Literatura:Cuentos de Eliseo Cañulef Martínez

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Eliseo Cañulef Martínez

EL SILENCIO DE LAS DIUCAS
Cuarenta años después, en la misma mediagua de calle Concepción en que vivió su abuela, cenando mate con tortilla de rescoldo con su marido y conmigo, Almerinda Mella había de recordar la mañana remota en que el bueyerizo Huenumil lloró desenyugando los bueyes con que fue a dejar a Tránsito Quintul tirado en Pampa Reyes fermentando al sol junto con los otros cuerpos acribillados a carabina en Forrahue. Podía recordar como si fuera ayer que sintió una punzada en el corazón, fría y desgarrante como si un fierro mohoso y sin punta le hubiera entrado por el pecho y salido por la espalda.
Huenumil venía llegando de Osorno con el cuerpo machucado por el viaje y el alma estragada por la tragedia. Mientras le iba contando la voz se le iba volviendo hacia adentro y los ojos se le iban poniendo aguachentos. Para que ella no se los viera los fijó en el pasto que a esas alturas de la primavera formaba una alfombra verde en el costado del galpón, y siguió desenyugando los bueyes. Pero tuvo que mirarla cuando la oyó suspirar profundo. Entonces Huenumil pudo ver en su cara que había estado llorando porque unos surcos pintados a lágrima le nacían en los párpados de abajo, se deslizaban por las mejillas, pasaban por las comisuras y desparecían en ambos lados del mentón, mientras una aflicción recóndita le iba volviendo de cera el semblante. Le sacudió los brazos para que no terminara de desmayarse. Después, ya más calmada Almerinda le pidió que le siguiera contando, pero el bueyerizo le dio la espalda y se concentró en sacarle el yugo al último buey, enseguida se limpió los ojos con el dorso de la mano y todavía con la voz vuelta hacia adentro le respondió.
—Tendrá que ser más luego —le dijo—. Estoy rendido por el viaje y la falta de sueño.
—Está bien, después que duerma y descanse entonces. —convino ella.
—Sí —aseguró él acabando de enrollar las coyundas en el cabezal del yugo.
Mientras Huenumil se iba a la cocina de fogón para dejar caer su cuerpo rendido sobre su payaza, Almerinda se quedó revisando las carretas. Las fue examinando una por una y comprobó que cuatro de las ocho que habían sido utilizadas en el viaje a Osorno tenían restos de sangre pegada en los tablones del piso y también en las estacas de las barandillas. En eso estaba cuando llegó su madre con dos escobas de quilineja y un balde de agua. Acababa de ser mandada por el patrón a lavar las carretas. Sin decirle palabra le alargó una escoba y con un tarro duraznero, que el Cacha Pelá había convertido en jarro atándole un alambre torcido en ampos extremos, regó el piso de la primera carreta. Después comenzó a refregar. La niña hizo lo mismo. Necesitaron ir al pozo cuatro veces para llenar el balde y ocuparon el resto de la mañana en refregar una carreta porque la sangre, endurecida como pegamento, se había metido en las partiduras de las tablas resecas. Estaban empezando a humedecer el piso de la segunda cuando el patrón se acercó a verificar la faena. Revisó palmo a palmo la carreta recién lavada y encontró restos de sangre en una de las estacas de la barandilla.
—Laven bien aquí —dijo señalando el lugar—. Después vayan a almorzar, en la tarde siguen con las otras.
—No creo que haiga cristiano capaz de comer en semanas después de hacer esto —respondió la madre.
El patrón distinguió muy bien el timbre acusador en la voz de la empleada de la casa y estuvo tentado de tirarle la lengua, pero se contuvo sabiendo como sabía lo malas pulgas que era ella. Así que siguió revisando las otras carretas y luego se encaminó a la casa.
—Si quieres anda al almuerzo nomás —le dijo su madre a Almerinda.
—Yo tampoco tengo hambre —dijo la niña.
De modo que continuaron la tarea. De pronto la madre se percató que Almerinda se secó los ojos con el dorso de sus manos.
—En esta carreta llevaron al Tránsito así es que esta debe ser su sangre —dijo Almerinda mientras trataba de ver, a través de sus pupilas empañadas de lágrimas, el agua ensangrentada que se escurría lentamente sobre los tablones del piso.
Entonces su madre ya no pudo seguir aguantando las ganas de llorar y se sentó en el pértigo de la carreta. Almerinda se sentó a su lado y por un largo rato sollozaron al unísono. Cuando el llanto lavó el dolor apareció la rabia en el corazón de la madre de Almerinda. Permaneció todavía un rato mirando las siluetas de los laureles en el horizonte de la loma del otro lado del estero hasta que se puso de pié con violencia.
—No le trabajo un día más a este mataquitajo de mierda —dijo—. Los juimos las dos a’ura mesmo.
—¿Y pa’ ‘onde mami?
—Pa’l pueulo, ‘onde tu agüela, pa’ ‘onde más. Si me quedo un días más aquí voy a terminar acriminándome.
Desde la ventana del comedor el patrón había estado viendo la escena y cuando vio el andar rabioso de la empleada supo que algo malo iba a pasar. Por eso cuando ella entró seguida de Almerinda estaba preparado para lo que viniera. Pero ella ni siquiera lo miró. Pasó directo al cuartucho del fondo donde había dormido con su hija los últimos dos años. Se pusieron ropa limpia, metieron en un saco de arpillera las pilchas que acababan de sacarse y salieron. En el comedor el patrón encaró a la empleada.
—¿Qué significa esto? —dijo con voz de patrón de fundo.
—Qué más va a significar, que me voy porque no ‘stoy dispuesta a servirle un día más a un mataquitajo sin alma como usté —dijo la madre de Almerinda con voz de empleada de casa de fundo.
Almerinda vio cómo el patrón palidecía primero y enseguida la cara se le volvía colorada y se le hinchaban las venas del cuello como si le fueran a estallar.
—¿Qué te has imaginado que me puedes insultar en mi propia casa india de mierda? —ladró el patrón.
—Nuay na’ que imaginar patrón, usté es un sinvergüenza y un criminal —gruñó la madre de Almerinda.
—Ya, ándate pa’ fuera mierda.
—Claro que me voy, pero antes debe pagarme lo que me está debiendo.
—¿Ah sí? ¿Y cuánto crees que te estoy debiendo?
—Dos años de hacerle la comida y de lavarle la mugre, a usté y a su familia.
El patrón sacó del bolsillo un billete de cinco pesos y se lo tiró al piso.
—Eso es lo que vale tu trabajo, dos pesos y medio por año, y tú me vas a quedar debiendo la mantención y la de tu hija huacha.
La mujer recogió el dinero y antes de salir miró a los ojos al hacendado y con voz perfectamente regulada le dijo a modo de despedida:
—Algún día la va a pagar. El que a carabina mata a carabina nomás debe morir. Y si yo tuviera una lo mataba aura mesmo.
Almerinda nunca antes había visto a su madre tan enojada y menos tratando de esa manera al patrón. Desde que tenía uso de razón la recordaba siempre sumisa y de buen talante, por eso le impresionó tanto. Muchos años después solía recordar muerta de la risa: «Se pisó la guasca con mi mami el mataquitajo Urgo.»

EL PODER DE LA DIDÁCTICA

La Directora de la Escuela Fiscal Nº 11 de Pichilcura era católica apostólica romana, cruel, discriminadora racial y vengativa. Y ejercía en plenitud esas cualidades en su didáctica cotidiana de modo que en cuarto preparatoria con mis compañeros de sala que éramos huilliches habíamos aprendido a tenerle el mismo miedo a ella a Dios y suficiente terror al diablo, aunque no habíamos aprendido las cuatro operaciones ni a leer en voz alta ni en voz baja, claro que por culpa de la raza inferior a la que pertenecíamos según lo había declarado ella varias veces.

Hasta que llegó a hacerse cargo de nosotros la señorita Marta Alvarado Pacheco que venía saliendo de la Escuela Normal de Victoria premunida de poderosa didáctica. En menos de cinco meses me enseñó las cuatro operaciones y a lee r sin destrincar (de corrido) y en ese mismo lapso aprendí a amarla para siempre. Comenzó cuando nos obligaba a enderezar la fila en el patio. Como yo era el más pequeño del curso me ponía adelante y ella apegaba a mi frente su pecho y estiraba sus brazos para que los demás se guiaran por la línea imaginaria que salía de sus dedos para armar una fila bien recta como a ella le gustaba. En esa operación bendita de geometría milagrosa mi frente quedaba atrapada entre sus dos senos pequeños suaves y olorosos a perlina, de modo que en cada rectificación de fila ella entera se me fue metiendo al pecho por el olfato hasta que un día se quedó dormida en el bolsillo grande de mi corazón y tuve que llevármela a la casa, andarla trayendo mientras rodeaba las ovejas en la loma del maqui blanco, todo el raro que estuve aporcando las papas en la huerta, lo que me demoré en ir a lavarme los pies en el estero y todavía la tuve que llevar a mi cama después de la cena. Amanecí con ella, lo supe apenas me desperté por el olor a perlina que había en la funda de bolsa harinera de la cabecera. Y así fueron todos los días en adelante.

Pero fue en noviembre cuando tuve la certeza de que la querría para siempre. El día del paseo a la exposición agrícola y ganadera de Osorno a las nueve de la mañana estábamos ya todos los del curso arriba del camión cuando la Directora empezó a urgir a la señorita Marta para que nos fuéramos, pero ésta dijo que faltaba un alumno. Era el Trauco Catalán, uno de los que vivía más lejos y el amigo que más había demostrado quererme en las buenas y en las malas. Cuando la Directora supo quién era el que faltaba montó en cólera y ordenó a la señorita Marta que no lo esperara porque ese indio salvaje casi le hace perder un ojo a su hijo menor la semana anterior tirándole tierra a la cara por lo que no tenía derecho a ir al paseo. Pero la señorita Marta se le fue en collera y le recordó que el niño ya había sido apaleado en las pantorrillas con una vara de mimbre por la propia Directora el mismo día en que cometió la falta y por lo tanto no era justo darle un castigo adicional, y le dijo además que como era uno de sus alumnos y todavía era temprano lo esperaría un poco más. la Directora se puso de todos los colores y miró a la señorita con furia, pero ella le sostuvo la mirada y no se subió al camión hasta que llegó el Trauco jadeando por la tremenda carrera que se mandó desde la cumbre de la loma cuando vio el camión listo para partir al pueblo.

EL PATACHULA

La primera vez que tuve la gripe falté a clases dos semanas. Fue a mediados de agosto y en el recreo le pedí al Patachula que me prestara sus cuadernos para ponerme al día en las materias mientras jugábamos al trompo. Noté que el Perra, el Chivo y el Guatija no lo molestaron como era su costumbre y también noté que él los trataba de una manera diferente. Al recreo siguiente me contó lo que había pasado.
El primer lunes que yo falté a clases los tres rufianes no sólo no lo ayudaron a cruzar el pantano de la vega como lo hacía yo todos los días del invierno, sino que se entretuvieron mosqueándolo y todavía lo empujaron de nuevo al barro cuando había logrado pasar. Estuvieron haciendo lo mismo cada tarde hasta que el otro lunes fue el padre del Patachula a denunciar el estropicio ante la señorita Marta quien con mucho cuidado interrogó a la víctima en privado para que los autores no estuvieran sobre aviso y esa tarde salió unos minutos antes de la hora y se fue a la vega. Oculta en el matorral presenció el espectáculo por un instante y luego salió de improviso. El Patachula había avanzado apenas unos tres metros en el pantano mientras los rufianes se burlaban de él desde el otro lado. Entonces la señorita Marta, con una furia perfectamente regulada, les ordenó que pasaran el pantano de vuelta, los puso en fila lateral en el borde y los mandó a que alcanzaran al Patachula pero caminando en cuatro patas en el barro.
—¡Ahora estás en ventaja Samuel, así que gánales la carrera! —le dijo. Entonces el Patachula no supo cómo ni de dónde sacó fuerzas y agilidad, pero mantuvo la ventaja y salió al otro lado victorioso.
En la tarde cuando quise ayudarlo a cruzar el pantano a chiqui como todos los días él no aceptó.
—Hoy no Caballito —me dijo—, quiero que veas cómo les gané a esos güeones.
Enseguida se metió al pantano y contorsionando el cuerpo a cada paso como un bailarín experto logró atravesar sin que la pata chula se le atascara en el barro y sin haberse caído ni una sola vez.
De: Remembranzas de Antes y de Ayer.

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