La Televisión: ¿fábrica de tonterías?. ( por Hugo Farías Moya)

familiatv.jpg

La Televisión: ¿fábrica de tonterías?

Hace bastante tiempo quería escribir sobre la televisión chilena, que hoy por hoy es la mayor fábrica ideológica del planeta. Genera miles de mega watts de ideología en cada programa, por más inocente que parezca. Y la ideología como la definió un gran filósofo es: encubrimiento de la realidad, engaño, ilusión, falsa conciencia. Entonces, si consideramos que la mayoría de la población latinoamericana, en la que está incluida la chilena, se informa y se forma a través de este medio de comunicación, cuestionarla, pensarla y analizarla debería ser tarea intelectual de todo aquel librepensador que pisa este mundo. A la final, como bien afirma Chomsky en su clásico “Los Guardianes de la Libertad”, los medios actúan como sistema de transmisión de mensajes y símbolos para el ciudadano medio. “Su función es divertir, entretener e informar, así como inculcar en los individuos los valores, creencias y códigos de comportamiento que les harán integrarse a las estructuras institucionales de la sociedad”. No es sin razón que pensamientos, modas y chismes penetran en las gentes de tal forma que la reproducción es inmediata y sistemática.

Un termómetro de esa fábrica era la famosa telenovela venezolana transmitida después del almuerzo, “La Zulianita”. Que consolidó un lugar en el imaginario popular desde los años 70, con la muy famosa Lupita Ferrer y su pareja televisiva Ricardo Blume, y fue recuperado con maestría por la Televisión chilena en los años posteriores y que viene repitiéndose en los demás canales. El horario es usado por la tele dramaturgia para inculcar los valores que interesan a la clase dominante, funcionando como una sistemática propaganda que apunta al mantenimiento del estado de cosas. Es clásica, en las teleseries, la eterna disputa entre el bien y el mal, el pobre y el rico, con clara vinculación entre el bien y el rico. Siempre hay un empresario bondadoso, una empresaria generosa, un hacendado de gran corazón, que son los protagonistas. Y, si en la telenovela, la figura principal comienza como pobre lo cierto es que, por su natural bondad y sacrificio, llegará al final como una persona rica y exitosa, porque lo que queda implícito es que el bien está pegado a la riqueza. Así le sucede a “La Reina de La Chatarra”, otra clásica novela brasileña y que dejó huellas en el imaginario colectivo y cuyo guión se repite en forma permanente. O de la empleada que se casa con el hijo del patrón para vivir felices comiendo perdices.

Otro elemento bastante común en las novelas es la belleza de la sumisión. Como los protagonistas son siempre personas ricas, ellos están obviamente cercados de la servidumbre, que, en más de una ocasión los aman y son muy “bien tratados” por los patrones. Luego, por este motivo, actúan como fieles perros guardianes. Uno de esos ejemplos puede verse siempre en las novelas actuales. Es el empleado-amigo (?) de la avaros patrones. Él actúa en la casa de los millonarios como un mayordomo, cómplice, sufridor, dependiendo del humor de la mujer o del hombre, según corresponda. A veces ella le cuenta los dramas, otras veces le abofetea en la cara, otras la amenaza quitarle todo lo que ya le regaló. Y él, o ella, según sea el caso, apremiado por la necesidad, soporta todo, lamiéndole las manos como un cachorro amaestrado. Todo es tan sutil que no hay quién no se sienta encantado por el personaje. Él provoca la risa y la condescendencia, incluso si es presentado de forma caricaturesca como un homosexual lleno de gorduras, gestos y extremadamente servil.

Pero si el servilismo puede ser cuestionado por la profunda simulación, hay otros que aparecen aún más sutiles. Es el caso del grupo de la playa que, en la pobreza, hostigaba a la hija del millonario y, ahora, después que se volvió rico, se pasó a su lado, yendo incluso a trabajar haciendo de todo, asumiendo de inmediato la postura de defensores y fieles amigos. O aún la relación de los demás trabajadores con los patrones, como es el caso de Paulo, Juan, el hombre del puesto de venta de jugos, y René (todos son nombres ficticios y la historia también, por si acaso). Todos son “amigos” y hacen los mayores sacrificios por los patrones, reforzando la idea de que es posible coexistir en esa linda conciliación de clases en la vida real. El grupo que actúa con el cocinero René, por ejemplo, fue despedido por la avara, no recibió los salarios, vivió en la escasez por un tiempo y retomó el trabajo con el antiguo jefe por puro amor. Cosa de llorar.

En estas teleseries también los prejuicios que interesan a las élites dominantes acaban reforzados bajo la faceta de la “promoción de la democracia”. El huaso o el indígena ya no aparecen sólo como bandidos, pero sigue siendo subalterno. En general forma parte del núcleo pobre, pero es generoso y sabe cual es “su lugar”. Por ejemplo un caso como el ético operario de la tienda de motos. Un buen muchacho, que, a lo sumo, puede llegar a ser dueño de la tienda. Las personas que escogen una forma alternativa de vivir o que se rebelan al sistema, aparecen como gente “sin-sentido”, o al margen de la sociedad, en más de una vez caricaturizada. Como es el caso de la chica que lee el tarot y ve el futuro, la mujer pobre que es una bruja, el muchacho que juguetea con fuego, o los muchachos que limpian parabrisas en las esquinas, o el vendedor ambulante (que no tienen otra opción para ganarse el sustento), o los dueños del hostal, que en nada difieren de los empresarios comunes, a no ser por sus ropas esotéricas. Es como el personaje que, en una antigua novela, veía OVNIS, no aceptaba vender sus tierras y, al final, se “vuelve bueno”, entregando su propiedad a los empresarios que eran dueños de una papelería. Los homosexuales también encuentran espacio en las novelas, dentro de la lógica de la “democratización”, pero continúan siendo retratados de forma folclórica, como es el caso del empleado, en la novela típica de la media tarde, o del transexual de la novela de las siete. Y el indio, como es invisible en la vida real, tampoco tiene oportunidad en las tramas novelísticas y cuando la tiene, como en la novela protagonizada por “La Doña”, (léase Claudia Di Girolamo), es representado de forma folclórica y desconectado de la vida real. Y así por el estilo...

Hay gente que se indigna con los modelos que las telenovelas reproducen año tras año, pero esa es la realidad. Las telenovelas no hacen más que reforzar las relaciones de producción consolidadas por el sistema neoliberal. Incluso por ello son financiados por el capital, reproduciendo lo que Ludovico Silva llama: “plusvalía ideológica”. O sea, la persona que está en casa disfrutando una novela, en verdad está muy bien atada al sistema de producción de esa sociedad, consumiendo no sólo los productos que desfilan bajo su atenta mirada, mientras aguarda su programa favorito, sino también por los valores que confirman y afirman la sociedad actual. Prisionera, la persona permanece en estado de “producción y consumismo”, siempre al servicio de la clase dominante. Así, frente a la tele – y sin una mirada crítica- las personas “descansan y disfrutan como zombies”.

Es cierto que la televisión y los grandes medios no definen las cosas de forma automática. Como bien ya explicó otro gran pensador, los medios de comunicación también cargan en su interior la contradicción, una y otra vez, y eso se explicita, abriendo oportunidad para la visión crítica. Momentos hay en que los estereotipos aparecen de manera tan ridícula que provocan lo contrario de lo que se pretendía o los personajes adquieren tanta fuerza que provocan un despertar de la conciencia. Y, en esos centelleos, las personas van haciendo los análisis y pueden reflexionar críticamente. Pero, de cualquier forma, esos momentos no son tan frecuentes ni sistemáticos. Lo que sólo confirma la función de fabricación de consenso que es reservada a los medios.

Si esto de las telenovelas no fuera ya suficiente carga ideológica hacia los televidentes, existe toda una oferta cada vez mayor y variada de entretenimiento absurdo. El caso más patético es el de los “realites”, que son vistos por una masa cada vez mayor, no solamente de adultos, sino de niños, que repiten como loros los diálogos cada vez mas insípidos de los participantes. (Ya se hizo una “Huaiquipedia”, con los diálogos y modismos del ex jugador de Colo Colo, Francisco Huiquipan).

Aparte de todos estos programas sin contenido intelectual, aparecen los de los “cahuines” baratos y donde se muestran con total desparpajo todas las calamidades y miserias humanas que rodean a los personajes de nuestra farándula criolla, como CQC, SAV, secreto a voces, etc. Y más aun ahora que los programas matinales se han unido a esta vorágine de pelambres y hurgueteos de la vida privada y conflictos sin sentido de nuestros “famosos”. Todo esto para mantener una falsa realidad y una ilusión de que todos podemos llegar a ser conocidos a costa de escándalos, sin necesidad de estudiar (y lucrar con ello por supuesto).

De cualquier manera, la televisión debería ser mejor abordada por la ciudadanía y los movimientos sociales. Y cada uno de los personajes debería ser analizado en aquello que carga ideológica nos provee. No para enseñar a los que “no saben”, sino para dialogar con aquellos que acaban siendo capturados por el tejido del engaño. Así como se habla de aquello que se silencia en los medios, de lo que no aparece, de lo que no se explicita, también es necesario discutir sobre lo que se inculca, día tras día, como la mejor manera de vivir. Pues es en este enmarañado de cosas dichas, malditas y no dichas, que el sistema sigue fabricando el consenso, siempre a favor de la clase dominante.

Hugo Farías Moya

Comparte este artículo: | Más