Literatura: Relatos de Paola Klug (La Pinche Canela)


Trenzaré mi tristeza

Decía mi abuela que cuando una mujer se sintiera triste lo mejor que podía hacer era trenzarse el cabello; de esta manera el dolor quedaría atrapado entre los cabellos y no podría llegar hasta el resto del cuerpo; había que tener cuidado de que la tristeza no se metiera en los ojos pues los harìa llover, tampoco era bueno dejarla entrar en nuestros labios pues los obligaría a decir cosas que no eran ciertas, que no se meta entre tus manos- me decía- porque puedes tostar de más el café o dejar cruda la masa; y es que a la tristeza le gusta el sabor amargo. Cuando te sientas triste niña, trénzate el cabello; atrapa el dolor en la madeja y déjalo escapar cuando el viento del norte pegue con fuerza.
Nuestro cabello es una red capaz de atraparlo todo, es fuerte como las raíces del ahuehuete y suave como la espuma del atole.
Que no te agarre desprevenida la melancolía mi niña, aun si tienes el corazón roto o los huesos fríos por alguna ausencia. No la dejes meterse en ti con tu cabello suelto, porque fluirá en cascada por los canales que la luna ha trazado entre tu cuerpo. Trenza tu tristeza, decía, siempre trenza tu tristeza…
Y mañana que despiertes con el canto del gorrión la encontrarás pálida y desvanecida entre el telar de tu cabello.
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Los que cortan las flores

16 de Julio 2014

Hoy mientras revisaba los diarios sentí una opresión en el pecho, una arcada en el vientre, un nudo en la garganta. Los vi a ellos, arrancando a cuatro hermosas flores de un solo tajo. Los niños jugaban sobre la playa de Gaza; no llevaban armas, granadas, pasamontañas ni banderas. Eran flores únicas, de esa belleza que uno solo encuentra en donde la tierra germina dignidad.

Sus nombres eran: Ahed ( diez años) Zakkareya (diez años) Mohammed (once años) Ismail ( nueve años)

Ellos brincaban bajo el sol de la mañana, sintiendo en su rostro la brisa marina, la libertad del viento -tan cercana y tan ajena-

Corrían de un lado a otro sin tomar parte de la pesadilla; sonreían porque no solo de llorar se trata esta vida.

Sin embargo llegaron ellos- los que cortan flores- y con un golpe arrancaron sus tallos, desangraron sus tersos pétalos, cerraron sus ojos, incineraron su corazón.

¿Qué hizo Ahed? ¿Qué hizo Zakkareya? ¿Qué hizo Mohammed? ¿Qué hizo Ismail? ¿Qué es lo que hacen los niños para tener una muerte tan indigna en manos tan cobardes?

Hijos del panadero, no del terrorista, no del asesino, no del corta-flores. Hijos de una madre que ha quedado vacía mirando hacia el mar.

La muerte cabalga un misil, ya no se puede ver en los ojos del puto asesino. La muerte enviada por aquellos que robaron el jardín. Por los que odian la vida. Por los que odian aquello que no se deja comprar.

Las flores silvestres de Palestina se levantan más allá del muro, flotan más allá del océano que guarda sus lamentos, gritan en otras lenguas, rezan a otros dioses, sin embargo florecen como la rebeldía, como la resistencia, como la indignación y la rabia en los corazones.

Cuatro flores fueron cortadas esta mañana; miles de flores fueron cortadas ayer, antier, hace un mes, hace diez años, hace cincuenta años ¿Cuantas flores estaremos dispuestos a ver morir mañana?

¿Qué hizo Ahed? ¿Qué hizo Zakkareya? ¿Qué hizo Mohammed? ¿Qué hizo Ismail?

¿Qué hizo Palestina? / ¿Qué haces Israel?

Solo vi un instante esas flores; el momento en el que vivían, el momento en el que morían.

Sin saber su lengua quise consolarlos pero ¿que podría decir? ¿Todo estará bien? ¿Dejarán de caer esos misiles? ¿Dejarán de bombardear tu casa? ¿Le regresarán su tierra a tus padres? ¿Dejarán de perseguir y matar a otros niños como ustedes?

Sin sentirlos nunca quise tocarlos, juntar sus pedazos y unirlos, soplar vida en sus pulmones deshechos, en ese corazón destrozado.

Sin ver a su asesino quise asesinarlo, mirando entre sus ojos su propio vacío.

¿Qué hizo Ahed? ¿Qué hizo Zakkareya? ¿Qué hizo Mohammed? ¿Qué hizo Ismail? ¿Qué hacen las flores sino florecer?

Escuché a su madre, escuché a su abuela, después escuché el silencio del mundo. El mundo en donde ya no hay lugar para las flores, para los niños jugando en una playa, para la vida, para la inocencia, para la dignidad.

Gaza. Cuatro niños murieron este miércoles en la playa de Gaza por bombardeos de la aviación israelí, comprobaron periodistas, con lo que el balance de víctimas palestinas después de nueve días de violencia ascendió a 216.

Las bombas israelíes destruyeron una cabaña en la playa donde se hallaba un grupo de niños, a 200 metros de un hotel de la ciudad de Gaza donde se alojan periodistas.

La televisora francesa TF1 captó el momento en el que tres de los menores huían de los bombardeos, y minutos después, cuando ya habían sido alcanzados por los misiles israelíes.
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La Curandera
Nana Hilaria me recibió sonriente; llevaba sus trenzas largas sobre el quechquemitl. Me tendió sus manos- aveces nubes, aveces robles-

-Pasa niña.

En su mesa estaban los huevos, la yerba de sangre, el sabino macho, las ramas secas, la vela de parafina untada de huitlacoche.

-Me duelen los sueños y las tormentas.

Nana Hilaria me miró compasiva.

-Se te olvida niña que también en el dolor hay belleza.

-El problema es que no olvido Nana; los recuerdos están atados a mi corazón con fibras de izote. ¿De qué sirve la belleza de un dolor que permanece? Un fallo eterno ¿de qué sirve Nana? ¿de qué sirve? Cúreme Nana Hilaria, solo cúreme, quíteme las sombras, arranque las promesas grabadas en el agua y en la tierra, mándelas lejos entre las alas de la mariposa, cúbralas de plumas y aléjelas de mi.

La Curandera tomó con dulzura entre sus manos mi cabeza.

-¿Estás segura niña? No solo perderás las vigilias y el ensueño, con tus recuerdos también se irán sus ojos y la forma en que te mira; sus sonrisas y su voz. ¿No será mejor juntar los pedazos de tu corazón que enterrarlos en el polvo? La olla rota se vuelve maceta y aunque ya no se usa para acarrear el agua, es capaz de albergar vida.

-Cierre mi herida Nana, que de ella ya no brotan luciérnagas, solo larvas.

Nana Hilaria asintió en silencio mientras caminaba hasta la mesa; tomó uno de los huevos y lo talló con fuerza entre mi cuerpo. Me dio una friega de alcohol de caña y un azote con sus hierbas.

-Cubre con tu tristeza el pabilo, sopla niña, sopla la melancolía.

Junto a mi aliento iban las palabras sin voz, las lágrimas no lloradas, los sueños no soñados. Soplé al pabilo con el dolor de mi pecho y lo vi arder junto a la débil llama que comenzó a arder lento, tan lento…

Nana Hilaria permaneció callada, entre sus manos contenía mis recuerdos. El humo del copal la envolvió delicadamente; la curandera miraba atenta aquello que fui, aquello que ya no era, aquello que nunca más sería. Al terminar tejió mis recuerdos como si fuesen hilos de algodón; fue tejiendo y tejiendo y tejiendo sobre ellos hasta formar un pequeño diente de león. Frágil, hermoso,vulnerable al viento.

Caminó hasta su ventana y la abrió con firmeza. Giró su cabeza mirándome una vez más.

-Es tu última oportunidad niña; una vez arrojados al viento tus recuerdos no volverán.

-Bajé la mirada.

Nana Hilaria se puso de puntitas, con una de sus manos sacó el diente de león y fue entonces que sopló.

Mis recuerdos se esparcieron en el aire; el amor y el dolor, la esperanza y la desesperanza, los besos y la espera, el miedo y las risas. Los pasos del camino, el musgo de las piedras, la tibieza de unas manos.

Estaba mareada, perdí el rumbo, caí en un abismo.

Al despertar vi a Nana Hilaria quemando el resto de lo que fui; en el fuego crujían las hierbas, en la olla hervía el huevo, en mi corazón… en mi corazón se abría paso el vacío.

El vacío. Su mirada triste. El vacío.
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Fuente:http://paolak.wordpress.com/

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