los anuncios que se harán hoy. Ya no se atreverán a dañarla señorita Amanda, su caso está en manos de las autoridades más altas de la judicatura.
Amanda, que llevaba encima el peso combinado del miedo, del insomnio y de la incertidumbre, se puso de pie sonriendo y le agradeció con un abrazo largo. Decidimos continuar el viaje a pesar de que el riesgo aun no había pasado. Nos despedimos de don Orlando y de su esposa media hora después. Amanda conversó por teléfono con su compañera, quien aun no se reponía de la violencia de los esbirros de pacotilla. Mientras íbamos hacia la salida sur comenzó a caer un aguacero de diluvio sobre Valdivia, lo interpreté como presagio de buen viaje y un dique para contener la voracidad de los incendios. En eso iba pensando cuando llegamos al humedal desprovisto de los cisnes de cuello negro que otrora solían darle prestancia. Fue cuando sentí en mi mejilla el cosquilleo de la mirada de Amanda y volví la cara hacia ella de improviso para ver su azoro exquisito al saberse descubierta. Una ráfaga de alegría me infló el pecho y el viejo Nissan acometió la subida de las estribaciones cordilleranas con el ímpetu de un jaguar.
Poco antes de llegar al cruce de Paillaco Amanda me pidió que detuviera el auto. Acababa de presentir que los guardias de la Fundación estaban al acecho en la carretera norte-sur. Por propia experiencia tengo un gran respeto por las intuiciones, así que la tomé en serio. Como sólo la conocían a ella le sugerí que se escondiera en el portamaletas a lo que accedió. Nada entorpeció el viaje hasta el cruce Los Tambores, donde estacioné el auto para comprobar que Amanda estuviera bien. Le comenté de lo único inusual que vi durante el trayecto: una van gris estacionada en la orilla y un agrimensor con su trípode haciendo mediciones. No tuvo dudas de que se trataba de los guardias armados de la Fundación.
—En el trípode tienen una cámara de alta resolución conectada por satélite a la base de datos—dijo—. De no haber venido en el portamaletas me hubieran descubierto.
De modo que prefirió seguir el viaje escondida por precaución. Era la una y media cuando detuve el auto, a pocos metros del peaje de ingreso a la ciudad de Osorno. Para ayudarla a bajar del portamaletas la sostuve de la cintura mientras ella se sujetaba de mis hombros. Al posarse en el suelo la solté, pero ella deslizó sus manos a mi cuello y se quedó mirándome a los ojos. Mis manos volvieron a su cintura y por una fracción de siglo me hundí en la tibieza de su mirar. Después de un rato deslizó sus manos sobre mi cara y sonrió, segura, como si la fuga hubiera terminado.
Reiniciamos el viaje en el momento en que el informativo de la radio daba cuenta del rumbo de las cosas en las últimas horas. Varias comunidades mapuches pasaron a la ofensiva esa mañana interponiendo un recurso de amparo preventivo para enfrentar la persecución del ministro; senadores de oposición fustigaron al gobierno por incriminar a los mapuches con montajes político-judiciales y amenazaron con denunciarlo ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos; el Fiscal Nacional informó haber recibido un vídeo en que una investigadora académica revela datos y nombres que apuntan al origen y a los responsables de los incendios, aseguró que la denunciante fue ingresada de inmediato al programa de protección de testigos y su identidad se mantendrá en reserva como lo estipula la ley; y el gobierno informó haber pedido la renuncia al Ministro del Interior junto con retirar del Congreso el proyecto de ley antidisturbios.
A las dos de la tarde estábamos almorzando cazuela de pollo en una cocinería del mercado municipal de Osorno. Iba a coger el salero cuando mi mano fue atrapada por la de Amanda y sus enormes ojos color de piel de leopardo se me quedaron mirando. Fue entonces cuando tuve la revelación definitiva de que ya no podría dejar de mirarla nunca más. A las tres de la tarde su viaje a la Patagonia cambió de rumbo y volví a sentir en mi mejilla el cosquilleo de su mirada cuando el viejo Nissan dejó atrás la ciudad y enfiló de prisa por los recovecos del camino de regreso a casa.
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Agradecemos a Eliseo Cañulef M. su colaboración.

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