Cuentos Latinoamericanos.

"Teresa a la intemperie"

Lilí Muñoz. Ciudad de Neuquén. Patagonia Argentina

Teresa salió a la intemperie, sin patota, sin marido, sin sus niños. Decidió averiguar de qué se trataba el piquete. Los fogones con gomas,ramas y piedras se encontraba a pocas cuadras de su barrio, cerca del zanjón que quiebra la meseta. Los fogoneros aguantaban desde hacía unos días. Sus fogones de otoño recordaban otros fogones, los de la niñez, los de la noche de San Juan con muñecos quemados en medio del invierno, mientras el pueblo mapuche recibía el año nuevo en el solsticio de invierno. La gente de la tierra rogaba porque el año daba su vuelta. La fogata atraía a Teresa entonces y también ahora. Se festejaba el retorno de los días que comenzarían a ser más largos, el sol estaría, de a poquito, más tiempo con nosotros, el día se iría alargando “un tranco de pollo” cada jornada a partir de esa noche, la del 24 de junio, decían los mayores. Teresa recordaba esas fogatas y tal vez por ello eligió su incorporación a la intemperie. Por su niñez de precariedad en el desierto surero, por sus ilusiones aún intactas pese a sus veinte años de madurez , cumplidos ya no obstante sus escasos veinte años todos los roles con que la sociedad la había signado: ser pobre, hija, madre, mujer con marido (es una forma de decir), mujer que trabaja dentro y fuera de su casa (en negro, claro) , roles todos que se habían ido cumpliendo, menos los que sus sueños de joven mujer guardaba en las telas de su corazón, los roles suyos, los de sus horizontes y búsquedas, aunque no los tuviera señalados .

Salió a la intemperie, sola con su cuerpo y su soñar al viento en el otoño de los fogones y fogoneros, en un pueblo al sur que se negaba a convertirse en otro fantasma, en otro pueblo dejado de la mano del petróleo, ya vaciadas sus entrañas por extraños.

Avisó a su patrona y salió. Cuidaba su trabajo. Aunque pagada en negro, como la casi totalidad de quienes trabajaban como domésticas, era lo único que tenía para ayudar a vivir a sus hijos. Apenas niños. No deberían trabajar.

El fogón la recibió. Las máscaras, los pasamontañas cubriendo la cabeza de muchos, los reflejos de las llamas, el calor de todos, las consignas cantadas en medio del frío de abril, en un otoño que ya marcaba invierno, mostraban un escenario nuevo, una escena que llamaba su juventud. Teresa se quedó. Escuchó. Escuchó más. Y mucho más. Fue entendiendo. No le fue difícil. Uno de sus sueños ocultos se estaba despertando, se desperezaba, ordenaba ideas y músculos, alumbraba de a poco, como el largor del día que en cada junio poco a poco volvía del largo invierno.

Cuando vinieron a sacarlos de allí, de la ruta, del lugar que Teresa había elegido con las fogoneras, no dudó. Se quedaría. Acompañaría la vida. Defendería los fogones. Sus fogones. Fue ella y fue los otros y las otras en los fogones. Estuvo alrededor del fuego. Estuvo en los piquetes de cantos y consignas. También cargaron piedras. En el desierto siempre abundan las piedras. Tienen alma. En el país del truptu, en el país azul, las piedras tienen almas. Entonces corrió. Cuando hubo que correr, corrió. Comenzaban a tirar. Bien cubiertos, con cascos y escudos. Enmascarados también ellos, los que tiraban. Alguien dijo que eran balas de goma. El humo de los gases ayudaba a desdibujarse, se mezclaban humo, máscaras y sonidos. Ella corrió, corrió hacia las calles del pueblo, hacia Plaza Huincul. Sintió que sus pulmones se cerraban, que no podía seguir y cayó. Algo le había pegado desde atrás. Después fue ya paloma, con su destino azul en cordillera, en sábado de abril, medialuna al poniente.

El colectivo, un catafalco cegado por la niebla. El piquete de desocupados que nos vuelve a detener en nuestro regreso, todavía se sostiene más allá, después de la curva de Challacó, como hace años, cuando se nos fue la Teresa.

Mi última visión de pasajera fue el ala del ñamcu, el aguilucho cordillerano, cruzándonos hacia la izquierda, la cabellera de ella, la mujer de la ruta, la fogoneando el viento, y sus brazos protegiendo el kepi. La manta curva irisada sobre el pecho.

Las ruedas del cole chirriaron y oí el llanto de un bebé. Lo percibí amortiguado desde adentro.
Al amanecer, alguien había hecho que la tempestad se disipara.

Yo seguía recorriendo la ruta. El alba no lograba diluirme.

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MAR ABIERTO

Fesal Chain

Cuando Juan se levantó, el sueño lo perseguía por la casa y le decía vaga Juan, vaga, Juan, vaga...El sueño, que ahora lo acompañaba a esa cocina fría, donde el agua esperaba al fuego ensordecedor.

La ventana, el ojo de buey, lleno de escaras y niebla pegada, le mostraba el mar abierto y la lluvia que caía sobre el oleaje revuelto y verde. Juan miraba a través del ojo, ese mar violento. En la mesa del comedor, en la única mesa de la casa, el libro lo esperaba como ayer, como antes, como siempre. "El coronel no tiene quien le escriba". Lo había leído muchas veces, infinitamente y a pesar de la repetición continua, siempre encontraba en él alguna frase, alguna reflexión, una imagen que no había visto nunca. Era el único libro que le había quedado después de la miseria y aquel vino barato que chorreaba las paredes de la pieza hecha carbón.

-La ilusión no se come -dijo ella.
- No se come, pero alimenta -replicó el coronel.

Era cierto pensó Juan, no se come pero alimenta. Puso el disco de siempre en el toca discos regalo de su padre. Un IRT, de los años 60, era una maletita con dos parlantes a los costados. Tomó el disco, lo limpió con su polera de algodón, por ambos lados y lo puso con ambas manos en sus bordes, en la goma giratoria. Con la delicadeza de siempre, tomó también el brazo del pick-up y de manera manual colocó la aguja sobre el primer surco. Chisporroteó. Chrrrttt, chrrtt, chrrtt...:

-Recuerdo el muelle opaco, mi pecho como fragua, una nave inflexible flotando en el hechizo, de las luces que giran sobre el fulgor del agua amarga y tierna...

Juan no despertaba totalmente, soñoliento y con sabor a metal en la boca, escuchaba la canción de Manns, como un eco lejano y un lamento de ánimas. El té con canela y naranjas entraba al estómago como una suave miel y el primer cigarro del día picante y seco, lo hacía toser hasta que sus ojos se humedecían. La casa elevada sobre un cerro de tierra gredosa se alzaba sin ninguna majestuosidad, sólo estaba, como tirada ahí, como abandonada por una mano gigante y temblorosa.

María apareció como a eso de las doce, desgreñada y con la misma ropa del día anterior, sin fotografías que la hubieran visitado, sin voces ni mensajes.

-Hasta cuando vas a estar mirando el mar y escuchando el mismo disco, Juan.
-No sé mujer, no sé.
-Y ese libro, está quebradizo tantos años cerca del mar, si paso la lengua sobre sus hojas, seguro que está salado, como las rocas o los huiros.
-Ni te atrevas.

María pasó su mano sobre el pelo de Juan, como quien le hace cariño a un perro o como quien desea enmarañar y enredar y enmarañar y tirar y crispar las manos sobre algo. Juan la miró aletargado, el brazo del pick up jugueteaba en el último lugar del disco, en ese lugar sin surco, sin música, sin palabras.

-Tú crees que volverá, María?
- Los muertos no vuelven Juan. Los muertos mueren y se quedan en alguna parte que no nos pertenece, a la cual no podemos entrar así como estamos,vivitos y coleando.
-Pero aquella tarde dijo que volvería, me lo dijo al oído y no fue un susurro, más parecía un grito sordo.
- Y tu le creíste? Sólo lo hizo para atemperar tu pena, para remediar el anhelo. Lo hizo para darte ilusiones. Y, Juan, la ilusión no es la vida, dijo ella.
-Sí, no es la vida, pero la alimenta.

Bajaron a la caleta, por una quebrada estrecha y sin escalas, como un tubo al mar. Los botes estaban ordenados con sus colores sin color, las redes ordenadas sin pescados, los hombres dormían la tarde, arrugados al sol que aún alumbraba. Juan sacó nuevamente un cigarro y pateó una estrella seca. María sorbía un vino en caja y sus ojos le brillaban vidriosos y amarillos.

-"Todo el mundo dice que la muerte es una mujer", siguió diciendo la mujer. (...) "Pero a mí no me parece que sea una mujer", dijo. Cerró el armario y se volvió a consultar la mirada del coronel:
-Yo creo que es un animal con pezuñas.
-Es posible -admitió el coronel-.

-Pero puede venir como algo distinto, no como cuerpo y mente, digo, puede venir como viento caliente, como luz y chispazo, como destello, como...
-Un fantasma, la interrumpió ella.
-No, no, no, no como fantasma de película María. Como una presencia que sólo nosotros reconoceríamos y pudiéramos sentir, que nadie más pudiera ver.
-Un fantasma privado dices tú.
-Algo así. Juan pensó que María no entendía, que era demasiado terrena.

Se sentaron en la arena como dos turistas de invierno. Mirando el mar, pero no lo veían, los ojos de ambos se posaban sobre todo aquello que no era agua. Una gaviota que volaba, un bote surcando el plano que se formaba al fondo, los huiros que azotaban la roca negra y fría.

Juan recordaba a la mujer llorando o alegre caminando por el pueblo. La noche en que se despidió con su promesa surcando el aire, la ventana de la casa se abrió con el viento y la lluvia de septiembre y ya tarde, cuando la amortajada escondía los gestos cotidianos, María golpeó la puerta y las sábanas de su cama, enrollándose entre sus piernas, cobijándose en su pecho seco, rodeando su cabeza con sueños nebulosos. Desde ese día se acompañaban, conversaban sobre lo probable y lo improbable, sobre esto y aquello. Juan nunca supo por qué María estaba con él, un hombre triste y acabado. Nunca la había visto antes, o quizás alguna vez, en las tiendas de artesanías, o en el paradero de los buses, no lo recordaba bien.

A la mañana siguiente, cuando Juan se levantó, el sueño lo perseguía por la casa y le decía vaga Juan, vaga, Juan, vaga...Ahora lo acompañaba a esa cocina fría donde el agua esperaba al fuego ensordecedor. Pensó en la frase de María: Los muertos no vuelven Juan. Los muertos mueren y se quedan en alguna parte que no nos pertenece, a la cual no podemos entrar así como estamos, vivitos y coleando.

Esta vez, no respeto el ritual diario, se lavó la cara y partió al centro. Directo al registro civil. Entró y pidió un certificado de nacimiento, el de María.

-Pero este no puede ser, señorita, no corresponde, aquí dice que nació hace 45 años, pero...
-Este es el certificado que usted pidió.
-Claro, pero no es posible, yo estuve ayer con ella, nos sentamos a la orilla de la playa, tomamos vino, miramos el mar y aquí dice...
-Está usted seguro que fue ayer o hace más tiempo o nunca fue?
-Por favor, como que me llamo Juan y vivo en esa casa, la del cerro gredoso, la ve?
-Está bien señor, pero ahora me tendrá que disculpar, no es mi trabajo el que usted me pide.
-Cómo que no es su trabajo...?

Juan salió perplejo del registro, buscó nuevamente el papel en sus bolsillos y ya no estaba. Ah, lo habría dejado en el mesón, pero las puertas ya estaban cerradas con un gran candado,no había visto salir a la hosca funcionaria. Mañana, pensó, volveré mañana temprano, recuperaré el certificado y le diré unas cuantas verdades, pensó.

Al subir por el camino de la ladera, vio su casa derruida, ennegrecida y las paredes de la pieza principal hechas carbón. Su casa, su casa, lo único que le quedaba, no era más que una humareda. Al volver la mirada hacia el pueblo sólo una neblina opaca lo cubría todo. Corrió al cerrito y al llegar, no quedaba nada, más que unos trozos de papel húmedos enterrados, la leña vieja y entre el barrial y las pozas, unos discos mezclados con botellas y el libro, aquel libro. Lo había perdido todo, en una sola mañana, en un solo momento, eso le había pasado por salir desesperado, por no quedarse mirando por la ventana el revuelto mar.

Dio vuelta la cara y María se encontraba a su lado.

-Y tu que haces aquí, viste, viste lo que ha pasado?
-Lo vi hace mucho tiempo Juan, hace mucho.
-Cómo, no entiendo María...
-Como lo ves ahora, como lo viste ayer Juan, y como lo has visto durante tantos y tantos años, recuerda, Juan, recuerda...

Entonces María tomó su mano, con algo de cariño, con algo de compasión y lo invitó a entrar, cruzaron entonces las dos columnas y el dintel de la casa, se sentaron junto a la única mesa y los dos miraron por la ventana, por el ojo de buey, el mar y la lluvia que caía sobre el oleaje revuelto y verde. En la mesa del comedor, en la única mesa de la casa, el libro los llamaba como ayer, como antes, como siempre. "El coronel no tiene quien le escriba". Lo habían leído muchas veces, infinitamente y a pesar de la repetición continua, siempre encontraban en él alguna frase, alguna reflexión , una imagen que no habían visto nunca.

El alboroto, lo había dejado abierto en esas páginas en que el viejo hombre conversa con la mujer:

-Yo creo que es un animal con pezuñas.
-Es posible -admitió el coronel-.

Y entonces, Juan observó a María con detención, como no lo había hecho nunca y allí clavada sobre el suelo de madera, inmóvil como un mascarón de proa sin barco, estaba ella, envuelta en una tela de algodón crudo. Juan le vio por primera vez, bajo esa sábana de pobres, sus brillantes y bellas pezuñas, idénticas a las que ahora descubría en él, las mismas pezuñas hendidas ambos, que les permitían bajar sin tropiezos por la quebrada, cada tarde hacia el mar abierto.
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Fesal Chain
Poeta, narrador y sociólogo
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NO ME SIRVIO

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